La tarde del 10 de enero de 2026, el cielo de Boyacá se volvió un telón de tragedia. Una avioneta privada, con matrícula N325FA, despegó del aeródromo de Paipa y, minutos después, se precipitó en la vereda Romita, sobre la vía entre Paipa y Duitama. A bordo viajaban seis personas—el piloto, el copiloto y cuatro pasajeros—entre ellos Yeison Jiménez. No hubo sobrevivientes. La Aeronáutica Civil confirmó el siniestro y activó los protocolos de búsqueda y rescate.
El vuelo tenía destino Medellín. Jiménez debía continuar ruta hacia Marinilla, donde estaba programado para presentarse esa misma noche en las Fiestas Populares de la Vaca en la Torre. La expectativa por el show se transformó en duelo colectivo: autoridades y seguidores en Antioquia expresaron su pesar, mientras los organizadores suspendían la jornada en medio de la conmoción.
Los primeros reportes coinciden en un patrón: la aeronave no logró ganar altura tras el despegue y se estrelló con el terreno a pocos minutos de iniciar el carreteo. La ministra de Transporte detalló que el siniestro ocurrió alrededor de las 4:30 p.m., y que se activaron de inmediato los protocolos de seguridad aeronáutica. La señal ELT (localización de emergencia) se registró en el área del impacto.
Versiones preliminares señalan posibles fallas técnicas o condiciones climáticas adversas como hipótesis de trabajo. La Aeronáutica Civil mantiene comunicación con Policía y equipos de emergencia locales, mientras coordina el análisis técnico del sitio, la aeronave y el plan de vuelo. La investigación busca establecer si el Piper Navajo PA31 sufrió un problema mecánico que impidió su ascenso.
En el país, la noticia corrió como un relámpago. Artistas de la música popular—colegas, amigos y referentes del género—publicaron mensajes de despedida y homenaje. Hubo videos, fotografías y textos que recordaron giras, conversaciones y aprendizajes compartidos. “Te vas como un gigante de la música”, escribieron algunos, subrayando el impacto de su voz en la cultura popular.
Yeison Orlando Jiménez Galeano nació en Manzanares, Caldas, el 26 de julio de 1991. A los 34 años, su biografía ya era parte del cancionero nacional: cantautor, compositor, figura clave del género popular y ranchera, con una carrera que desbordó plazas y estadios. Su discografía y más de 70 canciones lo ubicaron entre los exponentes más reconocidos del país.
Su ascenso fue una mezcla de talento y persistencia. De escenarios modestos a grandes tarimas, Jiménez llevó la música popular a públicos que antes la miraban de reojo. Con letras que hablaban de amor, desengaño, fiesta y dolor, conectó con la vida cotidiana de millones. Su voz—áspera, sincera, emotiva—se convirtió en un puente entre la ruralidad y la ciudad, entre la memoria y el presente.
El impacto cultural de su partida es profundo. La música popular, durante años relegada a cantinas y plazas, encontró en Jiménez un embajador que la dignificó en grandes escenarios. Su presencia en carteles masivos y su convocatoria en estadios demostraron que el canto del pueblo puede llenar cualquier aforo. La industria pierde un intérprete, pero la memoria gana un símbolo.
La escena del accidente—un potrero cercano al final de la pista, la aeronave incinerada, el perímetro acordonado—es hoy un mapa de preguntas. ¿Qué falló? ¿Qué pudo evitarse? ¿Qué protocolos deben reforzarse en vuelos privados de artistas que recorren el país con agendas apretadas? La crónica no busca culpables apresurados, sino la verdad técnica que honre a las víctimas.
En Marinilla, la noche que prometía fiesta se volvió vigilia. La política local y la fanaticada se unieron en homenajes espontáneos: velas, canciones, silencios compartidos. La muerte de Jiménez desnudó la fragilidad de la fama y la vulnerabilidad de quienes viven en tránsito, entre aeropuertos y carreteras, llevando cultura a cada rincón.
Los nombres de los tripulantes—amigos y músicos cercanos al artista—aparecieron en reportes periodísticos, sumando rostros y vidas a la tragedia. La señal de emergencia, la respuesta de Bomberos y el cerco policial dibujaron el protocolo que se activa cuando el cielo se rompe. Cada detalle técnico será clave para entender el minuto a minuto del siniestro.
En redes, el duelo fue inmediato. Colegas del género popular—Jessi Uribe, Charrito Negro y otros—publicaron mensajes que mezclaron dolor y gratitud. “Nos vemos arriba”, escribieron algunos, en un gesto que es a la vez despedida y promesa de memoria. La cultura popular, que se alimenta de historias y canciones, encontró en la pérdida un motivo para cantar más fuerte.
La biografía oficial recuerda su residencia en Villavicencio, su relación con artistas del circuito popular y su papel como compositor. En la última década, su influencia se extendió más allá de Colombia, con giras y colaboraciones que llevaron el género a nuevas audiencias. La cronología de su vida—breve, intensa, luminosa—se cierra en Boyacá, pero su voz seguirá en las listas y en las plazas.
La investigación técnica tomará tiempo. Habrá informes, peritajes, reconstrucciones de trayectoria y análisis de mantenimiento. El país, mientras tanto, se pregunta por la seguridad de vuelos privados, por la necesidad de estándares más estrictos y por el cuidado de quienes sostienen la cultura con su trabajo itinerante. La tragedia obliga a mirar más allá del espectáculo.
En el duelo, la música se vuelve refugio. Las canciones de Jiménez—himnos del despecho y de la fiesta—acompañan a quienes lo siguieron desde sus primeros pasos. La memoria popular, que no olvida, hará lo suyo: convertir la ausencia en presencia, la pérdida en legado, el dolor en canto. Porque la voz de Yeison no se apaga; se transforma en coro.
La crónica termina donde empieza la memoria: en la gente. En los que compraron entradas, en los que cantaron a pulmón, en los que encontraron en sus letras un espejo. La muerte de Yeison Jiménez no es solo un hecho trágico; es un recordatorio de que la cultura es frágil y valiosa, y de que cada artista que se va deja una tarea: cuidar lo que nos une.

