Aunque el cumpleaños de San Félix fue ayer, 8 de febrero, por razones ajenas a mi voluntad no me fue posible publicar a tiempo esta nota que había nacido como un gesto íntimo de homenaje. Aun así, el afecto no entiende de fechas exactas ni de calendarios estrictos, porque en los pueblos —y en la memoria— el tiempo se mide de otra manera. Por eso, lo primero que hago hoy es escribir y compartir estas palabras en honor a su onomástico, como quien llega un día después pero con el corazón intacto. San Félix no necesita puntualidades formales para ser celebrado: vive en la memoria, en la historia y en el sentimiento de quienes lo llevamos dentro. Que estas líneas, escritas desde la distancia y la nostalgia, sirvan como ofrenda sincera a un pueblo que no cumple años solo un día, sino que se celebra cada vez que es recordado con amor.
Dicen que el tiempo se mide distinto en los pueblos. No son los relojes ni los calendarios los que marcan el pulso de la vida, sino las campanas de la iglesia que repican sin prisa, el canto insistente de los pájaros al amanecer y el rumor profundo de las montañas que nunca callan, aunque parezcan inmóviles. En los pueblos, el tiempo no corre: se queda. Se posa en las esquinas, se esconde en las fachadas antiguas, se cuela en los recuerdos de quienes se fueron y en la mirada de quienes aún resisten.
Hoy, desde la lejanía, celebro un aniversario más de la fundación de mi pueblo, el corregimiento de San Félix, en Salamina, Caldas. Y aunque mis pasos se han quedado en la Patagonia argentina, donde el viento también conversa con la tierra, mi corazón sigue caminando las calles empedradas de esa tierra que me vio nacer, crecer y aprender a nombrar el mundo. Hay distancias que no se miden en kilómetros, sino en silencios, y la mía es una distancia llena de nombres, de voces y de paisajes que no me abandonan.
San Félix fue fundado alrededor de 1858 por colonos que llegaron desde Antioquia y Aguadas, hombres y mujeres curtidos por la esperanza y el cansancio, que traían en sus espaldas algo más pesado que los pocos enseres: el sueño de un futuro posible. Miguel Jaramillo, Federico Jaramillo, Isidro Mejía, Ramón Cortés y Ezequiel Gaviria fueron algunos de esos pioneros que, con manos firmes y fe obstinada, levantaron casas de bahareque y sembraron las primeras ilusiones en tierras cedidas por el entonces Estado Soberano de Antioquia.
Vicente Montoya, Marino Castaño, Ana Franco y Ramón Marín recibieron terrenos para poblar y cultivar, y con ellos comenzó a escribirse la historia de un pueblo que, como las palmas de cera que lo custodian, se yergue orgulloso frente al viento, aprendiendo a doblarse sin quebrarse. Aquellos primeros días no fueron fáciles: la montaña exigía respeto, el clima ponía a prueba la voluntad, y la soledad era una compañera constante. Pero también estaba la solidaridad, el trabajo compartido, la certeza de que juntos podían domesticar la altura y hacerla hogar.
Al principio, la vida se organizó en un sitio llamado Libare, un punto inicial donde el sueño apenas se insinuaba. Pero pronto la comunidad se trasladó al lugar que hoy conocemos como San Félix, como si el territorio mismo hubiera señalado su destino. En 1905, el Concejo de Salamina lo elevó a corregimiento especial, y desde entonces su nombre quedó grabado en los registros oficiales, aunque mucho antes ya estaba tatuado en la memoria de quienes lo habitaban. Los papeles certificaron lo que el corazón ya sabía: que allí había nacido un pueblo.
Décadas más tarde, en 1954, llegó el padre Víctor Menegón, de la Comunidad de la Consolata, y con su presencia le dio fuerza espiritual y cohesión a una comunidad que aprendió a resistir con fe y trabajo. Su palabra era guía y consuelo; su voz, firme y serena, enseñaba que la fe no era solo oración, sino compromiso, memoria y esperanza. Bajo su acompañamiento, San Félix afianzó su identidad y su sentido de pertenencia, entendiendo que la espiritualidad también se construye en comunidad.
