Crisis de Confianza
El pasado 18 de diciembre el pedagogo Julián de Zubiria publicó en la red social X los resultados de un estudio sobre las sociedades más confiables del mundo y los resultados dejan varios puntos de reflexión. En primer lugar, la diferencia entre las primeras y las últimas sociedades estudiadas es considerable y se trata de países del denominado primer mundo versus los de países en desarrollo. Por ejemplo, Dinamarca, Noruega y Finlandia registran porcentajes del 74%, 72% y 68% respectivamente como parte del top 10, mientras que Albania, Perú y Nicaragua aparecen con el 3% el primero y 4% los dos restantes, como los peor calificados. Colombia, para infortunio, hace parte del segundo grupo con solo un 5% de confianza entre la población. Ver la siguiente gráfica.
Entendida la confianza como la acción de creer en los propósitos de alguien o como lo describe el Comité Internacional de la Cruz Roja, sería: “un estado psicológico caracterizado por la propensión a aceptar una situación de vulnerabilidad fundado en expectativas positivas respecto a las intenciones o el comportamiento de otro agente”. Este sencillo acto ha sufrido deterioro paulatino a través del tiempo, por causas diversas. En nuestro país, por ejemplo, llegar a un nivel de desconfianza de 95%, obliga a buscar el origen del cambio de este indicador en la historia y sus acontecimientos hasta nuestros días. Sin remontarnos antes de los años cincuenta del siglo veinte, encontramos que tiene causas quizás complementarias, tales como: la violencia partidista, el conflicto armado, las actuaciones reprobables de los actores políticos cuestionados por actos de corrupción, la cultura mafiosa del narcotráfico, entre otras. En los albores del presente siglo, el SENA en alianza con Fenalco, trajo a Colombia al profesor y politólogo Francis Fukuyama quien disertó sobre el tema de la confianza, en una conferencia magistral en la ciudad de Bogotá y de las memorias se extrae la definición de confianza como “la expectativa de un comportamiento honesto y cooperativo basado en normas compartidas” y además insistió en la necesidad de fortalecer el “capital social” para mejorar en las relaciones entre los individuos. El Capital Social», según Fukuyama, “es la habilidad que tiene la gente de trabajar en forma cooperativa, en grupos y organizaciones, basados en compartir ciertas normas y valores comunes que regulan su interacción.”
Vale aclarar que este indicador analizado es diferente al Índice de Confianza del Consumidor que mide con frecuencia el DANE y que se refiere a “indicador económico clave que mide el optimismo de las personas sobre la economía general y su situación financiera, reflejando sus expectativas de consumo y ahorro” que, a propósito, en noviembre de 2025, alcanzó un nivel del 17,0%.
Con el fin de entregar otros elementos de juicio para entender el por qué del valor del porcentaje tan bajo de la confianza en Colombia (5%) conviene revisar otros estudios relacionados. Datos de la Encuesta de la OCDE sobre los Motores de la Confianza 2024 y el Barómetro de Edelman 2025 revelan una realidad cruda:
Desconfianza Institucional: Colombia mantiene un índice de desconfianza cercano al 49% hacia las instituciones en general.
El Congreso y la Presidencia se sitúan entre los peor evaluados, mientras que solo el 33% de los ciudadanos confía en el sistema judicial.
El sector empresarial en Colombia suele puntuar más alto que el gobierno, aunque el 67% de los encuestados percibe que las élites económicas evaden sus responsabilidades sociales, según reportes de Cifras y Conceptos de finales de 2025.
Para entender por qué esto importa más allá de las encuestas, debemos volver a Francis Fukuyama. En su charla argumentó que la prosperidad de una nación no depende solo de sus recursos naturales o su capital financiero, sino de su capital social.
Para Fukuyama, una sociedad con baja confianza padece de un «impuesto oculto». En países como Colombia, donde la sospecha es la norma, los costos de transacción se disparan: se necesitan contratos infinitos, notarías para cada trámite, sistemas de seguridad complejos y una burocracia excesiva para garantizar que nadie engañe a nadie. El valor de la palabra ya es un fantasma.
«La desconfianza impone un impuesto a cada forma de actividad económica, una carga que las sociedades de alta confianza —como las nórdicas o Japón— no tienen que pagar», señaló el conferencista.
Fukuyama advirtió también que cuando la confianza se rompe, las personas se refugian en «silos» o grupos identitarios estrechos (familia, partido, tribu). Esto genera una confianza selectiva que destruye la posibilidad de un proyecto nacional común, facilitando el surgimiento de liderazgos populistas que prometen «orden» a cambio de sacrificar libertades.
La crisis de confianza en Colombia no se resolverá solo con crecimiento económico. Si no logramos reconstruir la creencia de que el «otro» (el que piensa distinto) es un actor cooperativo y no un enemigo, seguiremos pagando el alto costo del atraso social y retrasando la reconstrucción del tejido social.
Como colofón de este tema citamos aparte de la presentación que hizo del profesor Fukuyama, en su momento, el presidente nacional de Fenalco, porque parece escrita la semana pasada:
“La crisis de confianza en la que está sumido el país, debe preocuparnos
pero no desmoralizarnos, tal como lo anota el profesor
Fukuyama aquí presente: La confianza se da cuando entre todos
los agentes sociales e institucionales de una comunidad, existe
una reciprocidad en términos de respeto, responsabilidad y sobre
todo, de cumplimiento de la misión que a cada cual le corresponde.”

