El 24 de noviembre de 2020, Argentina se detuvo. La noticia recorrió radios, televisores y celulares: Diego Armando Maradona había muerto. El país entero quedó paralizado, como si el tiempo se hubiera congelado en un instante de incredulidad. En San Andrés, Tigre, en una casa alquilada para su recuperación, el ídolo más grande del fútbol argentino cerraba sus ojos para siempre.
Las imágenes de aquel día son imborrables: multitudes llorando en las calles, camisetas colgadas en balcones, altares improvisados en esquinas y estadios. El velorio en la Casa Rosada fue multitudinario, con filas interminables de hinchas que querían despedirse de su héroe. La muerte de Maradona no fue solo la pérdida de un futbolista: fue el final de una era, el apagón de una estrella que había iluminado generaciones.
Maradona fue exceso y pasión. Desde Villa Fiorito hasta el estadio Azteca, su vida se narró como un relato de ascenso meteórico y caída constante, una biografía marcada por la gloria y el abismo. En 1986 alcanzó la cima del fútbol mundial, cuando con la camiseta argentina se convirtió en campeón del mundo y dueño de los dos goles más célebres de la historia: la “Mano de Dios”, que condensó picardía y desafío, y el “Gol del Siglo”, que mostró la belleza pura de su talento. En esos minutos contra Inglaterra, Diego se transformó en mito, en símbolo de rebeldía, en héroe de un pueblo que veía en él la revancha de los humildes frente a los poderosos.
Pero su vida nunca fue lineal. Maradona fue un hombre de contradicciones, capaz de la genialidad absoluta en la cancha y de la fragilidad más humana fuera de ella. Su carrera estuvo marcada por la gloria deportiva, por los títulos con el Napoli que lo convirtieron en dios del sur italiano, y también por las sombras de las adicciones, que lo persiguieron como un fantasma durante décadas. Cada regreso suyo era celebrado como un milagro, cada caída era sufrida como una tragedia compartida.
Las polémicas políticas lo acompañaron siempre. Diego no se callaba: defendió a Fidel Castro, abrazó a Hugo Chávez, criticó a los poderosos y se declaró soldado de causas populares. Esa voz lo convirtió en referente más allá del fútbol, en bandera de los marginados, en portavoz de quienes no tenían micrófono. Sus disputas familiares, sus romances mediáticos y sus enfrentamientos con dirigentes deportivos alimentaron un personaje que nunca pasó desapercibido.
Maradona fue amado y odiado, venerado y criticado, pero jamás ignorado. Su figura trascendió el deporte: se convirtió en mito popular, en santo pagano de las tribunas, en estampita de potrero. En Villa Fiorito, su barrio natal, los niños crecieron con la certeza de que un chico pobre podía conquistar el mundo. En Nápoles, su nombre aún se canta como un himno. En cada rincón del planeta, Diego es recordado como el hombre que llevó el fútbol a su máxima expresión de arte y emoción.
Su vida fue exceso y pasión, contradicción y verdad. Maradona fue la síntesis de lo humano y lo divino, el héroe imperfecto que, con una pelota en los pies, se convirtió en voz de los marginados y en símbolo eterno de rebeldía.
La versión oficial habló de un paro cardiorrespiratorio. La autopsia determinó que Diego murió por un edema agudo de pulmón secundario a una insuficiencia cardíaca crónica reagudizada. Sin embargo, pronto surgieron dudas: ¿fue solo una muerte natural o hubo negligencia médica? La justicia argentina abrió una investigación que, cinco años después, sigue generando titulares y mantiene viva la polémica.
El expediente judicial se convirtió en uno de los más complejos de los últimos tiempos. Siete profesionales de la salud —entre ellos el neurocirujano Leopoldo Luque, la psiquiatra Agustina Cosachov y otros coordinadores y enfermeros— fueron imputados por “homicidio simple con dolo eventual”. La acusación sostiene que el equipo médico sabía que la vida de Maradona estaba en riesgo y, aun así, no tomó las medidas necesarias para evitar el desenlace.