San Félix es paisaje ganadero, es altura orgullosa sobre la Cordillera Central, es viento frío que despierta temprano y tardes donde el sol se despide despacio. Es el bosque de palmas de cera de La Samaria, que se alza como un himno natural, como una oración silenciosa que conecta la tierra con el cielo. Pero para mí, San Félix es mucho más que su geografía: es la plaza donde aprendí a mirar el mundo, donde los pasos de la infancia parecían no cansarse nunca.
Es el eco de las campanas que anunciaban la misa y marcaban, sin saberlo, el ritmo de los días. Es el olor a tierra mojada después de la lluvia, ese aroma que no se olvida y que ningún otro lugar ha logrado imitar. Es la voz de mi madre llamándome desde la ventana, mezclándose con el viento, es el saludo de los vecinos que nunca necesitaban reloj para saber la hora, porque el tiempo se medía en cosechas, en fiestas patronales, en historias contadas al calor del fogón.
Hoy, en este aniversario, me duele la distancia. Me duele no poder caminar hasta la iglesia, no poder sentarme en la tienda a escuchar los cuentos de los mayores, no poder mirar de cerca las palmas que se elevan como guardianas de nuestra historia. La nostalgia es un río que me atraviesa, lento y persistente, porque sé que cada piedra de San Félix guarda memoria, y yo estoy lejos para escucharla de cerca. A veces pienso que los pueblos hablan en voz baja, y solo quienes los aman de verdad logran oírlos.
Recuerdo las fiestas, los desfiles escolares donde marchábamos con orgullo ingenuo, los partidos de fútbol en la cancha polvorienta, donde cada gol se celebraba como una hazaña colectiva. Recuerdo los abrazos de los amigos que crecieron conmigo, algunos aún allí, otros esparcidos por el mundo, pero todos unidos por un mismo origen. Recuerdo las historias de los colonos, contadas por los abuelos como si fueran leyendas, repetidas una y otra vez para que nunca olvidáramos de dónde veníamos ni quiénes éramos.
San Félix no es solo un corregimiento: es un símbolo vivo de la colonización antioqueña, de la tenacidad de quienes levantaron pueblos en medio de la montaña, desafiando el olvido y el abandono. Es un lugar donde la historia se mezcla con la naturaleza, donde las palmas de cera han sido testigos silenciosos de generaciones que han pasado bajo su sombra, dejando risas, lágrimas y promesas incumplidas.
Hoy, desde la Patagonia, celebro con melancolía. Porque estar lejos es también una forma de estar cerca: la memoria me devuelve a las calles, a los rostros, a los paisajes que me formaron. Y aunque no puedo abrazar a mi gente ni caminar esas calles que me saben de memoria, escribo estas palabras como un homenaje, como un puente frágil pero sincero que une la distancia con el recuerdo.
San Félix cumple un aniversario más, y yo cumplo con la promesa íntima de no olvidarlo. Porque los pueblos no mueren mientras alguien los recuerde, y yo lo recuerdo con cada palabra, con cada imagen que guardo en el corazón. La historia de San Félix es también la historia de mi vida, y aunque el destino me llevó lejos, sigo siendo hijo de esas montañas, de esas palmas, de esa tierra que me enseñó a resistir sin perder la ternura.
Hoy, en este aniversario, levanto mi voz desde la distancia para decir que San Félix vive en mí, que su memoria me acompaña incluso en los días más lejanos, que su historia es mi historia. Y así, con la melancolía serena de estar lejos, celebro un año más de la fundación de mi pueblo. Porque aunque mis pasos estén en otro suelo, mi corazón sigue caminando las calles de San Félix, escuchando las piedras que guardan memoria y mirando las palmas que se elevan, eternas, como himnos de resistencia y de amor.
2 respuestas
Muy bello inspirado e inspirador y significativo tu mensaje. Felicitaciones también para para esa tierra fría pero cálida así es su su gente. A mi llega porque mi vínculo con ella porque fue allí en San Felix, la tierra que vio nacer a mi madre y mi padre compartió las fondas y lugares que usted mágicamente describe. Fuerte abrazo Eleuterio.
Texto corregido.
Muy bello inspirado e inspirador y significativo tu mensaje. Felicitaciones también para esa tierra fría pero cálida así es su gente. A mi llega por el vínculo porque fue ahí en San Felix, la tierra que vio nacer a mi madre y mi padre compartió las fondas y lugares que usted mágicamente describe. Fuerte abrazo Eleuterio.