Me impresiona la manera en la que pensar se ha convertido cada vez más en un ejercicio laso, caracterizado por el desdeño e incluso por el menosprecio de las nuevas generaciones, y las antiguas también. Es bastante curioso que, siglos atrás tanto leer como escribir y, por consiguiente, comprender, era un asunto exclusivo de la élite, pues justo en ello recaí el poder dentro de una sociedad.
Ahora, un porcentaje importante de nosotros podemos acceder a un proceso de educación; sin embargo, a través de una falacia de modernidad, estamos incursionando nuevamente en un oscurantismo disimulado por el acceso irrestricto a la información. Si es cierto, es contradictorio e incluso paradójico.
Sin embargo, si nos detenemos a decantar todos los estímulos externos que recibimos a través de las pantallas, surge un importante interrogante: ¿Realmente cuál sería el porcentaje de información útil que procesamos? ¿Estamos aprovechando el potencial que tiene acceder a una cantidad inmensurable de conocimiento o, por el contrario, estamos reemplazando progresivamente nuestros procesos cognitivos por chips y procesadores?
A muchos les parecerá una decisión incoherente y absurda, pero les pregunto: ¿A cuántos de nosotros escribir un mensaje o reflexionar sobre nuestra propia conducta, nos resulta innecesario y recurrimos a la inteligencia artificial?, la cual termina reemplazando en nosotros procesos cognitivos superiores como la metacognición; es decir, aquel proceso de pensar sobre el pensamiento. Dicho de otra manera, es como cortarse una pierna para poder utilizar una prótesis.
Con este planteamiento no busco satanizar el uso de la tecnología. Todo lo contrario, me parece una herramienta extremadamente valiosa para afinar nuestras habilidades, tanto así que, bien orientada podría convertirse en una radiografía de nuestra propia mente en función de explotar su potencial. La clave, desde mi punto de vista, no es percibir la tecnología como herramienta que está para facilitarnos la realización de distintas tareas, pues si lo pensamos de esta forma nos enseñaremos que las actividades mentales y motoras son tediosas. Ella debe considerarse como una muletilla en el discurso de la vida: un sonido útil que sirve de trampolín efímero para no quedarnos en silencio mientras hilvanamos nuestras ideas.
En este sentido, el uso de la tecnología transita en dos extremos: en el primero, es apena una actividad mecánica y repetitiva, cuya fuerza o trascendencia se disipa con el respeto de la autonomía e independencia de quien la utiliza. El segundo, es atribuirle un alma: convertirla en una extensión del cuerpo humano que necesita acompañar a su usuario en cualquier tarea que decida emprender. De cualquier manera, ¿En cuál de los dos extremos estás habitando?
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Poeta oriunda del municipio de El Charco, en el departamento de Nariño. Psicóloga egresada de la Universidad Mariana, magíster en Discapacidad de la Universidad Autónoma de Manizales. Actualmente, docente orientadora de una institución educativa de la ciudad de Manizales.