Marulanda, Territorio de la Lana y la Resiliencia de la Alta Montaña

Marulanda, en la alta montaña caldense, es territorio de resiliencia, arquitectura vernácula y cultura ovina. Su historia, tejida entre arrieros, bahareque y lana, se celebra en el Festival de la Lana, símbolo de identidad y esperanza. La técnica ancestral y el sentido de pertenencia sostienen su riqueza cultural y económica.

Marulanda no es simplemente un punto en el mapa del departamento de Caldas; es un santuario de la alta montaña, un testimonio vivo de la capacidad de adaptación humana frente a la adversidad geográfica e histórica. Ubicado a una altitud impresionante, entre 2,820 y 2,825 metros sobre el nivel del mar , este municipio se recuesta sobre un paraje conocido ancestralmente como “Plancitos”, en la margen izquierda del río Guarinó. El aire que se respira aquí es frío, apenas templado, con una temperatura promedio constante de 14ºC , una constante climática que no solo dicta el ritmo de la vida, sino que esculpe la identidad económica y cultural de sus apenas 2,702 habitantes. Referido con orgullo en la región como «el poblado lento que enorgullece» a Caldas , Marulanda ha sabido transformar su aparente aislamiento y su baja dinámica urbana en el mayor de sus atractivos: la paz, la conservación de sus costumbres y, fundamentalmente, la autenticidad.

La génesis de Marulanda se inscribe dolorosamente en el vasto proceso de la Colonización Antioqueña, una epopeya de expansión que redefinió el Paisaje Cultural Cafetero. A mediados del siglo XIX, cuando el presidente Mariano Ospina Rodríguez planteaba la necesidad administrativa de crear un nuevo departamento al sur de Antioquia (originalmente propuesto como “Córdoba” ), la realidad en el terreno era mucho más cruda que cualquier decreto federalista. La colonización no fue impulsada por la planificación, sino por la desesperación. Muchos colonos, entre ellos el arriero Miguel Murillo y sus hijos, llegaron a esta alta sierra cansados de la pobreza perpetua que les dejaba la minería aurífera, actividad conocida como mazamorrear. Frustrados y sin más opción, abandonaron los ríos para organizar rozas y sementeras. Este pivotaje forzoso, del oro a la tierra, del minero al campesino y al arriero, es el acto fundacional simbólico de Marulanda, estableciendo la resiliencia como su primer valor cultural.

La fundación formal, sin embargo, llegó años después, consolidada en 1877 por figuras notables cuya memoria persiste en la toponimia y el patrimonio. El General Cosme Marulanda —de quien el municipio toma su nombre—, Eleuterio Gómez y Pedro Mejía son reconocidos como los principales artífices de este establecimiento. Ocho años después, en 1885, la población alcanzó la categoría de municipio. No obstante, la historia de este territorio se remonta a épocas mucho más profundas, ya que, en sus valles y laderas, mucho antes de la llegada de los colonos, habitaron los indígenas Pantagoras. Esta rica herencia histórica, desde los Pantagoras hasta los arrieros, es la base de una tradición oral vasta, recogida en cuentos locales como “Hace Tiempos Un Día en Marulanda”.

El paisaje cultural de Marulanda está definido por su arquitectura. La lentitud de su desarrollo, vista por algunos como un déficit, ha sido en realidad un escudo protector, permitiendo la milagrosa conservación de su núcleo urbano. Las viviendas y estructuras públicas se erigieron con las técnicas constructivas de la Colonización, empleando la tapia, la tabla parada, y, sobre todo, el bahareque. El bahareque, esa mezcla de tierra, caña y madera, no es solo un material: es un símbolo de identidad y resistencia sísmica. La Concentración Escolar “Cosme Marulanda”, una estructura de grandes dimensiones y amplios corredores, es localmente apodada como uno de los «dinosaurios del bahareque» del municipio, encapsulando la memoria de sus fundadores y la maestría ancestral. Recientemente, el municipio ha sido parte del programa «Pueblos que Enamoran», que no solo busca embellecer sus fachadas, sino también cimentar la gestión del patrimonio. Este modelo es ejemplar: mientras fundaciones externas aportan los materiales, es la propia comunidad, impulsada por un profundo «sentido de pertenencia y amor por Marulanda», la que organiza la mano de obra. Esta capacidad de autoorganización para la preservación es, sin duda, un capital social que se traduce directamente en fortaleza económica.

El entorno natural es el segundo pilar de su identidad. El territorio de Marulanda alberga uno de los más impresionantes santuarios de fauna y flora de Caldas: el Valle de Cabras. Este valle es célebre a nivel nacional por ser uno de los mejores lugares para admirar el bosque de Palmas de Cera , el majestuoso árbol emblema de Colombia. La comunidad marulandeña ha trascendido la simple contemplación de este activo, convirtiéndolo en un espacio de conservación activa, donde los visitantes y lugareños participan en la siembra de palma nativa. Esta vocación ecologista refuerza la marca de Marulanda, atrayendo un turismo consciente, centrado en el bosque de niebla y la conservación, nichos perfectamente alineados con su «lentitud» cultural.

