Llevar el apellido Gómez en Marulanda no es un privilegio superficial; es un juramento perpetuo al frío, a la roca y al silencio de la alta montaña. Ser nieto de Eleuterio Gómez, uno de los hombres que puso el corazón y el hacha para fundar este pueblo en 1877, es vivir bajo la sombra de un mandato de perseverancia. Mi herencia no es de tierras tituladas en pergamino, sino de la más pura, áspera y fundamental carga que puede recibir un colombiano: la obligación de la resiliencia.
Eleuterio Gómez no era un hombre de palacios, sino de caminos. Su historia, y la de Marulanda misma, nace de una renuncia amarga. Él no llegó a estas laderas de Caldas por un ideal romántico, sino por el fracaso de una quimera. Al igual que el arriero Miguel Murillo y tantos otros, mi abuelo fue un mazamorreero, un buscador de oro que el destino condenó a la pobreza incesante. Cansados de esa miseria rodante, debieron abandonar los ríos y voltear la mirada hacia arriba, a las tierras que nadie más quería. El acto fundacional no fue un momento de triunfo, sino de terca adaptación: clavar el machete para organizar rozos y sementeras, donde solo había páramo, a 2.820 metros de altura, en un paraje conocido como “Plancitos”.
Imagino a Eleuterio Gómez y a sus compañeros, el General Cosme Marulanda y Pedro Mejía, en esa primera noche de 1877. El viento debe haber sido despiadado, la temperatura cayendo a los 14ºC promedio. En ese frío, donde la vida se aferra a la tierra con uñas y dientes, se forjó el carácter marulandeño: austero, resistente y profundamente arraigado. Mi abuelo no fundó un centro minero; fundó un santuario de labranza y resistencia. El General le dio el nombre al pueblo, pero hombres como Eleuterio le dieron el pulso lento y firme que hoy lo enorgullece. Ser su nieto es ser la memoria de ese momento, la justificación de esa renuncia al oro por la dignidad de la agricultura.
El legado se manifiesta en la geografía y en la arquitectura. Marulanda no permite la fragilidad. El paisaje exige respeto. Al recorrer sus calles, siento que no estoy pisando asfalto, sino las huellas profundas de su decisión. La arquitectura vernácula —las fachadas de tabla parada, las bases de tapia y, sobre todo, el noble bahareque— son testigos silentes. El bahareque, esa mezcla humilde de tierra, caña y madera, no es un material pobre; es una filosofía constructiva, un símbolo de lo que es firme y flexible a la vez.
Al visitar la Concentración Escolar “Cosme Marulanda”, esa inmensa estructura catalogada como uno de los «dinosaurios del bahareque», me conmueve pensar en la previsión de mi abuelo. Él y sus cofundadores construyeron no para ellos, sino para el futuro, con materiales que honran la tierra. Esta conservación arquitectónica, que hoy se articula en programas como «Pueblos que Enamoran», donde la comunidad se organiza para aportar su mano de obra con gran sentido de pertenencia, es una extensión directa de su espíritu fundacional: la convicción de que solo la colaboración y el cuidado mutuo pueden sostener la vida en la alta montaña. Mi misión, como nieto, es ser guardián de ese sentido de pertenencia, no un mero heredero de un nombre.
Pero si el bahareque es la piel de Marulanda, la lana es su alma y su metáfora más profunda. El oro se fue con el viento, pero la lana se quedó en la piel. Mi abuelo y sus compañeros se dieron cuenta de que el frío que los castigaba era, en realidad, su mayor aliado económico. La altitud de 2.820 metros sobre el nivel del mar y la necesidad de abrigo constante garantizaron que la ovinocultura y la artesanía textil se convirtieran en el verdadero motor del municipio. Ser nieto de Eleuterio Gómez, en este contexto, es entender que la supervivencia se teje, literalmente, fibra a fibra.
El proceso de la lana, organizado por la Cooperativa Ovina de Marulanda, se ha convertido para mí en una catequesis de la vida. No se trata solo de esquilar a la oveja y vender el vellón. Se trata de un rigor técnico y moral que define la calidad de ese pueblo.
