El campesino: ese que no se rinde ni cuando lo rinde la tierra
El campesino… ese sí que es personaje. No tiene título, pero sabe más que muchos con diploma. Fuma tabaco negro que raspa la garganta y deja olor a monte. Bebe aguardiente como si fuera agua bendita, y cuando se le acaba, se inventa otro trago con lo que haya. Sabe contar cuentos que empiezan con “esto pasó de verdad” y terminan con el diablo corriendo en calzoncillos. Huele a sudor, a bosta, a leña, a vida vivida sin filtro ni perfume. Pelea si hace falta, pero no por gusto: pelea por respeto, por tierra, por honra. Tiene siete hijos, o nueve, o doce, según quién los cuente. Y todos comen, todos estudian, todos lo quieren, aunque les grite como si fueran mulas.
Siembra frijol, papa, yuca, maíz, plátano, cacao y caña. Y si le dan más tierra, siembra más. No le teme al surco ni al sol. Ordeña cincuenta vacas desde las cuatro de la mañana, sin quejarse, sin reloj, sin café. Las vacas lo conocen, lo respetan, hasta le hacen caso. Sabe silbar como jilguero y le habla a los perros como si fueran compadres. Hay uno que lo sigue a todos lados, hasta al baño, y si alguien se le acerca con mala cara, el perro se le para firme como soldado.
Nunca se jubila. ¿Para qué? ¿Para morirse de aburrimiento? No tiene Seguro Social, ni falta que le hace. Su seguro es la tierra, el machete, la fe, el escapulario que cuelga del cuello como testigo de mil batallas. No le afecta la altura, ni el frío, ni el calor. Va sin protector solar, sin sombrero, sin miedo. Reconoce un aguacate maduro sin apretarlo, sólo con mirarlo. Tiene una uña larga, afilada, que sirve para pelar mandarinas, rascarse la espalda y espantar moscas.
A ojo sabe cuánto pesa un bulto. Y con mirar y darle una vuelta al puerco, ya sabe si está para matanza o para engorde. Lo mismo con la vaca. Puede manejar hasta ocho caballos o mulas al mismo tiempo, y se sabe el nombre de treinta y seis. Les habla como si fueran sus hijos: “¡Vamos, Lucero! ¡Dale, Tormenta! ¡Quieto, Relámpago!” Y ellos obedecen, porque saben que ese hombre no es cualquier hombre.
Porta un machete listo para dar machetazo, pero nunca lo ha dado. Lo lleva por respeto, por tradición, por si acaso. No necesita los dientes de adelante ni para reírse. Y vaya que se ríe. Se sabe el nombre de los nietos, aunque a veces los confunde con los hijos. Tiene la receta de leche de tigre, que cura el mal de amores, la resaca y hasta la tristeza. No sabe bailar, pero baila. Y cuando baila, parece que la tierra se acomoda para seguirle el paso.
No le da depresión. ¿Qué es eso? Él se levanta, trabaja, canta, maldice, agradece. Se sabe 152 groserías, y las usa como adorno, como puntuación, como filosofía. Ha visto al diablo, lo ha saludado, y hasta le ha ganado una partida de truco. Sabe quién es bruja en el pueblo, y tiene un poco de brujo él mismo. No se quema con el café hirviendo, lo toma como si fuera jugo. Se despierta antes de que suene el despertador, aunque nunca ha tenido uno. Cambia la pila y arregla relojes con un cuchillo y una oración.
No lo tumba una gripe. Camina desajustado, como si tuviera una pierna más larga que la otra, pero llega siempre. Su celular es un cacahuatito que casi nunca tiene señal, y cuando la tiene, no suena. Saluda unas 52 veces al día, repite saludo, se despide tres veces. Sus pantalones son dos tallas más grandes, pero nunca se le caen. Habla duro hasta para contar un secreto, y si le pedís que baje la voz, te dice que no está gritando, que así habla él.
Se sabe atajos para llegar más rápido, aunque nadie los entiende. Trabaja de sol a sol y nunca tiene flojera. Sabe cuándo va a llover, y falla menos que cualquier meteorólogo. Sabe espantar la lluvia con un rezo y una rama de guayabo. Para los truenos, se persigna y sigue trabajando. No le afecta el gluten ni la lactosa de la leche no pasteurizada. La cafeína no lo desvela, más bien lo acompaña.
Reconoce a los muchachos malos y a las malas mujeres con sólo verles los ojos. Sabe llamar gallinas con un sonido que nadie más puede hacer. Baja naranjas sacudiendo las ramas, sin escalera, sin miedo. Disfruta de un agua de papaya y de postre un mango, o agua de limón, sandía o melón. Espanta males con un escapulario que ya está más gastado que sus botas. Escucha la radio en A.M. monofónico, y cree en las noticias como si fueran palabra santa.
No da likes, no sale bonito en las fotos, pero tiene una pintura donde sale increíble con su esposa, que ya no está, pero sigue ahí, en el retrato, en el recuerdo, en la cocina. Se sabe dos chistes y los repite, aunque nadie se ría. No sabe que existe el buró de crédito, pero es de confianza de todos. Escucha noticias, cree en las noticias, y si le preguntás por política, te dice que todos le han ofrecido y todos le han quedado mal.
Sabe para qué sirve la ruda y el paico, con los que purga a sus hijos y nietos. El ángel de la guarda nunca lo ha desamparado. Le dice ingeniero a cualquiera que sepa algo, y todos le dicen “Don”, aunque no tenga más que su sombrero y su machete. No sabe cambiar la llanta de un carro, pero no se niega a hacerlo. Sabe pescar con anzuelo, con red, con las manos si hace falta.
No le gustan las camas blanditas. Coca-Cola sólo en ocasiones muy especiales. Cerveza siempre, y si está caliente, no importa. Ve de noche sin lamparita, como gato. No lo pican los zancudos, y si lo pican, no se queja. Ha comido tortuga, iguana, armadillo, venado, tejón y culebra, y todo eso le sabe a pollo. No sabe cuándo es festivo, ni por quién votar. Pero sí sabe que sin él, sin los suyos, sin los que trabajan la tierra, la comida se reduce a nada y la vida sería prácticamente imposible.
¡Vivan los campesinos! Que no tienen redes, pero tienen raíces. Que no tienen likes, pero tienen legado. Que no tienen tiempo para quejarse, porque están ocupados sosteniendo el mundo.