Sin embargo, si la arriería fue el alma de su fundación y la palma de cera su corona natural, el verdadero corazón palpitante de Marulanda es la Ovinocultura. La crianza de ovejas y la transformación de su lana constituyen la columna vertebral económica y el sello artesanal que distingue al municipio de cualquier otro centro cafetero. El clima frío de 14ºC no es un obstáculo; es la ventaja competitiva que garantiza una demanda constante de prendas de abrigo de la más alta calidad: ruanas, cobijas, ponchos y guantes. La producción y comercialización de estos textiles es articulada por la Cooperativa Ovina de Marulanda , la entidad crucial que dinamiza el mercado, asegurando que el producto final refleje el rigor técnico de la tradición.

El valor superior de la artesanía marulandeña reside en el savoir-faire, el arte y la ciencia de la transformación de la fibra, un proceso manual de sofisticación sorprendente que se opone a la producción industrial. La cadena de producción exige precisión en cada paso, comenzando por la esquila o tresquila de la oveja. A esto le sigue una etapa crítica: la limpieza y selección, donde se elimina rigurosamente la lana quemada, sucia o de baja calidad para asegurar la pureza del vellón. El paso que define la calidad es el Lavado y Descrudado. Aquí, el vellón es sometido a un lavado con líquidos especiales, un proceso técnico indispensable para eliminar la grasa natural (lanolina) y el olor característico a ovejo, haciendo que la lana sea higiénicamente apta y socialmente aceptable para el mercado. Una vez limpia y suave, la hebra pasa al hilado y torcido. Los artesanos mayores insisten en que una hebra simple es «muy débil», por lo que la hebra debe ser torcida en dos. Este doble torcido no es opcional: es la clave técnica que confiere al hilo la firmeza y resistencia necesarias para el urdido y el tejido de prendas duraderas. Finalmente, el proceso se enriquece con el uso de tintes naturales, que no solo añaden belleza, sino que aumentan la calidad y la distinción de los tejidos.

Paradójicamente, la sofisticación técnica de estos saberes ancestrales confronta hoy el mayor desafío cultural de Marulanda: la interrupción generacional. Los artesanos con más experiencia lamentan una realidad que amenaza la continuidad de su arte: la potencial pérdida de la tradición debido al aparente desinterés de la juventud por «guardar las tradiciones» y conservar estas habilidades específicas. Si este conocimiento se pierde, el valor agregado que distingue los textiles marulandeños, basado en la técnica rigurosa del descrudado y el doble torcido, se desvanecerá, llevando consigo una riqueza cultural y económica irremplazable.

En un acto de notable resiliencia económica, el municipio ha buscado mitigar los riesgos inherentes a depender exclusivamente del mercado artesanal, cuyo valor puede ser fluctuante. Desde 2019, la Cooperativa Ovina y los comerciantes han dinamizado el mercado ovino mediante la diversificación hacia el agronegocio de la carne. Esta estrategia incluye la producción y venta de productos procesados, como embutidos, para consumo nacional e incluso internacional. Este enfoque dual—mantener la tradición artesanal de alta calidad y, al mismo tiempo, incursionar en un mercado agroindustrial más estable—es un modelo de desarrollo rural que garantiza la viabilidad de la ovinocultura en la alta montaña, ofreciendo una fuente de ingresos más constante para los campesinos.

El clímax de esta identidad compleja se celebra cada dos años en la gran festividad de la región: el Festival de la Lana, la Papa, la Leche y la Arriería de Marulanda. El nombre extenso de la fiesta es una declaración de principios, un manifiesto de la multifuncionalidad económica del municipio. De carácter bienal, se realiza en los años impares durante el segundo puente festivo de noviembre , con el objetivo primordial de exaltar la cultura agropecuaria y la productividad local.

El Festival es una celebración integral. Honra la lana con desfiles de corderos y muestras de artesanía ; rinde tributo a la fundación histórica con concursos de arriería, demostraciones de carriel tradicional y competencias de rajadores de leña ; y valida la importancia de la agricultura de altura con el Reinado de la Papa y los concursos de Vaca Lechera. Lejos de ser un evento meramente folclórico, el Festival es una estrategia de política pública cultural. Su importancia institucional se subraya con el apoyo del Gobernador de Caldas, el alcalde de Marulanda, y el patrocinio de entidades clave como la Industria Licorera de Caldas (ILC), CHEC Grupo-EPM y, por supuesto, la Cooperativa Ovina. La decisión de realizar el lanzamiento en Manizales, la capital departamental , es una táctica deliberada para asegurar la visibilidad regional e inyectar el turismo y la inversión externa, combatiendo el desafío demográfico del municipio.

En esencia, el Festival de la Lana trasciende la función de entretenimiento para convertirse en el gran mecanismo de salvaguarda. Al formalizar, celebrar y monetizar públicamente las habilidades del ovinocultor y el arriero, el evento infunde un sentido de orgullo y valor económico en las prácticas amenazadas. Es la reafirmación colectiva de que la identidad marulandeña es inseparable de sus pilares agropecuarios y de la destreza manual, asegurando que la historia de la lana, tejida con doble torcido y descrudada con cuidado, continúe la tradición de la alta montaña. Marulanda, en fin, es un lugar donde la lentitud no es sinónimo de atraso, sino de conservación; un municipio que demostró que el fracaso de una mina de oro puede dar origen a una riqueza cultural mucho más firme y duradera: la que se teje con lana y con la memoria.

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