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En Caldas, la realidad no se mide en renders ni en discursos de campaña. Se mide en kilómetros de huecos, en derrumbes que cortan la vida de pueblos enteros, en campesinos que ven pudrirse sus cosechas porque no hay cómo sacarlas. Mientras tanto, los mismos dirigentes que han permitido este abandono histórico se llenan la boca hablando del Aeropuerto del Café, como si un avión pudiera resolver lo que la tierra rota grita todos los días.
Transitar entre Petaqueros y Manzanares es una aventura que no tiene nada de romántico. Es incertidumbre, tiempo perdido y riesgo constante. De Manzanares hacia cualquier lado, el viaje es un viacrucis: huecos que parecen cráteres, derrumbes que se repiten como estaciones del año, contratos que se anuncian pero nunca se sienten en la realidad. Y qué decir de Marulanda, Marquetalia, Pensilvania y Samaná: allí no se habla de desarrollo, se habla de resistencia. La gente no sueña con competitividad, sueña con poder llegar a tiempo a un hospital, con sacar el café sin que se dañe en el camino, con que sus hijos no tengan que caminar kilómetros de barro para ir a estudiar.
Norcasia es el ejemplo más doloroso. Municipio estratégico, turístico, energético, condenado al aislamiento como si no hiciera parte del departamento. ¿De qué sirve hablar de potencial turístico si el visitante debe atravesar una odisea para llegar? ¿De qué sirve hablar de energía si la infraestructura básica está en ruinas?
La vía Manizales–Salamina da lástima ajena. La vía Neira–El Páramo–Marulanda es un monumento al olvido. Salamina–San Félix, con una “pavimentación” que se redujo a un doble riego, hoy está en las peores condiciones. Y la vía Salamina–La Merced, con un contrato adjudicado hace tres meses por apenas 4.5 kilómetros, sigue esperando la primera máquina.
Esta es la Caldas real. La que no aparece en los renders de campaña. La que no sale en los discursos elegantes. La que no sirve para las fotos de gestión. Y aun así, nos hablan de inversión millonaria en el Aeropuerto del Café. ¿Para quién? ¿Para qué? ¿Con qué vías se supone que la gente va a llegar?
Hoy los representantes a la Cámara y Senado piden nuevamente el voto. Hablan de futuro, de progreso, de competitividad. Pero ninguno responde por este abandono vial histórico. Gobernador, por Dios: no se gobierna desde el aire cuando el territorio está roto por tierra. No se puede hablar de competitividad cuando el campesino no puede sacar su cosecha. No se puede pedir reelección cuando los municipios siguen incomunicados.
El discurso oficial insiste en que el Aeropuerto del Café será la puerta de entrada al desarrollo. Pero ¿qué desarrollo puede existir cuando las carreteras son trampas mortales? ¿Qué competitividad puede haber cuando el transporte de productos básicos se convierte en una ruleta rusa? ¿Qué futuro puede construirse sobre la mentira de que un avión resolverá lo que la tierra reclama?
Los candidatos al Senado y la Cámara por Caldas tienen un reto que no puede seguir escondiéndose: enfrentar el abandono vial con decisiones valientes. No más promesas repetidas, no más contratos que se anuncian y nunca se cumplen, no más discursos elevados que ignoran la realidad de los pueblos. Caldas no necesita más aeropuertos en el aire. Necesita carreteras transitables en la tierra.
La incoherencia es brutal: se habla de millones para un aeropuerto mientras los municipios se hunden en el aislamiento. Se presume de gestión mientras los campesinos pierden sus cosechas. Se pide el voto mientras las comunidades claman por una carretera digna. Esa es la verdadera crisis de Caldas: no la falta de aviones, sino la falta de caminos.
El Aeropuerto del Café puede ser un símbolo, pero hoy es un símbolo vacío. Un monumento a la desconexión entre la política y la realidad. Porque mientras se invierte en pistas de aterrizaje, las vías rurales se convierten en cementerios de promesas. Mientras se habla de competitividad internacional, los pueblos de Caldas sobreviven en resistencia.
La crónica de Caldas es la crónica de un departamento incomunicado. Un territorio que no aparece en los discursos de progreso, pero que vive todos los días el peso del abandono. Un pueblo que no necesita más palabras, sino decisiones concretas. Un campesino que no pide aviones, sino carreteras.
Los candidatos que hoy buscan votos deben entender que gobernar no es levantar discursos en el aire, sino caminar la tierra rota. Que el progreso no se mide en renders, sino en kilómetros de carretera pavimentada. Que la competitividad no se construye con promesas, sino con obras que permitan que la vida fluya.
Caldas no necesita más discursos elevados. Necesita carreteras transitables, decisiones valientes y representantes que defiendan al departamento completo, no solo a una ciudad. Porque mientras los políticos sueñan con aviones, la gente de Caldas sigue atrapada en el barro. Y esa es la verdadera tragedia: un departamento incomunicado que pretenden subir a un avión.

