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Crónicas de arriería: memoria, caminos y cultura de Antioquia y viejo Caldas

Las “Crónicas de Arriería” nacen como un homenaje a los animales, hombres y objetos que hicieron posible la colonización antioqueña. Tras el buey, llega la mula y, con ella, el arriero: figura esencial que abrió caminos, fundó pueblos y dejó una huella cultural que aún late en el viejo Caldas y regiones vecinas.

Presentación de las “Crónicas de Arriería”

La historia de los pueblos del viejo Caldas, del norte del Valle y del norte del Tolima está marcada por una gesta silenciosa y persistente: la colonización antioqueña de los siglos XVIII y XIX. En esa epopeya, el buey fue reconocido como motor de la colonización, fuerza bruta que arrastró maderas, arados y cargas pesadas, y que permitió a las familias abrir trochas y levantar las primeras casas. Sin embargo, en paralelo, la mula se convirtió en protagonista de otro capítulo fundamental: el transporte de mercancías y alimentos a través de las montañas abruptas y los caminos de herradura.

De niño, en San Félix, era común ver llegar las muladas cargadas de papa, producto que sostenía la economía del corregimiento y que daba vida al comercio local. Aquellas recuas eran más que animales cargueros: eran parte de un sistema cultural y económico que sostenía la vida de los pueblos. Y detrás de ellas estaba siempre el arriero, figura que merece ser contada con detalle.

Las “Crónicas de Arriería” nacen de esa necesidad de reconocer no solo a los animales —bueyes y mulas— sino también a los hombres y a los objetos que conformaron la identidad de la colonización. El carriel, la mulera, las cotizas, las alpargatas y las enjalmas no son simples accesorios: son símbolos de una cultura que se forjó en la dureza de los caminos y en la dignidad del trabajo.

Esta serie de crónicas busca rescatar esa memoria. Cada entrega se dedicará a un elemento de la arriería, mostrando cómo se entrelazan en la construcción de pueblos, en la economía regional y en la identidad cultural. Hoy, la primera crónica está dedicada al arriero, ese hombre que, con su mula y su carriel, se convirtió en puente entre regiones, en portador de noticias y mercancías, y en símbolo de la tenacidad antioqueña.

El Arriero

El arriero fue mucho más que un transportador de mercancías. Fue el verdadero arquitecto de caminos, el mediador entre pueblos aislados y el portador de cultura. En una Antioquia montañosa, sin carreteras pavimentadas y con veredas apenas abiertas a punta de machete, el arriero se convirtió en el héroe cotidiano que garantizaba la conexión.

La arriería llegó desde España, donde las recuas de mulas eran comunes en los caminos rurales. En América, los españoles introdujeron caballos, mulas y bueyes, transformando el transporte que antes dependía de la fuerza humana o de llamas en los Andes. En Colombia, especialmente en Antioquia, la arriería se consolidó como oficio entre los siglos XVIII y XX.

La decadencia de la minería de oro en Antioquia impulsó a muchas familias a buscar nuevas tierras fértiles en Caldas, Risaralda, Quindío y Tolima. Fue entonces cuando el arriero se volvió indispensable: transportaba café, sal, tabaco, panela y víveres, conectando regiones aisladas con los centros de comercio.

El arriero era un hombre recio, acostumbrado a jornadas largas bajo la lluvia o el sol, cruzando quebradas y montañas. Su jornada comenzaba antes del amanecer, preparando las mulas y asegurando las cargas con enjalmas y muleras. El carriel colgado al hombro guardaba documentos, dinero, tabaco y recuerdos. Sus cotizas o alpargatas eran el calzado que resistía el barro y las piedras de los caminos.

Más que un transportador, el arriero era un narrador oral. Llevaba noticias de un pueblo a otro, transmitía historias y canciones, y con su presencia tejía lazos sociales. En muchos casos, fue el primer mensajero de la modernidad: llevaba cartas, medicinas y hasta ideas políticas que circulaban por las montañas.

La mula fue la compañera inseparable del arriero. Fuerte, resistente y adaptada a los caminos difíciles, podía cargar hasta cien kilos de mercancía y recorrer largas distancias. Sin la mula, la arriería no habría existido. Su papel fue tan importante que aún hoy se recuerda en las fiestas y en las ferias de mulas que celebran la tradición.

El arriero dejó una huella cultural profunda. Su vestimenta —sombrero, carriel, cotizas— se convirtió en símbolo de identidad antioqueña. La música también recogió su legado: bambucos y trovas narran las hazañas de los arrieros y sus mulas. Incluso el dialecto paisa conserva expresiones nacidas en los caminos de herradura.

El carriel, por ejemplo, es más que un bolso: es un símbolo de la vida itinerante del arriero, donde se guardaban secretos y objetos indispensables. Las enjalmas y muleras son testimonio de la técnica y el cuidado con que se trataba a las mulas, evitando que las cargas las lastimaran.

Hoy, aunque las carreteras y los camiones reemplazaron a las mulas y a los arrieros, su memoria sigue viva. En pueblos como Jericó, Jardín y Salamina, se celebran fiestas que recuerdan la arriería. El arriero es visto como símbolo de esfuerzo, tenacidad y dignidad. Su legado no es solo económico —pues permitió el comercio y la fundación de pueblos— sino también cultural, pues dio forma a la identidad paisa.

Las “Crónicas de Arriería” buscan rescatar esa memoria para que no se pierda en el olvido, porque en cada paso de mula y en cada huella de arriero se esconde la génesis de nuestros pueblos. El arriero, con su mula y su carriel, no fue únicamente un transportador de mercancías: fue el portador de sueños, el sembrador de caminos y el tejedor de vínculos entre regiones aisladas. Su figura se convirtió en raíz de nuestra historia, en símbolo de resistencia y en ejemplo de dignidad. Recordarlo es reconocer que los pueblos del viejo Caldas y las regiones vecinas se levantaron gracias a su esfuerzo silencioso, a esa labor cotidiana que, sin grandes discursos ni reconocimientos, abrió trochas, sostuvo economías y dio forma a una identidad cultural que aún palpita en la memoria colectiva. Evocar al arriero es, en últimas, rendir homenaje a la tenacidad de quienes hicieron posible que la colonización antioqueña se transformara en vida, en comercio y en cultura.

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