«Dicen que hay lugares donde la tierra no olvida, donde el viento no solo sopla, sino que habla, y donde los árboles no solo crecen, sino que recuerdan. En lo más alto de la cordillera de los Andes, en el norte de Caldas, entre las nieblas que se arrodillan ante las majestuosas Palmas de Cera, se alza el bosque más grande que hayamos visto. Y allí, entre estas palmas que se elevan como lanzas de luz, reside un secreto que no se deja encerrar en libros ni en mapas: la historia de dos mujeres que danzaron para defender la tierra.
No es leyenda, no es mito; es memoria viva.
Hace muchos siglos, en este mismo lugar, nació Soreyma, hija del cacique Yaurán de los Concuyes, una tribu de oro y dignidad que habitaba los valles altos de San Félix y La Samaria. Los españoles, al ver sus atuendos dorados, los llamaron «Armados», sin entender que no era el metal lo que los protegía, sino la profunda memoria de su tierra.
Soreyma fue una niña distinta. Alta, de mirada profunda y voz como el eco de las quebradas. Los pueblos vecinos la admiraban, pero ella no se rendía ante la fuerza ni el halago. Su verdadero poder no venía de la guerra, sino de la danza. Desde muy pequeña, danzaba con el viento, aprendiendo a moverse como las palmas, a girar como el río, a vibrar con el canto de cada pájaro. Su cuerpo era mensaje, su baile, un ritual sagrado. Cuando los guerreros intentaban poseerla, ella respondía con movimientos que desarmaban la violencia. No golpeaba, no huía; danzaba. Y en su danza, los hombres veían una libertad inalcanzable.
Con el tiempo, Soreyma encontró a Yauré, un joven sabio de los Pozos, su compañero en la danza y en el alma. Juntos crearon un ritual que no solo celebraba la vida, sino que protegía el territorio. Cada paso era una palabra, cada giro una advertencia, cada salto una promesa. Las tribus se reunían para verlos, y en ese acto, comprendían que la tierra no se defiende con lanzas, sino con lazos de memoria.
Para los Concuyes, el bosque no era solo un lugar; era un cuerpo vivo, un templo sin muros, un libro sin letras. Las palmas de cera eran ancestros que vigilaban el cielo, cada una un testigo, cada raíz una historia. Soreyma, desde niña, supo que su destino estaba ligado a este bosque que respiraba con ella.
A los siete años, se internaba sola en la espesura, aprendiendo a distinguir los senderos por el aroma, por la textura del musgo. Una palma caída le susurró: «No somos eternos, pero somos memoria. Cuídala». Desde ese día, Soreyma danzó para las palmas, una danza que no buscaba ser vista, sino escuchada por la tierra. Los animales la seguían, y los sabios notaron que las lluvias llegaban con más precisión, las cosechas eran abundantes, los nacimientos más sanos. La montaña estaba contenta.
El anciano Tairuma, guardián de los relatos, le reveló su destino: «Tú eres la guardiana, el símbolo que aparece cuando la tierra está en peligro». Soreyma sintió la responsabilidad, y su danza se hizo más intensa, más profunda. Junto a Yauré, en los claros del bosque, a las orillas del río, en noches de luna llena, tejían una coreografía que hablaba de libertad, dignidad y raíz. Los niños y las mujeres aprendieron los pasos, los ancianos aportaron cantos. La danza se volvió colectiva, un lenguaje que se sentía en la piel, en el pecho, en la tierra.
Pero el mundo exterior cambiaba. Llegaron rumores de hombres blancos con piel de hierro y ojos de fuego. Se decía que venían del otro lado del mar, con mapas y cruces, que no respetaban pactos ni danzas. Soreyma lo sintió en la tierra, en el viento. Supo que debía preparar a su pueblo, no para la guerra, sino para preservar la memoria.
Convocó a todas las tribus. No para discutir, sino para danzar el «Pacto de los Valles». En una ceremonia sin precedentes bajo la luna llena, Soreyma y Yauré bailaron, y en cada paso, cada giro, cada abrazo, se sembraba la promesa de respeto entre pueblos, defensa del bosque, protección de los ríos y resistencia sin odio. El pacto no se firmó, se danzó.
El bosque se inquietó. El río murmuraba con urgencia, los pájaros cambiaron sus rutas. Soreyma sintió la raíz. Figuras de metal, cruces de fuego, palabras incomprensibles pero dolorosas invadían sus sueños.
Los primeros mensajeros llegaron con telas extrañas, acentos duros y ojos que solo veían lo que podían extraer. Hablaban de mapas, promesas y objetos brillantes. No preguntaban por la danza, solo por tierras y metales. Soreyma los observó. Sabía que no venían a compartir, sino a dividir; no a aprender, sino a imponer; no a sembrar, sino a extraer. Un mensajero le ofreció un collar de oro. Ella respondió danzando. Su cuerpo, firme e impredecible como la tormenta, desarmó su intención.
