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Cuentos del Imaginario: cuando Salamina se niega a olvidar

Cuentos del Imaginario: cuando Salamina se niega a olvidar

Hay pueblos que envejecen y hay pueblos que recuerdan. Salamina es de los segundos. No porque tenga mejor memoria que otros lugares, sino porque sus gentes aprendieron desde siempre que ciertas personas no se pueden dejar ir del todo, que hay vidas que merecen seguir circulando en la conversación, que hay maneras de existir tan particulares y tan completas que sería un crimen dejarlas morir con el último que las conoció de cerca.

De esa certeza nació esta serie.

Cuentos del Imaginario no es un libro de historia ni un archivo de datos ni un homenaje formal con placa y discurso. Es literatura. Es la apuesta por contar de verdad, con toda la libertad y toda la responsabilidad que esa palabra implica, las vidas de hombres y mujeres que caminaron las calles de Salamina y dejaron en ellas una huella que el empedrado todavía guarda. Son cuentos de realismo mágico, porque Salamina siempre tuvo esa cualidad de los lugares donde la realidad y lo extraordinario conviven sin anunciarse, donde un hombre que carga mercados puede cargar también los secretos de todo un pueblo, donde una mujer con colorete rojo y tacones altos puede cambiar el pulso de una calle con solo aparecer en la esquina, donde un futbolista con zurda de oro puede existir más plenamente en la memoria colectiva que muchos que llegaron más lejos.

La serie nació de un encuentro afortunado. Herney Zuluaga Arias, salamineño de memoria larga y generosidad genuina, ha publicado durante años en sus redes sociales unas notas breves sobre personajes del pueblo, acompañadas de fotografías antiguas rescatadas de archivos que el tiempo casi se lleva. Notas escritas con el tono de quien recuerda con cariño y con exactitud, con esa mezcla de humor y ternura que solo tienen los que vivieron de cerca lo que están contando. Al leer esas notas, al ver esas fotografías en blanco y negro donde los personajes miran a la cámara con la misma intensidad con que miraban el mundo, algo se encendió. La idea de que esas semillas merecían convertirse en árboles. De que esos apuntes breves contenían adentro historias más largas, más profundas, más completas, que estaban ahí esperando que alguien se tomara el trabajo de contarlas.

A esas notas se sumaron los recuerdos propios, los de haber caminado las mismas calles, haber conocido algunos de esos personajes de lejos o de cerca, haber escuchado sus nombres en las conversaciones de la infancia y la juventud con esa mezcla de fascinación y misterio que producen las personas que el pueblo reconoce como propias sin terminar de explicar por qué. Y de esa combinación, de las notas de Herney y de la memoria personal y del tiempo que todo lo decanta, salieron los primeros cuentos.

Gracias, Herney, por la generosidad de autorizar el uso de tus notas y de tu archivo fotográfico para este proyecto. Lo que has hecho durante años, casi en silencio, casi sin proponerte construir un legado, es exactamente eso: un legado. Estas páginas no existirían sin tu trabajo previo, sin tu memoria, sin ese amor particular que tienen ciertos salamineños por su pueblo que no es nostalgia paralizante sino gratitud activa, la gratitud de quien recuerda porque sabe que recordar es también una forma de cuidar.

Los primeros cuatro cuentos de la serie presentan cuatro maneras distintas de existir en Salamina. Juancho Carrancho, que recorría el pueblo de arriba abajo con su canasto al hombro y esa canción en los labios que llegaba antes que él, y que cargaba mercados pero sobre todo cargaba confianza, esa confianza escasa que hace que la gente le entregue las llaves de la casa a alguien sin pensarlo dos veces. Porque el mercado llega igual y el afán no ayuda a cargarlo, decía, y seguía caminando mientras cantaba bajito, como si el tiempo con él caminara diferente.

Flórez, que tenía una fuerza que parecía construida con propósito específico y una honradez que el pueblo le reconocía sin discusión, pero que además del mercado cargaba otra cosa: los secretos más gordos de Salamina. Porque más de un señor respetable, de esos que en el parque hablaban durísimo de moral y buenas costumbres, terminó viajando escondido en ese canasto rumbo a Toriles, agachado y rezando para que la calle siguiente estuviera vacía, mientras Flórez caminaba tranquilo saludando a los conocidos como si no llevara nada distinto a papas y plátanos. Flórez cargó mercados toda la vida, pero también cargó más secretos que la propia notaría.

Silvia, la de Calle Plana, que vivía enamorada de la vida y de medio Salamina, que tenía una palabra prohibida y un tacón siempre listo para quien la pronunciara, que se derretía ante un piropo bien dicho y se acomodaba el pelo con los dedos con la dignidad de toda una dama, que prestaba plata y la cobraba puntual y llegaba a las casas de sus amigos con huevos fritos y chorizos sin que nadie se los pidiera, que lanzó un mango a un vestido blanco con una precisión que tenía algo de poético. Salamina la amó con el único amor que los pueblos saben dar: el de no olvidar.

Y Mantequillo, Oscar Aristizábal, futbolista de zurda prodigiosa y lengua sin freno, dibujante de talento, guardián del estadio, autor de frases que dejaban a la gente entre la risa y el susto y la incomodidad, todas mezcladas en proporciones imposibles de separar. El hombre que dijo me aterra que no hablen de mí y que consiguió exactamente lo que pedía, porque Salamina sigue contando sus historias décadas después, sigue repitiendo sus frases, sigue guardando su nombre con esa mezcla de escándalo y cariño que es la manera más honesta de querer a alguien que vivió sin pedir permiso.

Cuatro cuentos por ahora. Pero van a ser muchos más. Porque Salamina tiene más personajes guardados en su memoria de los que cualquier serie podría agotar, y porque cada nota de Herney, cada fotografía rescatada del olvido, cada recuerdo que aparece cuando uno se sienta a escribir en silencio, abre una puerta nueva. La señora que todos conocían. El músico del parque. El tendero con su filosofía de esquina. El borracho elegante. La maestra severa que en el fondo era la más tierna. El loco que tenía más razón que todos los cuerdos juntos. Salamina está llena de ellos y todos merecen su cuento.

Este no es un homenaje. Los homenajes tienen algo de funeral, algo de cierre, algo de punto final. Esto es lo contrario: es una apertura, es una apuesta por que estas vidas sigan circulando, sigan siendo contadas, sigan llegando a oídos y ojos que nunca caminaron esas calles pero que al leer estos cuentos van a sentir, de alguna manera, que sí. Que conocieron a Juancho y a Flórez y a Silvia y a Mantequillo. Que entienden algo sobre ese pueblo de montaña donde la niebla baja hasta la calle y la gente aprende desde pequeña que la vida tiene más capas de las que se ven a primera vista.

Lo que estas páginas quieren dejar no es un archivo sino un latido. No un museo sino una conversación. No una tumba sino una semilla.

Porque hay lugares donde la memoria no archiva: germina.

Salamina es uno de esos lugares.

Y estos son sus cuentos.

Eleuterio Gómez

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Eleuterio Gómez

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