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El pulso invisible: la falsa tregua entre el cielo ardiente de El Niño y las profundidades de la Tierra

El calor en el pacífico colombiano no solo se siente en la piel; se respira como un vapor denso que parece brotar de la misma vegetación marchita. En las últimas semanas, las certezas institucionales se han ido evaporando al mismo ritmo que los caudales de los ríos. Los monitores del Observatorio Geofísico y Meteorológico de los Andes no mienten: el Fenómeno de El Niño se ha adelantado, rompiendo los esquemas protectores del IDEAM y amenazando con registrar las temperaturas más implacables de los últimos cincuenta años.

Sin embargo, a medida que la tierra se agrieta en la superficie, en los pueblos que cuelgan de las laderas de la cordillera empieza a circular un viejo murmullo, un temor atávico que se hereda de generación en generación. Los ancianos miran el cielo inusualmente despejado, sienten el aire estancado del mediodía y sentencian con una gravedad que hiela la sangre: “Este calor tan berraco es clima de temblor”.

La idea de que las sequías prolongadas, la ausencia de viento y el sol abrasador son el preludio de un gran terremoto no es nueva, ni exclusiva de los Andes. Es una de las correlaciones mitológicas más antiguas de la humanidad. Pero en un país que se levanta sobre una de las esquinas tectónicas más complejas del planeta, donde el rugido del subsuelo es una constante, vale la pena detenerse a mirar el abismo: ¿Tiene el cielo alguna injerencia sobre las fallas geológicas? ¿Puede el calentamiento de un océano despertar a los gigantes de piedra que duermen a kilómetros de profundidad?

La frontera de los dos mundos

Para la ciencia contemporánea, la respuesta corta y tajante ha sido, durante décadas, un «no» rotundo. La Tierra está dividida por fronteras dinámicas pero profundamente estancas en cuanto a sus fuentes de energía. Por un lado, está la atmósfera y la hidrósfera —el reino de El Niño—, un sistema gobernado por la radiación solar, los vientos alisios y la evaporación del agua. Por el otro, se encuentra la litósfera y el manto terrestre —el reino de la tectónica—, un universo oscuro y masivo impulsado por el calor radiactivo del núcleo del planeta y las corrientes de convección que arrastran continentes enteros como si fueran balsas de corcho sobre agua hirviendo.

Cuando el Fenómeno de El Niño se consolida, las aguas superficiales del Pacífico oriental —frente a las costas de Sudamérica— se calientan entre dos y hasta cuatro grados por encima de lo normal. Para un ser humano, o para el ecosistema marino, esto es una catástrofe térmica. Para una placa tectónica como la de Nazca, un bloque de roca sólida de varias decenas de kilómetros de espesor que se hunde bajo el continente a una velocidad de unos pocos centímetros por año, ese calentamiento superficial es menos que una caricia. Es, literalmente, insignificante.

Los terremotos que rompen carreteras, desploman edificios y reconfiguran la geografía de la región andina se originan a profundidades que van desde los 10 hasta los 150 kilómetros. A esa distancia de la superficie, la presión es tan colosal y la temperatura interna es tan elevada que las estaciones del año, las sequías y los huracanes simplemente no existen. Las fallas geológicas acumulan energía elástica durante siglos debido al empuje constante entre la Placa de Nazca, la Placa Suramericana y el Bloque Andino. Cuando el límite de resistencia de la roca se supera, la falla se rompe. Da igual si afuera llueve a cántaros o si el sol calcina los pastizales.

El peso del océano: cuando El Niño altera la balanza

Sin embargo, la ciencia no es estática, y en los últimos años la geofísica de vanguardia ha empezado a descubrir que, aunque el «clima de terremoto» como lo imagina el común de la gente es un mito, existen hilos invisibles y sumamente sutiles que conectan la atmósfera con las profundidades oceánicas. Es lo que se conoce en la academia como el fenómeno de la carga oceánica (ocean loading).
Durante un Fenómeno de El Niño de magnitudes históricas, como el que se avecina, no solo cambia la temperatura del agua; cambia la distribución de la masa del planeta. Al debilitarse los vientos alisios, millones de toneladas de agua cálida que normalmente son empujadas hacia el sudeste asiático se desplazan y se acumulan contra la costa pacífica de las Américas. Esto provoca un aumento real y medible en el nivel del mar en nuestro lado del mundo.

Toda esa masa de agua extra representa un peso adicional sobre la corteza oceánica. Paralelamente, los sistemas de alta y baja presión atmosférica se alteran drásticamente. Los supercomputadores y los sensores de alta precisión han demostrado que este cambio en el «peso» que soporta el fondo marino puede generar deformaciones elásticas minúsculas en las fallas submarinas, especialmente en zonas de expansión como la Dorsal del Pacífico Oriental.

¿Significa esto que El Niño causa terremotos continentales? No. Pero los científicos utilizan una analogía muy clara: el efecto gatillo. Imaginemos una ballesta que ha sido tensada al máximo durante doscientos años; la cuerda está a punto de romperse por su propia presión. El levísimo cambio en el peso del océano causado por El Niño es el equivalente a que una pluma caiga sobre el disparador de esa ballesta. No es la pluma la que genera la fuerza del disparo, pero es el elemento final que altera el equilibrio crítico. No obstante, este fenómeno se ha observado casi exclusivamente en micro-sismicidad submarina, muy lejos de los centros urbanos donde los sismos causan tragedias.

El sesgo de la memoria y el abrazo del calor

Si la ciencia desmitifica la relación directa, ¿por qué la creencia popular en el «clima de temblor» sigue tan viva en la memoria colectiva de los pueblos americanos? La respuesta se encuentra en la psicología humana y en la propia naturaleza de la geografía andina.