Los fiscales remarcaron que Diego estuvo “abandonado a su suerte” en sus últimas horas. Testimonios revelaron que en la casa de Tigre donde se recuperaba no había desfibrilador ni asistencia médica inmediata. Se cuestionó la falta de controles adecuados, la ausencia de monitoreo cardíaco y la precariedad del lugar elegido para su internación domiciliaria. Para la fiscalía, todo esto configuró una situación de desamparo que derivó en su muerte.
La defensa de los acusados, en cambio, argumentó que Maradona rechazaba controles y que su estado de salud era irreversible. Señalaron que Diego era un paciente difícil, que no aceptaba internaciones convencionales y que su entorno familiar también influyó en las decisiones médicas. Según esta versión, la tragedia era inevitable y no puede atribuirse a negligencia.
El proceso judicial estuvo marcado por controversias y nulidades. El juicio oral previsto para 2025 fue suspendido tras un escándalo ligado a la difusión de un documental titulado Justicia Divina y a la actuación cuestionada de la jueza Julieta Makintach. Posteriormente, el Tribunal Oral en lo Criminal N°7 de San Isidro declaró la nulidad y fijó una nueva fecha: 17 de marzo de 2026.
La anulación del juicio profundizó la sensación de impunidad. Cinco años después, los acusados siguen en libertad y la causa no tiene responsables penales definidos. Para muchos, la justicia argentina ha mostrado sus falencias, atrapada entre disputas técnicas, presiones mediáticas y un expediente que parece interminable.
En paralelo, la causa se entrelaza con conflictos económicos y familiares por la herencia de Maradona, lo que refuerza la idea de que el ídolo no descansa en paz. La pregunta persiste: ¿murió Maradona o lo dejaron morir? ¿Fue víctima de su propio exceso o de un sistema médico que no supo cuidarlo?
Lo cierto es que, más allá de la verdad judicial que se escriba en 2026, la verdad popular ya está instalada: Diego fue abandonado. Para millones de argentinos, su muerte no fue solo un paro cardíaco, sino el resultado de negligencias acumuladas. Y esa herida, cinco años después, sigue abierta.
Más allá de la justicia, la muerte de Maradona fue un duelo nacional. Millones de argentinos lloraron como si hubieran perdido a un familiar. En Nápoles, en Barcelona, en Sevilla, en México, las tribunas se llenaron de banderas y cánticos. El mundo entero reconoció que había partido un genio irrepetible.
Los homenajes se multiplicaron: murales en barrios populares, estatuas en estadios, canciones que lo recuerdan como un dios terrenal. En Villa Fiorito, su barrio natal, los chicos siguen jugando con camisetas que llevan el número 10. En cada potrero, Maradona sigue vivo.
Hoy, a cinco años de su muerte, Maradona es memoria y polémica. La causa judicial avanza lentamente, con audiencias que buscan determinar responsabilidades. Algunos hablan de “asesinato por abandono”, otros de “muerte inevitable”. La verdad judicial aún no está escrita, pero la verdad popular es clara: Diego fue víctima de un sistema que no supo cuidarlo.
Su legado deportivo sigue intacto. El Mundial de 1986 es un recuerdo imborrable, y su figura se agiganta cada vez que Argentina celebra un triunfo. Lionel Messi, heredero de su magia, levantó la Copa del Mundo en 2022 y dedicó el triunfo a Diego, como si el espíritu del 10 hubiera estado presente en Qatar.
Maradona no murió: se transformó en mito. Como Gardel, como Evita, como los grandes íconos argentinos, su figura trasciende la biografía. Diego es canción, mural, rezo y bandera. Es el gol a los ingleses, la gambeta imposible, el grito desaforado. Es también la fragilidad humana, el cuerpo castigado, la voz quebrada.
Cinco años después, su muerte sigue siendo herida abierta y pregunta sin respuesta. ¿Fue muerte o asesinato? ¿Fue abandono o destino? Lo cierto es que Maradona vive en la memoria colectiva, en cada niño que sueña con ser futbolista, en cada hincha que grita un gol con lágrimas en los ojos.
La crónica de Maradona es la crónica de un país. Su vida fue exceso y gloria, su muerte es duelo y sospecha. A cinco años de aquel 24 de noviembre, Diego sigue siendo presente. Su figura ilumina como mito, y su partida recuerda que los dioses humanos también caen.


Un comentario
Excelente reseña, llena de detalles desconocidos por nosotros, los del común.