Nueva voz en La Revista de Caldas
Nos honra presentar a Carlos Arturo Arenas Rodríguez como nuevo columnista de La Revista de Caldas. Nacido en Salamina, tierra que ha sido escenario vital de su trayectoria, Carlos Arturo es hijo de Rogelio Arenas y María Teresa Rodríguez, el segundo de seis hermanos, y un referente académico y humano de nuestra región.
Psicólogo de la Universidad Antonio Nariño (Bogotá), especialista en Pedagogía y Docencia Universitaria (U. La Gran Colombia), magíster en Educación: Desarrollo Humano (U. San Buenaventura, Cali) y doctor en Educación (U. Internacional Iberoamericana, España), actualmente cursa estudios postdoctorales en Pensamiento Complejo en la Universidad de Investigación e Innovación de México (UIIX).
Su voz llega a esta casa editorial para aportar reflexión, profundidad y compromiso con la educación, la memoria y el desarrollo humano. Desde hoy, sus columnas serán espacio de pensamiento crítico y diálogo con el territorio.
Bienvenido, Carlos Arturo. La palabra es tuya.
(Im)posibilidades de la educación: Del conflicto al postconflicto colombiano. Cómo nos trastoca a los Salamineños ¿qué papel juega la escuela en la memoria histórica?
Los conflictos armados siguen representando un importante obstáculo para el desarrollo humano en muchas partes del mundo. Los niños, niñas y el profesorado, no solo se ven envueltos accidentalmente en un fuego cruzado durante los combates, sino que desde hace años se están convirtiendo cada vez más en un blanco sistemático de los conflictos armados (UNESCO, 2011).
En esta misma perspectiva debe tenerse en cuenta lo expuesto por la UNICEF (2018) cuando afirma que las escuelas son entornos donde estudiantes y docentes se congregan con el único propósito de enseñar y aprender. La escuela no debería ser tomada, invadida, violentada ni destruida en el marco de los conflictos armados. Urge que la comunidad internacional pida cuentas a los que perpetran crímenes odiosos y de lesa humanidad como las violaciones sistemáticas sucedidas en estas comunidades.
En otras palabras, Celemín et al. (2016), advierten que la escuela puede ser también un factor transformador de estas realidades, convirtiéndose cada vez más en un ámbito orientado a formar mejores seres humanos. Obviamente ello no supone asumir que la escuela será quien resuelva los conflictos armados, pero como argumentan Celemín et al. (2016), mediante la educación pueden formarse individuos que defiendan el diálogo y la paz. En el mismo tenor, Cabello et al. (2016) refieren que las instituciones educativas, a la luz de los estudios para la paz, necesitan promover relaciones pacíficas, de sana convivencia o de convivencia inteligente y trato justo.
En consecuencia, se puede aseverar que, la educación para la paz es una cuestión central, además, dispuesta en la Ley General de Educación de Colombia (1994), al mismo tiempo, en ella se contempla la obligatoriedad de implementar la educación para la justicia, la paz, la democracia, la solidaridad, la confraternidad, el cooperativismo y, en general, la formación de los valores humanos. No obstante, agrega, que el estudio de estos temas y la formación en tales valores, no exige asignatura específica, en tanto dicha formación debe incorporarse al currículo y desarrollarse a través de todo el plan de estudios (Ley 115 de 1994, artículo 14).
Como puede inferirse, al asumir de forma literal lo demandado en esta política pública educativa, deberá entonces la escuela verterse como aquel territorio institucionalizado e institucional-izándose continuamente para la promoción de la cultura de la paz, grosso modo, son prioridades la innovación de las prácticas escolares y la formación pertinente, eficaz y eficiente centrada en la ecuanimidad, inclusión, oportunidad, igualdad, calidad y transparencia.
Como se ha venido diciendo, cuando se alude a la noción de Educación para la Paz, se debe comprender que se constituye un colosal desafío que requiere de una transformación sociocultural en la que se tendrá que reafirmar que la guerra y la violencia son los caminos menos expeditos para solucionar las diferencias. La guerra y la violencia representan los verdaderos artificios que atentan contra la construcción de una convivencia efectiva de paz, perdón y reconciliación.
No obstante, es pertinente cuestionar, en qué medida, el sistema educativo colombiano puede realmente convertirse en un territorio pedagógico de educación para la paz. O, en otras palabras, ¿qué factores socioculturales, políticos y económicos los docentes perciben como obstaculizadores o facilitadores para avanzar hacia una educación para la construcción de la paz transformadora? o ¿será que la educación para la paz requiere de un enfoque distinto en situaciones de conflicto y violencia social y democrática?, o, ¿será que la guerra y sus consecuencias que por más de siete décadas ha protagonizado los más nefastos y se-viciosos actos de barbarie y crueldad no ha afectado otros territorios del contexto colombiano, como por ejemplo a Salamina? terruño en el que, en tal sentido, ya vivimos la arremetida brutal de los grupos insurgentes; momento en el que el territorio fue mancillado, avasallado sin piedad, y muchos de nuestros conciudadanos extorsionados, amenazados, desterrados y en el peor de los casos asesinados, ¿acaso ésta realidad no nos afecta como sociedad, como comunidad?
Se tendrá que contar la historia, a través de la Cátedra Salamineña, que permita reconocernos como comarca en la que hemos habitado infinidad de circunstancias y peculiaridades que nos permiten el arraigo, el amor por nuestro suelo, en tanto entonces, es de nosotros el deber de soñarnos y forjarnos una Salamina mejor…para ello tendremos que mirarnos en clave historiográfica, retornar la mirada y reposarla en la sabiduría, ese legado invaluable heredado por nuestros ancestros; es este, a mi ver, el camino y uno de los encargos socioculturales más importantes delegados a la escuela en clave de conocimiento situado. Estamos convocados a recolonizarnos en tiempos de paz, enmarcados por la postmodernidad caracterizada por la vertiginosidad, descontrol, desorganización e incertidumbre. Ante todo, es fundamental, se precisa con urgencia asumir nuestra responsabilidad civil, social, constitucional y moral. Debemos entre todos y todas enarbolar una Salamina mejor, recuperarla y convertirla en un gran lugar para vivir y soñar, en un paraíso terrenal.
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*Carlos Arturo Arenas Rodríguez, nació en Salamina, tierra que ha sido escenario vital de su trayectoria personal y académica. Hijo de Rogelio Arenas y María Teresa Rodríguez, es el segundo de seis hermanos. Formado desde la infancia en instituciones locales, cursó estudios superiores en Bogotá, Cali, España y México. Psicólogo de la Universidad Antonio Nariño, especialista en pedagogía y docencia universitaria, magíster en desarrollo humano y doctor en educación, actualmente realiza estudios postdoctorales en pensamiento complejo. Su recorrido académico refleja un compromiso profundo con la formación integral, el saber crítico y la transformación educativa desde una mirada humanista y territorial.


Un comentario
Lo de la cátedra Salamineña me parece muy importante,para que sepamos cuál es la importancia de nuestro terruño. Pueblo que no conoce su historial está condenado al olvido