Ya aparecí, algo tarde, sí, pero aparecí. Ayer no pude escribir y esta mañana, apenas me estaba acomodando el café, cuando don Eleuterio me llamó y me arremangó el saco con voz de cronista mayor: “Timoteo, la columna debió salir ayer”. Y tenía razón. Así que aquí estoy, picante y crítico como siempre, para alegrar el día de mis seguidores, que según el jefe ya pasan de los tres mil.
¡Gracias, mi gente! Ustedes son la razón por la que este rincón sigue resonando.
No quería hablar del modelito de casi palacio azul y blanco, pero cada semana mete las de caminar y no puedo dejar de rabiar. Esta vez, el motivo fue poético, pero la rabia es la misma.
Hace unos días se celebró en Manzanares uno de los encuentros poéticos más importantes del departamento. Cuatro de nuestros queridos y admirados escritores fueron invitados a representar a Salamina. Hasta ahí, todo bien. Pero el colofón llegó cuando la “Oficina de publicidad” del alcalde publicó un video en redes sociales, anunciando con bombos, platillos y las acostumbradas flores que el “modelito” había apoyado el desplazamiento de los poetas. ¡Qué maravilla! ¡Qué compromiso con la cultura! ¡Qué video tan bonito para Instagram!
Pero eso no le llega al grueso de la población, afortunadamente. Porque la mayoría que vota no tiene esa red social, y por tanto no se traga el cuento. El apoyo fue una limosna: $250 mil pesos para cuatro poetas. ¿Sabe usted cuánto cuesta ir a Manzanares? $76 mil por ida, igual por regreso. Cuatro personas. Más de $600 mil. ¿Y les dieron 250 mil? ¿Y así se atreve el funcionario a decir que los envió, que los apoyó, que apoya la cultura?
No sea descarado, alcalde. No le da pena gastar millones en reinados comerciales foráneos que usurpan nombres oficiales, mientras nuestros escritores reciben migajas para representarnos. No sea descarado, Manuel Fermín. La cultura no se apoya con likes ni con videos editados. Se apoya con respeto, con recursos, con dignidad.
Y Timoteo, desde su rincón preferido, seguirá escribiendo aunque le arremanguen el saco. Porque mientras haya descaro, habrá crítica. Y mientras haya pueblo, habrá resonancia.
Timoteo: La Chiflada y el silencio que no llega
También se supo —porque aquí todo se sabe, aunque algunos crean que no— que los desmanes de La Chiflada continúan como si nada. Los vecinos ya no reclaman: claman, porque el volumen de la música a altas horas de la noche no deja dormir ni a los gatos del tejado. Y no es solo la música: es el escándalo de los que van a divertirse, los gritos, las risas desbordadas, los portazos, los motores, los insultos, los amores fugaces y los desamores ruidosos. Todo eso en pleno centro histórico, donde se supone que hay normas, respeto y regulación.
Pero lo más preocupante no es el ruido. Lo más preocupante es el horario interactivo de funcionamiento, que se extiende según el funcionario que se encuentra departiendo. Sí, así como lo oye: si hay autoridad presente, el horario se alarga como chicle en zapato caliente. ¿Y quién regula eso? ¿Dónde está el malacaroso de Planeación que debería ponerle freno? ¿Dónde está la Policía que debería hacer respetar las disposiciones legales, si es que existen?
Porque esa es otra: ¿existen las disposiciones legales para estos establecimientos en el centro histórico? ¿O estamos jugando a la improvisación, al “yo conozco al dueño”, al “déjelo que hoy hay fiesta”? ¿Por qué no nos dicen cuáles son las regulaciones? ¿Por qué no se publican? ¿Por qué no se hacen cumplir?
El centro histórico no es un parque de diversiones ni una zona de tolerancia. Es patrimonio, es memoria, es convivencia. Y lo están convirtiendo en un carnaval sin ley, donde el que más grita más manda y el que más bebe más decide. ¿Hasta cuándo vamos a soportar que se pisotee el derecho al descanso, al orden, a la dignidad?
Timoteo no calla. Timoteo no duerme. Timoteo escucha los reclamos de los vecinos y los convierte en resonancia. Porque si las autoridades no regulan, el pueblo sí recuerda. Y en las urnas, en las calles, en las columnas, se hace sentir.
Timoteo: El esperpento del farol y el silencio que cuesta millones
La gente de La Cuchilla —y no solo ellos, sino todo Salamina— se sigue preguntando, con razón y con rabia: ¿qué es ese esperpento que llaman “monumento al farol”? ¿Por qué se gastaron más de mil millones de pesos en una estructura que no funciona, que no sirve, que no representa nada más que el mal gusto y la improvisación?
