El sombrero que le enseñó a soñar a un pueblo
Cuentan en Aguadas —y yo lo cuento como me lo contaron, con la misma calma con que se cuentan las cosas que ya no tienen apuro— que hubo un tiempo en que el cielo de ese pueblo amanecía blanco. No de nubes, no de neblina, sino de sombreros recién tejidos que las mujeres sacaban a orear en los patios, uno junto a otro, como si el pueblo entero hubiera decidido, una mañana cualquiera, ponerse a secar su propia memoria al sol.
Yo, que fui arquero antes que cronista, y que aprendí en el arco esa ciencia extraña de esperar sin moverme, de leer en el cuerpo del otro la jugada antes de que ocurra, entiendo mejor que nadie lo que significa un oficio que se sostiene en la paciencia. Porque tejer un sombrero aguadeño es, en el fondo, lo mismo que pararse bajo los tres palos: no hay afán que valga, no hay atajo que sirva. Hay que esperar la hebra, como se espera el remate, y saber que la mano —o el cuerpo— llegará a tiempo si uno confió en el oficio.
Dicen los viejos del pueblo, y yo les creo porque los viejos de los pueblos paisas no mienten, solo exageran con cariño, que hacia 1860 llegó de muy lejos un hombre llamado Juan Crisóstomo Flores, ecuatoriano de nacimiento y sembrador de oficios por vocación, cargando entre sus cosas un sombrero que no era de aquí. Lo llevaba puesto, dicen, como quien lleva puesto un secreto que no sabe que lo es. Y una tarde, sin que nadie se lo pidiera, con esa generosidad que a veces tienen los forasteros que no saben que están a punto de fundar algo, lo desbarató hebra por hebra frente a los ojos curiosos del pueblo. Ahí, en ese gesto de deshacer un sombrero para que otros aprendieran a hacerlo, empezó Aguadas a tejer su propio destino sin saberlo.
Porque las cosas grandes casi nunca llegan anunciadas con trompetas. Llegan así, de costado, como llegó la palma de iraca que había cruzado ya medio continente —por Nariño, por Santander, por el sur del Huila, por Santafé de Antioquia y Sopetrán— antes de decidir, como quien por fin encuentra casa, quedarse para siempre en este rincón norte de Caldas. Y fue un español, José Cerro, radicado allí junto a su esposa Flora Palacio, quien tuvo la lucidez de abrir una agencia de compra y mandar esos sombreros a mercados que jamás habían oído hablar de estas montañas. Así, sin que nadie lo planeara del todo, un pueblo de arrieros y de misas de siete se convirtió en el pueblo del sombrero.
Y aquí es donde el cronista tiene que bajar la voz, porque lo que sigue se cuenta casi como se cuentan los milagros pequeños: el sombrero se hace todavía hoy con la misma paciencia de entonces. Todo nace en la palma de iraca —la Carludovica Palmata, que suena a nombre de santa aunque sea de planta— de cuyos cogollos tiernos se extraen las hojas que luego se cuecen en un fogón apartado, casi en secreto, como si el pueblo no quisiera que nadie más aprendiera el punto exacto de la cocción. Viene después el secado al sol, ese momento en que uno jura ver cómo la fibra va blanqueando poco a poco, como si la luz se filtrara adentro de ella y le fuera lavando los años. Y luego el estufado con azufre, que le da al fin ese color que uno reconoce de lejos, en cualquier plaza, sobre cualquier cabeza.
Solo entonces llega el tejido. Y ahí, mucharejos —porque hasta Don Tello se deja contagiar del habla de Timoteo cuando el cuento lo pide—, ahí es donde manos expertas, hoy casi todas de mujer, convierten la fibra en esa trama circular que ha coronado cabezas desde el Eje Cafetero hasta cualquier esquina del mundo donde alguien quiera llevar puesta esta pieza de identidad colombiana. Yo pienso a veces que cada sombrero es un partido completo: noventa minutos de hebras, de pausas, de decisiones que no se ven pero que sostienen todo el resultado.