En países situados en el Cinturón de Fuego del Pacífico, los temblores de baja y mediana intensidad son un evento cotidiano. Tiembla cuando hay tormentas, tiembla en las madrugadas frías y tiembla bajo el sol ardiente de El Niño. Sin embargo, cuando un sismo fuerte coincide con una temporada de calor sofocante y cielos extrañamente despejados, el cerebro humano —diseñado para buscar patrones y explicaciones en su entorno— fija ese recuerdo con una fuerza indeleble. Nadie recuerda el temblor que ocurrió en una tarde gris y lluviosa de la que ya nadie habla; pero todos recuerdan el terremoto que sacudió la tierra en medio de aquella sequía memorable donde los ríos se secaron.

Existe, además, un factor físico real que alimenta el mito: la percepción del silencio. Durante las olas de calor extremo asociadas a El Niño, la humedad ambiental disminuye drásticamente, el viento suele detenerse en los valles interiores durante las horas de mayor radiación y los animales domésticos y silvestres cambian su comportamiento debido al estrés térmico. Ese ambiente de quietud absoluta, casi sepulcral, genera una tensión psicológica en el ser humano. Cuando la tierra se mueve en medio de ese escenario estático, la narrativa popular une los puntos de forma inmediata: el calor estaba «madurando» el temblor.

La verdadera emergencia: una crisis sobre otra

El verdadero peligro de cruzar los cables entre la sismología y la meteorología radica en descuidar las amenazas reales que ya están tocando a la puerta. Mientras el debate sobre las placas tectónicas alimenta las tertulias informales, el «Súper Niño» de las próximas semanas avanza sin freno, y sus consecuencias no necesitan de teorías sutiles para ser devastadoras.

La crisis que se adelanta en el calendario no vendrá desde el fondo de una falla geológica, sino desde el cielo desprovisto de nubes. Los impactos sobre el tejido social y económico del país son tangibles y mensurables:

• El estrés hidroeléctrico: Con los embalses descendiendo a ritmos imprevistos, la matriz energética del país se verá sometida a una presión extrema, obligando a encender el parque térmico y reviviendo el temor a los racionamientos.

• La quiebra del almanaque agrícola: Los cultivadores de las laderas andinas verán marchitarse sus apuestas económicas antes de tiempo, desestabilizando los precios de los alimentos en los mercados urbanos.

• Los incendios de cobertura vegetal: El viento seco de la temporada convertirá los bosques nativos y las zonas de páramo en polvorines listos para arder ante el menor descuido humano.

La naturaleza en esta esquina del continente no necesita coordinar sus catástrofes para poner a prueba la resistencia humana. La coincidencia de una sequía extrema con la sismicidad natural de nuestra tierra es un recordatorio de nuestra fragilidad, una lección de geografía patria escrita con el polvo de los caminos secos y el eco de los viejos sismos.

Cuando las próximas semanas traigan el rigor del sol inclemente y la tierra continúe con su eterno e inevitable vaivén tectónico, la tarea no será adivinar los secretos del subsuelo. Será aprender, de una vez por todas, que habitamos un territorio vivo, donde el agua que cae del cielo y la roca que pisamos tienen sus propios tiempos, sus propias leyes y una memoria que desborda, por mucho, los frágiles calendarios de los hombres.

Fuente: Observatorio Geofísico y Meteorológico de los Andes Smithsonian Institution

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Fotografía

Por: Observatorio Geofísico y Meteorológico de los Andes Smithsonian Institution

La imagen representa de manera conceptual la convergencia de dos de las grandes fuerzas naturales que moldean el territorio colombiano: el Fenómeno de El Niño y la intensa dinámica tectónica de la región andina. En primer plano, una vasta anomalía térmica cubre el océano Pacífico oriental, simbolizando el calentamiento extraordinario de las aguas frente a las costas de Colombia, Ecuador y Perú, origen de las sequías, las altas temperaturas y los incendios forestales asociados a los episodios más severos de El Niño.

Sobre el territorio colombiano se observan embalses reducidos, extensas áreas afectadas por la falta de lluvias y múltiples focos de incendio, reflejando los riesgos que enfrenta el país en materia energética, ambiental y agrícola.

La gran fractura luminosa que atraviesa la Cordillera de los Andes no representa una falla geológica visible en la realidad, sino una licencia artística utilizada para ilustrar la compleja interacción de placas tectónicas que caracteriza al noroeste de Suramérica, donde convergen la Placa de Nazca, la Placa Suramericana y diversos bloques tectónicos regionales. Aunque la ciencia ha demostrado que el Fenómeno de El Niño no provoca terremotos de manera directa, la imagen evoca una antigua creencia popular muy arraigada en los Andes, según la cual los periodos de calor extremo y sequía anuncian grandes movimientos sísmicos.

Más que una predicción geológica, esta composición simboliza la vulnerabilidad de Colombia frente a fenómenos naturales simultáneos.

Mientras el calor extremo amenaza los recursos hídricos, los ecosistemas y la producción agrícola, la actividad sísmica continúa siendo una condición permanente de un territorio ubicado en una de las zonas tectónicamente más activas del planeta. La obra invita a reflexionar sobre la necesidad de prepararse para los desafíos climáticos reales que acompañan a un episodio extremo de El Niño, sin perder de vista la compleja realidad geológica sobre la que se levanta el país. Imagen: Observatorio Geofísico y Meteorológico de los Andes Smithsonian Institution

Eleuterio Gómez

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Eleuterio Gómez

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