Rubén Patagonia, voz ancestral del sur y memoria de resistencia

Rubén Patagonia, símbolo de resistencia y memoria, fue un cantor del sur que unió tradición y modernidad. Su voz profunda narró la identidad de los pueblos originarios y se convirtió en referente cultural. Su legado sigue vivo como crónica de esperanza y acto de amor comunitario.
Retrato en blanco y negro de Rubén Patagonia, con fondo colorido de los Andes patagónicos, vestido con atuendo indígena tradicional.
Rubén Patagonia, uno de los últimos Tehuelches sobrevivientes, se alza en esta imagen como símbolo viviente de la resistencia cultural. Su figura en blanco y negro contrasta con el fondo colorido de los Andes patagónicos, evocando la memoria ancestral que aún respira en la tierra. Fallecido el 15 de enero de 2026, su legado sigue vivo como crónica de esperanza y acto de amor comunitario.

En la vastedad de la Patagonia, donde el viento parece ser dueño de todas las palabras y las montañas guardan secretos de pueblos antiguos, nació y creció Rubén Chauque, conocido para siempre como Rubén Patagonia. Su nombre no fue casualidad ni capricho artístico: fue una declaración de pertenencia, un gesto político y cultural que lo convirtió en símbolo de resistencia y memoria. Al adoptar “Patagonia” como apellido, Rubén se fundió con la tierra misma, con sus ríos y estepas, con la historia de los pueblos originarios que aún luchan por ser reconocidos.

 

Rubén nació el 2 de julio de 1956 en Chubut, hijo de una tierra áspera y generosa, marcada por la presencia mapuche, tehuelche y selknam. Desde joven entendió que su voz no sería solo canto, sino también bandera. En cada escenario, en cada festival, en cada encuentro comunitario, se presentó como un cantor del sur, un cronista sonoro de las raíces que la modernidad intentaba silenciar. Su vida fue un puente entre la tradición y la contemporaneidad, entre el kultrún y la guitarra eléctrica, entre la memoria ancestral y el rock nacional.

 

Rubén Patagonia irrumpió en la escena musical argentina en la década de 1970, cuando el folclore buscaba nuevas formas de expresión y el rock se consolidaba como voz de rebeldía. Él decidió unir ambos mundos. Con su voz profunda y su presencia imponente, fusionó los sonidos ancestrales de la Patagonia con el lenguaje moderno de la música urbana. Así nació un estilo único, capaz de conmover tanto en una peña folclórica como en un festival de rock.

 

Su repertorio no fue complaciente ni decorativo. Cantó sobre la identidad de los pueblos originarios, sobre la memoria de los ancestros, sobre la resistencia frente al olvido y la injusticia. Cada canción era un manifiesto, un llamado a la conciencia. En sus letras resonaban los nombres de los pueblos invisibilizados, las historias de despojo, pero también la esperanza de un futuro donde la cultura originaria fuera reconocida como raíz y no como adorno.

 

Rubén Patagonia compartió escenarios con grandes figuras del folclore y del rock, pero nunca perdió su esencia. Su voz era distinta, su mensaje era otro. No buscaba fama ni aplausos fáciles: buscaba que la Patagonia hablara a través de él. Y lo logró. Su figura se convirtió en símbolo de autenticidad, en referente cultural para generaciones que encontraron en su canto un espejo de su propia historia.

 

El 15 de enero de 2026, Rubén Patagonia falleció en Comodoro Rivadavia, a los 69 años, tras atravesar un delicado cuadro de salud. Su partida dejó un vacío inmenso en la Patagonia y en la música argentina. La noticia generó conmoción en la comunidad artística y cultural, especialmente en el sur, donde era considerado la voz más auténtica de la región.

 

En sus últimos días, la solidaridad se hizo presente: su familia pidió donantes de sangre y la comunidad respondió con generosidad. Ese gesto colectivo fue reflejo de lo que Rubén había sembrado durante toda su vida: unidad, conciencia y compromiso comunitario. Su despedida no fue solo un acto íntimo, sino un acontecimiento cultural. La Patagonia lo lloró como se llora a un padre, a un hermano, a un maestro.

 

Rubén Patagonia no fue un artista más. Fue un cronista de la esperanza, un cantor que entendió que la música podía ser herramienta de lucha y de memoria. Su voz, grave y profunda, parecía surgir del viento austral, como si la misma tierra hablara a través de él. En cada escenario, su presencia imponía respeto: no era un espectáculo, era un ritual. El público no solo escuchaba canciones, participaba de una ceremonia donde la identidad se hacía carne.

 

Su figura trascendió lo musical. Fue un líder cultural, un referente para los pueblos originarios que encontraron en él un portavoz. Supo denunciar las injusticias, pero también celebrar la belleza de la vida comunitaria. Supo recordar las tragedias, pero también sembrar esperanza. En sus palabras, la cultura era resistencia y el canto era un acto de amor.

 

La despedida de Rubén Patagonia nos obliga a reflexionar sobre el lugar que ocupan los pueblos originarios en la memoria nacional. Su vida fue testimonio de que la cultura no muere mientras haya quien la cante, quien la recuerde, quien la defienda. Hoy, su ausencia nos duele, pero su legado nos fortalece. Porque cada canción que dejó es un recordatorio de que el sur tiene voz, y esa voz no se apaga.

 

Rubén Patagonia fue uno de los últimos Tehuelches, grandes nativos originarios que hicieron de la música un acto de resistencia. Su canto no fue entretenimiento, fue memoria. Su figura no fue adorno, fue símbolo. Su vida no fue solo biografía, fue crónica de un pueblo que se reconoce en sus palabras y en sus melodías.

 

La Revista de Caldas, fiel a su vocación de narrar la memoria cultural, lo despide con gratitud y respeto. Porque Rubén Patagonia nos enseñó que la crónica no está solo en los libros ni en los periódicos: está en las canciones, en los relatos orales, en las ceremonias comunitarias. Él fue cronista desde el escenario, desde la guitarra, desde el kultrún. Y su legado seguirá vivo mientras haya quien escuche el viento de la Patagonia y recuerde que allí cantó un hombre que se hizo voz de su tierra.

 

Rubén Patagonia nos deja una enseñanza profunda: la cultura es un acto de resistencia y de amor. Su vida fue ejemplo de coherencia, su obra fue testimonio de identidad, su despedida fue reflejo de comunidad. Hoy lo lloramos, pero también lo celebramos. Porque su voz no se apagó: se convirtió en viento, en memoria, en canto eterno.

 

La Patagonia lo despide como se despide a los grandes: con lágrimas, con canciones, con silencio respetuoso. Y nosotros, desde estas páginas, lo recordamos como lo que fue: un cantor del sur, un cronista de la esperanza, un símbolo de la memoria originaria.

Escuchemos algo de su música

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