El país, que a veces tarda en darse cuenta de lo que tiene, terminó por darse cuenta. En 2010 la Alcaldía de Aguadas radicó ante la Superintendencia la solicitud para proteger la denominación de origen «sombrero aguadeño», y dos años después, en 2012, la obtuvo, luego de un reconocimiento previo en 2011. Aquello no fue un simple papel sellado. Significó que ningún sombrero puede llamarse legítimamente aguadeño si no nació de esta tierra, de esta palma, de estas manos. Es la misma ley no escrita que rige a un buen pasillo: no basta con la melodía, hace falta el territorio que la hizo posible. Un pasillo tocado en cualquier parte es música.
Tocado en Aguadas, en fiesta, con el sombrero puesto, es otra cosa: es memoria que suena.
Pero toda historia de orgullo carga también su sombra, y esta no es la excepción. Alba Cecilia Arcila, reina de la iraca 2024, recuerda que hace cuarenta años cerca de nueve mil artesanas tejían en Aguadas. Nueve mil manos, mucharejos, nueve mil historias tejiéndose al mismo tiempo bajo el mismo cielo blanco de sombreros orenados al sol. Hoy apenas 601 personas siguen el oficio, y de ellas solamente cuatro son hombres. El arco, para seguir con mi metáfora tozuda, se ha ido quedando solo. Y un arco vacío, aunque el estadio siga en pie, ya no es lo mismo.
Detrás de cada una de esas 601 manos hay un cuento que se repite como estribillo de canción vieja: el de niñas que ayudaron a criar hermanos menores mientras tejían con la otra mano libre, el de familias enteras que encontraron en la iraca el pan de cada día. Martha Bedoya es una de esas historias hechas persona: hija de ripiera, ripiera ella misma, casada con un ripiero. Tres generaciones cosidas por el mismo hilo invisible, ese saber que no se enseña en ningún colegio del mundo pero que se hereda con las manos y con el tiempo, como se heredan los apellidos o el color de los ojos.
Y es justo ahí, en ese relevo que no termina de darse, donde está el verdadero peligro. No lo digo yo solo, lo dice la cifra: la baja rentabilidad del oficio y la falta de relevo generacional forman un dúo que amenaza con apagar lo que ha resistido guerras, modas y más de siglo y medio de historia. Tejer un sombrero aguadeño exige horas que muchas veces no se traducen en un ingreso justo, y los jóvenes de hoy, atraídos por otras vidas, no siempre encuentran en la iraca una promesa de futuro. Es la misma tensión que sufren tantas expresiones de nuestra cultura popular —el pasillo, la guabina, el bambuco— que sobreviven no porque el mercado las sostenga, sino porque hay tercos que se niegan a dejarlas morir.
Frente a ese panorama, Aguadas no se ha quedado de brazos cruzados, como quien ve venir el gol y ni siquiera intenta la estirada. Se proyecta la creación de una Escuela de Tejeduría, con una inversión cercana a los 60 millones de pesos, que funcionaría en la Casa de la Cultura y llevaría el oficio hasta los colegios como actividad complementaria, sembrando la semilla en manos jóvenes antes de que el hilo se corte del todo. Artesanías de Colombia avanza también en un proceso de certificación que le dará a cada tejedora un documento que acredite formalmente lo que ya sabían sus manos desde niñas. Y el Museo Nacional del Sombrero Aguadeño, hoy bajo la dirección de Juan Diego Osorio Castañeda y renovado gracias al liderazgo de Édison Bustamante, guarda la memoria física de un oficio que lleva más de un siglo entrelazando hilos de iraca hasta convertirlos en arte.
Que este sombrero corone hoy la fiesta del pasillo colombiano en Aguadas no es casualidad ni adorno. El sombrero y el pasillo nacieron los dos de la mezcla, se aclimataron los dos a esta tierra de montaña y arriería, y hoy dependen los dos de la misma terquedad cultural para no desaparecer. Cada sombrero aguadeño que se teje es, en el fondo, una nota sostenida de esa misma música: un compás lento, paciente, que se resiste a callar.
Y yo, que aprendí desde el arco a no moverme antes de tiempo, cierro esta crónica pensando que Aguadas entero es, de algún modo, un arquero: quieto en apariencia, pero atento a cada hebra que viene, dispuesto a estirarse cuando haga falta para que ese sombrero blanco, hecho de paciencia y de sol, no deje de coronar cabezas colombianas.