Colombia volverá a un Mundial en 2026 con la mochila cargada de memoria. No se trata solo de números, estadísticas o rachas recientes. Se trata de una historia que empezó lejos, en Chile 1962, cuando la camiseta amarilla todavía no pesaba lo que pesa hoy. Aquella fue la primera vez que el país se asomó al escenario más grande del fútbol, y aunque el resultado global fue discreto, dejó una escena inmortal: el gol olímpico de Marcos Coll a la Unión Soviética de Lev Yashin. Ese empate 4-4 no nos dio clasificación, pero sí identidad. Nos enseñó que Colombia podía mirar de frente a cualquiera.
Pasaron 28 años para volver. Italia 1990 significó el regreso y, más que eso, la consolidación de una generación irrepetible. Con Carlos “El Pibe” Valderrama como faro creativo, René Higuita desafiando las normas del arco y una base que jugaba con personalidad, Colombia superó la fase de grupos y se instaló en octavos de final. El empate agónico ante Alemania, con el gol de Freddy Rincón, no fue solo un resultado: fue un grito colectivo. La eliminación posterior ante Camerún dolió, pero dejó claro que el país ya no era invitado, sino competidor.
Estados Unidos 1994, en cambio, fue una herida profunda. Colombia llegó como favorita tras golear 5-0 a Argentina en Buenos Aires durante la eliminatoria. La prensa internacional la señalaba como candidata al título. Pero el fútbol no perdona la soberbia ni los errores. Dos derrotas en fase de grupos, la presión asfixiante y el autogol de Andrés Escobar marcaron un torneo que terminó en tragedia. La muerte de Escobar, días después, convirtió aquel Mundial en una cicatriz moral. Desde entonces, cada participación lleva implícita la memoria de que el fútbol es pasión, sí, pero también responsabilidad.
Francia 1998 confirmó el bajón. Aunque Colombia ganó un partido ante Túnez, volvió a quedarse en primera ronda. La generación dorada se despedía sin haber alcanzado el techo que prometía. Luego llegó el largo desierto: Corea-Japón 2002, Alemania 2006 y Sudáfrica 2010 se vivieron por televisión. Fueron años de transición, de búsqueda de identidad, de reconstrucción institucional y futbolística.
Brasil 2014 marcó un renacer. Sin Radamel Falcao, lesionado a última hora, pocos apostaban por un recorrido largo. Pero apareció James Rodríguez con un torneo extraordinario: seis goles, incluido el inolvidable zurdazo ante Uruguay que fue elegido el mejor del campeonato. Colombia ganó sus tres partidos de fase de grupos y llegó a cuartos de final por primera vez en su historia. La eliminación ante el anfitrión Brasil dejó sabor amargo, pero también orgullo. Aquella selección mostró carácter, talento y una mentalidad competitiva que no siempre había acompañado al equipo en el pasado.
Rusia 2018 mantuvo el nivel competitivo. Colombia avanzó nuevamente a octavos, en un grupo complejo con Japón, Polonia y Senegal. La eliminación por penales ante Inglaterra fue cruel. El equipo compitió, empató en el último suspiro con gol de Yerry Mina y llevó el partido hasta la tanda definitiva. Pero la suerte no acompañó. Aun así, se confirmó que Colombia ya era una selección habitual en fases finales.
Qatar 2022 fue otro golpe de realidad: la clasificación se escapó en una eliminatoria irregular, marcada por la falta de gol y decisiones discutidas. La ausencia obligó a replantear procesos, a revisar estructuras y a apostar por una renovación generacional. Esa revisión es clave para entender el momento actual y proyectar 2026.
Ahora bien, ¿qué puede esperar Colombia en el Mundial de 2026, que se disputará en México, Estados Unidos y Canadá? Primero, hay que reconocer el nuevo formato: 48 selecciones ampliarán el torneo y ofrecerán más cupos. En teoría, el acceso es más probable. Pero clasificar no es suficiente. La pregunta de fondo es si Colombia puede aspirar a superar su mejor registro histórico y meterse en semifinales.
La base actual combina experiencia y juventud. Hay futbolistas consolidados en ligas europeas, una camada emergente con hambre y un recambio que empieza a asumir responsabilidades. Sin embargo, el reto no es solo técnico. Es mental. Históricamente, Colombia ha mostrado dos caras: una brillante, atrevida y ofensiva; otra frágil cuando el contexto se vuelve adverso. El Mundial exige regularidad emocional.
Además, el entorno influye. Jugar en Norteamérica no será extraño: hay comunidades colombianas numerosas en Estados Unidos y Canadá, lo que podría convertir varios estadios en escenarios casi locales. Ese apoyo puede ser combustible. Pero también presión. La historia enseña que cuando Colombia asume con humildad y disciplina, rinde mejor que cuando carga con etiquetas grandilocuentes.
Desde lo táctico, el fútbol moderno exige versatilidad. Ya no basta con un talento diferencial. Las selecciones que llegan lejos combinan orden defensivo, transiciones rápidas y profundidad de plantilla. Colombia necesita fortalecer su estructura defensiva, mejorar la eficacia frente al arco y consolidar una idea clara de juego. En Brasil 2014 hubo claridad; en otros ciclos, improvisación. El aprendizaje debe ser coherente.
Hay, además, una deuda histórica: aprender a competir en partidos cerrados. Muchas eliminaciones llegaron en detalles, en penales, en desconcentraciones puntuales. La diferencia entre cuartos y semifinales suele ser mínima. Si Colombia quiere dar el salto, debe pulir esos márgenes.
Pero no todo es crítica. Hay razones para el optimismo. El fútbol colombiano produce talento de manera constante. Las divisiones menores han mostrado avances, la exportación de jugadores a Europa es sostenida y la experiencia acumulada en torneos recientes es valiosa. La selección ya no es novata en grandes escenarios.
El recuerdo de Chile 1962, de Italia 1990, de la tragedia del 94, del brillo de 2014 y la competitividad de 2018 conforma un relato de aprendizaje continuo. Colombia ha pasado de ser sorpresa a ser aspirante serio. La clave es administrar esa evolución sin perder identidad.
En 2026, el desafío no será solo ganar partidos. Será reconciliar pasado y futuro. Honrar la memoria de quienes construyeron la historia y, al mismo tiempo, escribir una nueva página. La ilusión es legítima, pero debe estar acompañada de autocrítica. No basta con creer; hay que planificar, ejecutar y sostener.
Colombia llega a este nuevo ciclo con expectativas altas, pero también con experiencia suficiente para no desbordarse. El objetivo mínimo debería ser igualar lo hecho en 2014. El objetivo real, si el proceso se consolida, es ir más allá. Semifinales no es una utopía, pero tampoco un derecho adquirido.
La historia demuestra que el fútbol colombiano crece en medio de la adversidad. Quizás por eso cada Mundial es más que un torneo: es un espejo del país, con sus luces y sombras. En 2026, la Tricolor tendrá la oportunidad de demostrar que aprendió de sus errores, que transformó sus heridas en fortaleza y que puede competir con madurez.
Desde aquel gol olímpico en Chile hasta la promesa de Norteamérica, la historia no ha sido lineal. Ha sido intensa, emotiva, contradictoria. Pero siempre apasionada. Y esa pasión, bien canalizada, puede ser el motor que impulse a Colombia a su mejor Mundial.