Dicen que es un mirador. Dicen que es un homenaje. Dicen que es un símbolo. Pero lo que vemos es una mole mal construida, con un diseño que parece sacado de una maqueta escolar sin supervisión, donde apenas caben cuatro o cinco personas, y eso con el riesgo de caerse si se mueven mucho o si sopla el viento. ¿Ese es el “mirador” que nos prometieron? ¿Ese es el monumento que debía embellecer y dignificar?
Lo han inaugurado varias veces —como si repetir el acto le diera funcionalidad— pero sigue sin operar, sin propósito, sin sentido. ¿Para quién se hizo? ¿A quién beneficia? ¿Quién se llenó los bolsillos mientras nosotros, los que pagamos impuestos, seguimos esperando explicaciones?
Porque eso es lo que falta: explicaciones claras, públicas y responsables. ¿Dónde están los estudios técnicos? ¿Dónde está el plan de uso? ¿Dónde está el informe de ejecución? ¿Por qué no se publica el contrato, el diseño, el nombre del arquitecto, el supervisor, el interventor? ¿Por qué no se pone a funcionar de forma óptima, si es que eso es posible?
Timoteo no se traga cuentos. Y el pueblo tampoco. Este monumento no es al farol: es al despilfarro, al silencio administrativo, a la falta de respeto por la memoria y por el bolsillo ciudadano. Porque si algo representa ese esperpento, es la distancia entre el discurso oficial y la realidad que vivimos.
Y mientras no haya respuestas, Timoteo seguirá preguntando. Porque el verdadero monumento que merece Salamina no se construye con concreto, sino con verdad, con dignidad y con respeto por la gente.
Timoteo: Felicitaciones con tanque y tubería
Esta semana, mientras me tomaba el tinto en mi rincón preferido —ese donde se ve todo sin que uno se meta en nada—, presencié una escena digna de crónica: llegaban unos tanques y tuberías enviados por la Gobernación del departamento. Y allí, como quien no quiere la cosa pero quiere que lo vean, estaba el malacaroso, sacando pecho, mostrando músculo institucional, posando para el pueblo como si fuera el mismísimo gerente del acueducto celestial.
Y sí, hay que decirlo: esa gestión es buena. Va a beneficiar a un buen grupo de veredas que hace rato claman por agua, por presión, por dignidad líquida. Así que desde este rincón, donde se critica pero también se reconoce, felicitaciones al modelito y al malacaroso. Porque para eso los elegimos: para que gestionen, para que consigan, para que trabajen por los campesinos y no solo por los likes.
Ahora bien, no faltó quien murmurara entre sorbo y sorbo: “¿Será que el malacaroso sigue con la idea de ser el sucesor de Mafe?” Y yo no respondo, pero tampoco me hago el sordo. Porque cuando uno ve tanto protagonismo, tanta foto, tanto pecho inflado, tanto tanque descargado con sonrisa de campaña, pues algo se está cocinando. Y no es precisamente agua potable.
Pero por ahora, bien por ellos. Que sigan trayendo tubos, tanques y soluciones. Que el aplauso no se les suba a la cabeza ni les tape los oídos. Porque el pueblo también sabe contar los días, los litros y los votos.
Timoteo observa, Timoteo felicita, Timoteo sospecha. Y mientras haya gestión con sabor a intención, aquí estaremos para narrarla con picante y con precisión.
Y hasta aquí llegamos por hoy, mis queridos lectores de oído fino y paciencia larga. Timoteo se despide por esta semana, no sin antes agradecerles por seguir leyendo, comentando y, sobre todo, por no tragarse cuentos mal contados. Porque mientras haya pueblo que escuche, habrá rincón que resuene.
La próxima semana volveré —si don Eleuterio no me arremanga antes— con más verdades incómodas, más preguntas sin respuesta y más picante del bueno.
Porque en este pueblo sobran los temas y faltan los que los digan sin miedo.
Así que afilen el oído, preparen el tinto y no se me desconecten, que Timoteo no calla… y lo que viene, pica más.
Un comentario
Admirador de esta columna se le dice la verdad a quién se le tiene que decir Salamina ha perdido su identidad donde esta la cultura ciudadana eso ya no importa el desorden es total nada más en el tráfico Automotor no solo los establecmientos públicos dode la ingesta de licor es exagerada las Normas solo fueron diseñadas para unos cuantos esperamos que al Palacio llegue alguién y ponga la casa en orden Felicitaciones a nuestros editores.