La mulera, la alpargata y la cotiza: símbolos del arriero antioqueño

La mulera, la alpargata y la cotiza del arriero antioqueño fueron el sistema vivo que abrió trochas, sostuvo pueblos y llevó el café a la nación. Más que objetos, son memoria y logística de una epopeya silenciosa que aún resuena en el Eje Cafetero.
Arriero caminando con mulas cargadas por trocha neblinosa en San Félix, símbolo de tradición y resistencia.
Arriero en San Félix guiando su recua por la trocha entre neblina y montaña. La mulera cargada, las cotizas en el barro y el silencio del camino narran la historia viva de la colonización antioqueña. Esta imagen honra la memoria del oficio que abrió pueblos y sostuvo la cultura paisa con tino, honradez y resistencia.

En la memoria de la Colonización Antioqueña, el arriero no fue un personaje secundario ni un simple transportador de mercancías: fue la arteria vital que permitió que los pueblos nacieran, que las montañas se abrieran y que la cultura paisa se expandiera como un río incontenible. Su figura, vestida con ruana, sombrero aguadeño y carriel, acompañada de mulas cargadas y pies calzados en cotizas, se convirtió en el verdadero motor de la historia. Allí donde no llegaba la ingeniería, llegaba el arriero con su mulera, su disciplina y su tino para el negocio.

 

La mulera, más que un aparejo, era un sistema logístico de precisión. Sobre el lomo de la mula descansaba la enjalma, acolchada para proteger al animal, y a cada lado los serones de cuero o fique que guardaban la riqueza en tránsito: sal, semillas, herramientas, telas, medicinas, incluso campanas o pianos desarmados para las iglesias y casas de los nuevos pueblos. El peso debía distribuirse con exactitud, porque un mal amarre podía significar la pérdida de la carga o la lesión del animal. El arriero era un maestro en el arte de “hacer carga”, un oficio que exigía paciencia, conocimiento y respeto por la bestia que lo acompañaba.

 

El camino era la trocha: cicatriz fangosa y pedregosa que serpenteaba por cañones y filos. Allí las jornadas podían durar doce horas o más, interrumpidas apenas por las fondas camineras, oasis de sancocho y tertulia donde el arriero descansaba y volvía a vestirse de brega al día siguiente. El grito áspero de la madrugada, “¡Arre, mula!”, era conjuro y sentencia: la recua debía avanzar, porque de su paso dependía la vida de los pueblos que esperaban sal, café o aguardiente.

 

Anécdotas costumbristas en San Félix

En San Félix, corregimiento de Salamina, la memoria del arriero aún se respira en las calles empedradas y en las historias que cuentan los mayores. Don Aurelio, viejo arriero de la vereda La Quirama, solía decir que “la mula conoce mejor el camino que el alcalde”. Y era cierto: mientras los políticos discutían en la plaza, las recuas seguían abriendo trocha, llevando sal a Neira o café a Manizales.

 

Se recuerda también la madrugada en que la recua de don Ramón María Gómez bajó por la cuesta de La Samaria con veinte mulas cargadas de papa. La neblina era tan espesa que apenas se distinguían las siluetas, pero el sonido de las cotizas golpeando el barro marcaba el ritmo de la jornada. En la fonda de doña María la Parda, los arrieros se detenían a tomar guarapo y a contar chistes picarescos, mientras las mulas descansaban con la mulera aún cargada.

 

Otra escena repetida era la llegada al parque de San Félix, donde los arrieros descargaban los serones frente a la iglesia. Allí se mezclaba lo sagrado y lo cotidiano: la campana nueva para el templo viajaba en la misma recua que los barriles de aguardiente “tapetusa” destinados a la fiesta patronal. Esa mezcla de fe y brega, de comercio y celebración, definía la vida del pueblo.

 

El calzado del arriero, humilde en apariencia, era símbolo de resistencia. La cotiza blanca, hecha de lona y suela de cuero o caucho reciclado, se convirtió en emblema del paisa trabajador. En San Félix, los niños aprendían a caminar con cotizas heredadas de sus padres, y las mujeres las remendaban con hilo y aguja gruesa, porque un par debía durar hasta que la trocha lo permitiera. El color blanco se ensuciaba de inmediato, convirtiéndose en el color de la tierra, símbolo visible de una jornada honrada.

 

El arriero no era solo un caminante. Era empresario, mensajero, cartero y negociador. Transportaba oro, ppapa, café y dinero, confiado en la “Ley del Tino”, esa palabra dada que valía más que cualquier documento legal. Su moral estaba ligada a la mulera: honradez, disciplina y resistencia. La confianza de los pueblos se tejía con cabuya y con pasos firmes sobre la trocha.

 

La colonización no fue una aventura romántica, sino una epopeya silenciosa y brutal. Entre 1780 y 1930, el alma antioqueña se desbordó desde Medellín y Rionegro hacia el sur, fundando pueblos como Aguadas, Salamina, Neira y Manizales. La mulera y las cotizas fueron los instrumentos materiales de esa expansión. Sin ellas, el café no habría llegado a los puertos, ni las semillas a los nuevos caseríos. El arriero fue ingeniero práctico, geógrafo intuitivo y banquero honesto. Su recua era la carretera viva de la nación.

 

El ocaso del arriero llegó con las carreteras, el tren y el jeep Willys. La mula y la mulera, que habían vencido montañas durante más de un siglo, fueron reemplazadas por la máquina de acero y caucho. Sin embargo, el oficio no desapareció del todo: en los parajes más recónditos, donde la montaña se resiste a la carretera, el eco del grito “¡Arrea, mula!” aún se escucha. La mulera sigue siendo símbolo de tenacidad, y las cotizas, hoy convertidas en artesanía, recuerdan la humildad pragmática y el vínculo con la tierra.

 

La crónica de la Colonización Antioqueña es, en esencia, la crónica de una mulera bien cargada y un par de cotizas bien puestas. Es la historia de cómo la sencillez de un atuendo y la eficiencia de un sistema de transporte transformaron la geografía virgen en la geografía de la nación colombiana. Su legado no está en monumentos de piedra, sino en cada curva de los viejos caminos que aún guardan el eco de la recua.

 

La mulera, la alpargata y la cotiza del arriero antioqueño siguen siendo brújula y memoria: ¿qué caminos de hoy necesitan el mismo tino y honradez?

 

Invitación al lector

 

La Revista de Caldas abre este espacio para el diálogo. ¿Qué recuerdos, historias o reflexiones despierta en usted la figura del arriero y sus símbolos en San Félix y en el Eje Cafetero? Lo invitamos a compartir sus observaciones, porque la memoria colectiva se enriquece con cada voz que se suma al relato.

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