San Félix, tierra de leche, niebla y memoria
En lo alto de la cordillera de los Andes colombianos, donde la niebla se posa como un manto sobre los tejados y el verde se multiplica en mil tonos, se celebra una fiesta que no solo honra la leche, sino también la vida misma: el Festival de la Leche de San Félix. Esta celebración, aunque joven en calendario, es antigua en espíritu. Nace del corazón campesino, de las manos que ordeñan al amanecer, del canto de los pájaros que acompañan la jornada y del aroma a cuajada fresca que se cuela por las ventanas de las casas.
Cada año, el corregimiento de San Félix, ese pueblito detenido en el tiempo, se viste de fiesta para rendir homenaje a su tradición lechera. No se trata solo de una feria de productos, sino de una manifestación profunda de identidad, de orgullo rural, de resistencia cultural. El festival es organizado por el párroco Jhon Eduar Agudelo Carmona, un líder espiritual que ha sabido convocar a la comunidad en torno a sus raíces, acompañado por un grupo de personas que, con sentido de pertenencia, han querido rescatar la tradición lechera de su pueblo.
La plaza central se convierte en un escenario de aromas, sabores y colores. Las mesas se llenan de quesos artesanales, yogures caseros, natillas cremosas y cuajadas que parecen hechas por las manos de la abuela. Los visitantes, que llegan desde Salamina y otros rincones del departamento, se maravillan con la calidad de los productos, pero también con la calidez de los anfitriones. Porque en San Félix, cada sonrisa es una bienvenida, cada historia compartida es un puente tendido.
Las actividades del festival son tan diversas como entrañables. Hay concursos ganaderos donde se premia la mejor vaca lechera, exposiciones de productos derivados, presentaciones musicales que mezclan lo tradicional con lo contemporáneo, y verbenas donde la comunidad baila bajo las estrellas. Todo esto se entrelaza con las Fiestas Patronales en honor a la Inmaculada Concepción, creando una atmósfera de espiritualidad y celebración.
Pero más allá de la programación, lo que realmente se celebra es el alma campesina. El festival es un canto a la dignidad del trabajo rural, una exaltación de la economía local, una reafirmación del sentido de pertenencia. Es una fiesta hecha por la comunidad y para la comunidad, donde cada detalle refleja el amor por la tierra y por la leche que la nutre.
Y es que San Félix no es cualquier pueblo. Enclavado a más de 3 mil metros sobre el nivel del mar, este corregimiento de Salamina parece una postal detenida en el tiempo. Al llegar, el viajero se siente transportado a una villa del viejo continente, con sus casas de estilo antioqueño, sus calles empedradas y su iglesia imponente que guarda el sonido más bello de campanas en toda Colombia, según los especialistas.
El camino que conduce desde Salamina, coronando el Alto de la Virgen, ofrece una vista que corta el aliento. La niebla se disipa lentamente para revelar un paisaje de pastizales infinitos, de montañas majestuosas, de quebradas que se unen para formar el río San Félix. Es un lugar donde el tiempo se detiene, donde el aire es puro y la vida transcurre al ritmo de la naturaleza.
Los habitantes de San Félix son en su mayoría campesinos, gente noble, trabajadora, que conserva técnicas ancestrales en la producción de alimentos. Cultivan hortalizas, frutas y granos en los solares que rodean sus hogares, y crían ganado con un cuidado que se transmite de generación en generación. Su hospitalidad es legendaria: basta con cruzar una puerta para ser recibido con café caliente, pan casero y una historia que merece ser contada.
Caminar por San Félix es sumergirse en la memoria viva de Colombia. Cada esquina tiene un relato, cada piedra una canción. Las tertulias en el parque central, las caminatas por los senderos que serpentean las montañas, la observación de aves en los bosques de palma de cera, todo invita a la contemplación y al asombro. A tan solo 40 minutos a pie se encuentra el Valle de la Samaria, un santuario natural donde el perico de páramo canta entre las palmas y el pájaro carpintero marca el ritmo de la vida.
Los emprendimientos rurales han florecido en esta región, ofreciendo alojamiento en cabañas, platos típicos como la trucha arco iris, y experiencias que conectan al visitante con la esencia del territorio. San Félix no es solo un destino turístico: es un lugar para reencontrarse con lo esencial, para recordar que la leche no es solo alimento, sino símbolo de vida, de esfuerzo, de comunidad.
Así, el Festival de la Leche se convierte en una metáfora de San Félix: una celebración de lo cotidiano, una exaltación de lo sencillo, una fiesta de lo profundo. Porque en este rincón mágico de Colombia, la leche no solo se produce: se honra, se canta, se celebra. Y quienes tienen el privilegio de nacer allí, como yo, saben que cada gota de leche lleva consigo la historia de un pueblo que resiste, que sueña, que vive.
En ese mismo paisaje de niebla y palma de cera, aún se siente la energía de Soreyma, la mujer que supo escuchar el bosque y protegerlo con su presencia silenciosa. Yorlady, con su fuerza terrenal y mirada firme, sigue habitando las conversaciones del pueblo, como si su voz se mezclara con el viento que baja de la montaña. No están ausentes: están sembradas en la memoria, en los relatos, en los gestos cotidianos. San Félix las recuerda sin nombrarlas, porque ya son parte de su alma, de su ritmo, de su manera de mirar el mundo.