En tiempos de polarización, los grupos de WhatsApp se han convertido en trincheras digitales donde la opinión política se dispara sin tregua. Lo que alguna vez fue un espacio para compartir información útil, saludos familiares o noticias locales, hoy parece dominado por una avalancha de mensajes repetitivos, republicaciones sin contexto y discursos que, lejos de construir, profundizan la fisura política que atraviesa el pueblo colombiano.
No se trata de censurar el pensamiento político ni de negar el derecho a la expresión. Todo lo contrario: abogamos por una participación activa, crítica y respetuosa. Pero también creemos que la libertad de expresión no debe confundirse con la saturación ni con el irrespeto hacia los demás miembros del grupo, especialmente hacia quienes lo crearon y lo administran con fines comunitarios, informativos o afectivos.
El grupo no es un muro de Facebook
Una de las prácticas más comunes —y más desgastantes— es la de copiar y pegar publicaciones de otras redes sociales, especialmente de Facebook, sin aportar contexto, reflexión o una postura personal. En muchos casos, los mismos usuarios comparten hasta diez mensajes diarios, todos ajenos, todos cargados de propaganda, memes o videos que circulan en cadena.
Esta dinámica convierte el grupo en un canal de ruido, donde la conversación se pierde, la información se diluye y la convivencia se resiente. Los mensajes se enciman, los saludos se ignoran, las preguntas quedan sin respuesta, y lo que era un espacio de encuentro se convierte en un campo de batalla ideológico.
No decimos que no se hable de política o religión. Son temas fundamentales, que merecen ser debatidos con altura y respeto. Pero pedimos mesura. Pedimos que se piense antes de publicar. Que se pregunte: ¿esto aporta algo nuevo? ¿Estoy compartiendo una opinión propia o simplemente replicando un contenido que ya circula por todas partes?
La crítica es necesaria. La denuncia también. Pero más valioso aún es el pensamiento original, la reflexión local, el análisis desde la experiencia. Cuando alguien se toma el tiempo de escribir su opinión, de contextualizar un hecho, de abrir una pregunta en lugar de imponer una respuesta, el grupo se enriquece. Se convierte en un espacio de construcción, no de imposición.
El respeto al creador del grupo
Otro aspecto que se ha perdido en medio de la saturación es el respeto por quien creó el grupo. Muchas veces, el administrador lo hizo con un propósito claro: compartir noticias del barrio, coordinar actividades comunitarias, mantener el contacto entre familiares o amigos. Pero ese propósito se ve desbordado por la avalancha de mensajes políticos que nada tienen que ver con la intención original.
Es como si alguien organizara una reunión para hablar de seguridad en el barrio y otro llegara con un megáfono a gritar consignas partidistas. El grupo no es un espacio público sin reglas. Es una comunidad digital con vínculos reales, donde el respeto mutuo debe primar.
La saturación de mensajes no solo afecta la dinámica del grupo, también impacta la salud mental de sus miembros. La constante exposición a contenidos políticos, muchas veces agresivos o manipuladores, genera ansiedad, irritación y cansancio. Algunos optan por silenciar el grupo, otros por abandonarlo. Y así se pierde el tejido social que lo sostenía.
Por eso, abogamos por una salud digital limpia y sana. Por grupos donde se pueda hablar de todo, pero con respeto, con mesura, con criterio. Donde la política no sea una imposición, sino una conversación. Donde la religión no sea dogma, sino reflexión. Donde el pensamiento propio tenga más valor que la cadena viral.
¿Qué podemos hacer?
• Publicar con intención, no por impulso.
• Evitar republicar contenidos sin contexto ni autoría.
• Respetar el propósito original del grupo.
• Expresar opiniones propias, no solo repetir discursos ajenos.
• Escuchar antes de responder.
• Aceptar la diversidad de pensamiento sin agresión.
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Los grupos de WhatsApp pueden ser espacios poderosos de encuentro, de diálogo, de construcción comunitaria. Pero para que lo sean, necesitamos recuperar el respeto, la mesura y el pensamiento crítico. No se trata de callar, sino de conversar. No se trata de imponer, sino de compartir.