La primera lección es la selección. Me enseñaron que, tras la esquila, hay que limpiar y seleccionar, retirando de forma rigurosa todo lo que esté «quemado» o «sucio». Es la obligación de despojarse de los vicios, de la historia inútil y de la pereza.
La segunda lección, la más crucial, es el descrudado. Esta es la purificación. La lana, me explicaron, debe ser lavada con líquidos especiales para eliminar la grasa natural, la lanolina, y el característico «olor a ovejo». El descrudado es indispensable; sin él, la lana no es apta, no es aceptable en el mercado. Para mí, el descrudado es la metáfora de la probidad: es la necesidad de quitar el olor a la mala vida, de limpiar el alma hasta que la fibra quede pura. Un pueblo, como una hebra de lana, debe ser purificado de sus malas prácticas para poder ser digno de la historia que lo funda.
La tercera lección, y la que mayor peso emocional conlleva, es la del doble torcido. Una vez limpia, la hebra no puede dejarse simple. Los artesanos mayores lo sentenciaron: «la hebra es muy débil, entonces tiene que estar de dos hebras para que sea más firme». El hilo debe ser torcido en dos para alcanzar la solidez necesaria para ruanas y cobijas que duren generaciones.
Ser nieto de Eleuterio Gómez es ser esa doble hebra torcida. La primera hebra soy yo, el individuo, con mis propios sueños y ansias de modernidad. La segunda hebra es el legado, el peso ineludible de mi abuelo, de su lucha contra el páramo, de su decisión de darle al pueblo una identidad basada en el trabajo honesto. Estas dos hebras no pueden separarse; si lo hicieran, el hilo se volvería frágil, incapaz de sostener el tejido de la comunidad. Mi firmeza en la vida no es mía; es la suma de mi voluntad y del compromiso de mi linaje.
Pero la angustia es real. La juventud de Marulanda mira hacia afuera. Mis mayores lamentan con voz quebrada que existe un «desinterés» palpable por «guardar las tradiciones» y «conservarlas». Esta apatía no es solo un riesgo cultural; es una amenaza a la sostenibilidad económica, porque si se pierde el conocimiento del descrudado y el doble torcido, Marulanda se queda sin su valor agregado. La lana se volverá un producto genérico. El legado de Eleuterio Gómez se deshilachará.
Por eso, mi compromiso se renueva cada dos años en la gran festividad que mi abuelo nunca conoció, pero que valida su vida entera: el Festival de la Lana, la Papa, la Leche y la Arriería. Este evento no es solo recreación; es la reafirmación solemne del juramento fundacional. Al celebrar la arriería, se honra a los caminantes que llegaron a esta tierra y la fundaron. Al exaltar la papa y la leche, se celebra la diversificación agropecuaria que mi abuelo y sus compañeros se vieron obligados a empezar. Y al elevar la lana, con sus desfiles de corderos y sus muestras de artesanía, se convierte la técnica manual en un acto de orgullo público.
Como nieto, entiendo que mi función es ser un puente entre la historia y la esperanza. Debo asegurarme de que la estrategia de resiliencia de Marulanda —que incluye ahora la diversificación hacia el mercado de carne ovina procesada— no opaque la belleza y el rigor de la tradición artesanal. Mi nombre, Gómez, me exige no solo conservar la arquitectura de bahareque y el bosque de Palmas de Cera en el Valle de Cabras, sino, sobre todo, garantizar que la lección del doble torcido no se olvide.
Ser nieto de Eleuterio Gómez es un deber emotivo y un privilegio humilde. Mi identidad es un tejido denso y firme. Es la convicción de que la grandeza de un hombre no se mide por el oro que persiguió, sino por la solidez del hogar que construyó para los que vinieron después. Honro esa verdad: que el frío, la lentitud y la lana son las pruebas irrefutables de que la perseverancia es el verdadero tesoro de la alta montaña.