Durante mucho tiempo, la humanidad conocía mejor la superficie de algunos continentes lejanos que el fondo de sus propios océanos. Eso comenzó a cambiar radicalmente durante el siglo XX, y ese cambio terminaría dándole la razón a Alfred Wegener mucho después de su muerte, aunque él nunca llegara a saberlo.
El desarrollo del sonar, especialmente impulsado durante y después de la Segunda Guerra Mundial, permitió medir con mucha mayor precisión las profundidades oceánicas, algo que hasta entonces resultaba prácticamente imposible a gran escala. Poco a poco, los científicos comenzaron a descubrir que el fondo marino estaba muy lejos de ser la llanura uniforme y aburrida que se había imaginado durante siglos. Allí abajo había enormes cordilleras submarinas, profundas fosas, volcanes activos y fracturas gigantescas que recorrían el planeta como cicatrices. Una inmensa cadena montañosa atravesaba buena parte del mundo bajo los océanos: era el sistema global de dorsales oceánicas, una estructura que ningún ser humano había contemplado jamás en su totalidad.
El mapa que dibujó una mujer
Uno de los capítulos más fascinantes de esta investigación fue protagonizado por la geóloga y cartógrafa estadounidense Marie Tharp. Trabajando con miles de mediciones de profundidad obtenidas en distintas expediciones oceanográficas, Tharp comenzó a dibujar, a mano y con una paciencia extraordinaria, mapas detallados del fondo del océano Atlántico.
Y encontró algo extraordinario. En medio de la dorsal mesoatlántica aparecía un valle profundo y continuo, una grieta que recorría el centro mismo de la cordillera submarina de punta a punta. Aquello sugería, con una claridad que a ella le resultaba evidente, que el fondo oceánico estaba siendo literalmente separado en dos, como una herida que nunca terminaba de cerrar. Al principio, incluso algunos colegas cercanos dudaron de su interpretación; la idea sonaba, otra vez, demasiado parecida a la deriva continental que tantos habían ridiculizado años atrás. Pero los datos continuaron acumulándose, expedición tras expedición, y la evidencia se volvió imposible de ignorar. El océano parecía estar, literalmente, abriéndose por la mitad.
Harry Hess y la expansión del fondo oceánico
A comienzos de la década de 1960, el geólogo estadounidense Harry Hess propuso una explicación decisiva para lo que Tharp había cartografiado. Según su idea, el material caliente procedente del interior terrestre ascendería en determinadas regiones oceánicas, precisamente en el centro de las dorsales, y allí produciría nueva corteza terrestre. Esa nueva corteza iría desplazándose lentamente hacia los lados, empujada por más material que continuaba emergiendo desde las profundidades, en un proceso continuo y silencioso.
Era la llamada expansión del fondo oceánico, y de repente aparecía una explicación posible para el movimiento que Wegener jamás había conseguido demostrar en vida. Los continentes no necesitaban abrirse camino por sí solos, como enormes barcos de piedra atravesando una corteza oceánica inmóvil, tal como sus críticos se habían burlado durante décadas. Formaban parte, en realidad, de estructuras mucho más grandes y dinámicas, arrastradas junto con el fondo marino sobre el que descansaban. Pero todavía faltaba una prueba particularmente hermosa, casi poética, para terminar de cerrar el argumento.
Las rocas conservaron una grabación magnética
Cuando ciertos minerales presentes en las rocas volcánicas se enfrían, pueden conservar información precisa sobre la orientación del campo magnético terrestre existente en ese preciso momento, como una fotografía invisible tomada en el instante de su formación. Y el campo magnético de la Tierra no siempre ha tenido la orientación actual: a lo largo de la historia geológica ha sufrido numerosas inversiones, momentos en los que el norte y el sur magnéticos intercambiaron sus posiciones.
Al estudiar el fondo oceánico con instrumentos cada vez más sensibles, los científicos encontraron franjas magnéticas extraordinariamente ordenadas a ambos lados de las dorsales, como si alguien hubiera impreso un gigantesco código de barras a lo largo del fondo marino. Lo verdaderamente sorprendente era su simetría casi perfecta: a un lado de la dorsal aparecía una secuencia determinada de polaridad magnética, y al otro lado aparecía prácticamente la misma secuencia, como un reflejo en un espejo. La explicación resultaba tan poderosa como elegante: nueva corteza se estaba formando continuamente en el centro de la dorsal y desplazándose hacia ambos lados a la misma velocidad, grabando en la piedra la historia del propio campo magnético terrestre.
En 1963, Frederick Vine y Drummond Matthews, trabajando de manera independiente y en paralelo con ideas semejantes desarrolladas por Lawrence Morley, ayudaron a establecer con claridad la relación entre esas anomalías magnéticas y la expansión oceánica. Era, finalmente, una de las pruebas que durante tanto tiempo le habían faltado a Wegener. El suelo oceánico realmente se movía, y ahora existían las rocas para demostrarlo.
¿Dónde desaparece la corteza vieja?