Pero los mensajeros volvieron con soldados. Hombres de metal, armaduras que brillaban como espejos rotos, caballos que pisaban la tierra sin sentirla, cruces que marcaban territorios y palabras que ordenaban. Los caciques dudaron, pero Soreyma convocó a las tribus para recordar. En el corazón del bosque, bajo las palmas más altas, danzó. Su cuerpo era una advertencia, un escudo, un grito. Los soldados rieron, pero también se inquietaron. No podían tocar lo que no se dejaba poseer.
Aun así, comenzaron a marcar territorios, exigir tributos, talar palmas, silenciar cantos. Soreyma no se rindió. Organizó danzas en cada rincón, enseñó a los niños a resistir con el cuerpo, a las mujeres a bordar la memoria. Yauré la acompañaba, no como sombra, sino como llama.
Una noche, Soreyma habló: «Nos quieren arrancar, pero somos raíz. Nos quieren silenciar, pero somos canto. Nos quieren dividir, pero somos danza». Los soldados empezaron a temer no a las armas, sino a la unidad, a la memoria. Pero el poder colonial no se detiene por miedo. Llegaron los castigos, las desapariciones, las quemas.
Soreyma sabía que no podía detener el metal, pero que el metal no puede tocar lo que no ve, lo que no entiende, lo que no se rinde. Una madrugada, se internó en el bosque. No huyó; se ofreció, se entregó, no como víctima, sino como semilla. Desapareció entre la niebla.
Algunos dicen que se volvió niebla, otros que su espíritu vive en cada palma que nace. Lo cierto es que, desde entonces, el bosque canta distinto. Las palmas crujen con más fuerza, los pájaros vuelan con más ritmo, el río murmura con más claridad. Soreyma no murió; se sembró. Y su danza, aún hoy, se siente en cada palma que nace.
Pasaron siglos. El metal cambió de forma: ya no eran espadas, sino máquinas y empresas. El bosque volvió a estar en peligro. Pero la memoria no se había ido. En San Félix, entre cultivos de papa y quebradas, nació una niña de ojos verdes y alma firme: Yorlady. Su belleza era legendaria, pero lo que la hacía única era su fuerza, su mirada que parecía escuchar más allá del mundo.
Yorlady creció escuchando el susurro de las palmas. Su abuela le hablaba de Soreyma, de la danza, del pacto de los valles. Un día, encontró un manuscrito escondido: el «Canto de Soreyma», el lenguaje de la danza. No lo leyó, lo sintió. Comenzó a buscar más fragmentos en el bosque, en el río, en las piedras. Los convirtió en danza. A los doce años, bailaba como si el bosque la habitara, no imitando a Soreyma, sino continuándola. Los ancianos decían que la guardiana había vuelto.
Cuando las empresas modernas llegaron, con planos, drones y discursos de «progreso», Yorlady no dudó. Convocó a la comunidad y danzó frente a los ingenieros. Su cuerpo era mensaje, su voz era eco. La comunidad se unió, no con violencia, sino con memoria. Bordaron mantos, cantaron versos, declararon el bosque como reserva ancestral. La tala se detuvo. El llamado de la montaña había sido respondido.
Yorlady no quería que la danza se quedara solo en ella. Propuso crear un «Archivo Vivo del Canto de las Generaciones», un espacio sin paredes, con árboles como estanterías y cuerpos como vitrinas. Allí, cada niña, cada mujer, cada sabio dejaba su huella: un paso, un verso, un bordado. Las niñas, ahora jóvenes, enseñaban la danza en otros pueblos, adaptando el manuscrito de Soreyma. Los sabios grababan sus cantos en cortezas, y las mujeres tejían «Las Voces del Viento», mantos que narraban la historia.
El bosque se consagró, no por decreto, sino por cuerpo, por canto, por raíz. Yorlady, satisfecha, se retiró al bosque. No desapareció. Se volvió niebla, palma, canto, raíz.
Décadas después, la niebla volvió a cubrir el cerro de los Vientos. No como clima, sino como presencia, como anuncio. Yorlady había muerto lejos, en la ciudad, pero su cuerpo no se perdió; se sembró. La comunidad se reunió en el claro del bosque consagrado, no para llorar, sino para recordar. Las niñas danzaron con intuición, los sabios cantaron el «Canto del Regreso», y una palma fue sembrada en el centro del claro. La niebla se abrió, y por un instante, se vio una figura alta, serena, danzante. No era cuerpo, era presencia. No era Yorlady, era su legado.
Desde entonces, cada danza comienza con una invocación: «Que la niebla nos guíe. Que la palma nos sostenga. Que Yorlady nos acompañe.» La «Escuela de Danza Ancestral Palma Viva» se convirtió en la «Casa de la Niebla», un lugar donde se enseña no solo a danzar, sino a recordar.
Porque hay muertes que no apagan, iluminan. Porque hay cuerpos que no se entierran, se siembran. Porque hay legados que no se cierran, se multiplican. Y en lo más alto de la cordillera, entre el río Arma y el San Félix, las palmas de cera guardan un secreto: la historia de dos mujeres que danzaron para defender la tierra, una memoria que sigue viva, cantando y danzando en cada palma, en cada niño, en cada corazón de San Félix.»