Aquello planteaba inmediatamente otro problema, uno que cualquier mente curiosa habría notado de inmediato. Si constantemente se crea nueva corteza en las dorsales oceánicas, la Tierra debería estar aumentando de tamaño con el paso del tiempo. Pero eso, evidentemente, no ocurre. Debía existir entonces algún lugar donde la corteza antigua regresara hacia el interior del planeta, cerrando el ciclo.
Y esos lugares también fueron encontrados: son las zonas de subducción, sitios donde una placa —generalmente de naturaleza oceánica— se introduce por debajo de otra y comienza a descender lentamente hacia el manto terrestre. Las profundas fosas oceánicas que los sonares habían revelado años antes resultaron estar asociadas precisamente a muchos de estos límites. Y allí, en esas zonas de choque y hundimiento, los terremotos aportarían otra evidencia verdaderamente extraordinaria.
Los terremotos dibujaron placas invisibles
Cuando los científicos comenzaron a disponer de redes sismográficas cada vez más extensas y sensibles, pudieron localizar con mayor precisión miles de terremotos ocurridos en todo el planeta. Al colocar esos epicentros sobre un mapa mundial, ocurrió algo espectacular: los terremotos no aparecían distribuidos al azar, dispersos sin ningún orden aparente. Formaban, en cambio, grandes cinturones organizados. Seguían fielmente el trazado de las dorsales oceánicas. Se concentraban alrededor de las profundas fosas recién cartografiadas. Dibujaban arcos precisos alrededor de todo el océano Pacífico. Recorrían grandes fallas continentales de punta a punta.
Sin poder ver directamente los límites de las placas, ocultos a cientos o miles de kilómetros de distancia bajo tierra y bajo el mar, los terremotos estaban prácticamente dibujándolos sobre el mapa mundial, con una precisión que ningún geólogo habría podido lograr únicamente con instrumentos de superficie. En las zonas de subducción ocurrió algo todavía más revelador: los terremotos aparecían progresivamente a mayores profundidades a medida que uno se alejaba de la fosa oceánica hacia el continente, delineando una superficie inclinada, invisible, pero perfectamente real. Esas estructuras sísmicas inclinadas se conocen hoy como zonas de Wadati-Benioff, en honor a los trabajos pioneros de los sismólogos Kiyoo Wadati y Hugo Benioff. Los terremotos estaban mostrando, con cada temblor, el recorrido exacto de una placa que descendía lentamente hacia el interior de la Tierra.
Las piezas finalmente encajaron
Durante las décadas de 1950 y 1960 comenzaron a converger, casi de golpe, todas las evidencias acumuladas a lo largo de más de tres siglos de observación: la forma coincidente de los continentes que Ortelius había notado primero; los fósiles compartidos que tanto habían intrigado a Wegener; las estructuras geológicas semejantes a ambos lados del Atlántico; las evidencias paleoclimáticas de glaciares en zonas hoy tropicales; las dorsales oceánicas cartografiadas por Marie Tharp; la expansión del fondo marino explicada por Harry Hess; las bandas magnéticas simétricas descifradas por Vine y Matthews; las fosas oceánicas y las zonas de subducción; los volcanes alineados a lo largo de ciertos bordes; la distribución mundial de los terremotos; y las profundas zonas de sismicidad inclinada bajo los continentes.
Ya no se trataba solamente de continentes que se desplazaban de manera aislada, como Wegener había imaginado. La explicación resultaba, en realidad, mucho mayor y más elegante: la capa externa y rígida de la Tierra estaba fragmentada en grandes placas que se desplazaban unas respecto de otras, arrastrando consigo tanto los continentes como los fondos oceánicos. Así nació, finalmente, la teoría moderna de la tectónica de placas.
Durante la segunda mitad de la década de 1960, científicos como J. Tuzo Wilson, Dan McKenzie, Robert Parker, Jason Morgan y Xavier Le Pichon, entre otros, contribuyeron decisivamente a construir el modelo moderno y a explicar matemáticamente el movimiento de las placas sobre una Tierra aproximadamente esférica. En apenas unos pocos años ocurrió una auténtica revolución científica. Ideas que habían sido rechazadas y ridiculizadas durante décadas pasaron, casi de la noche a la mañana, a formar parte del fundamento mismo de las ciencias de la Tierra.
De Wegener a los satélites
Hoy podemos hacer algo que Alfred Wegener jamás pudo siquiera imaginar mientras caminaba sobre el hielo de Groenlandia: podemos medir directamente el movimiento de las placas. Las redes modernas de geodesia satelital y los sistemas GNSS permiten determinar desplazamientos de apenas milímetros por año, con una precisión que habría parecido pura ciencia ficción hace un siglo.
Sabemos hoy que unas placas se separan lentamente entre sí; que otras chocan de frente, levantando cordilleras; que otras se deslizan lateralmente, acumulando tensión a lo largo de fallas transformantes; y que algunas regiones acumulan deformación durante décadas, siglos o incluso más tiempo, antes de liberarla parcialmente, de golpe, mediante un terremoto. Los continentes que para una vida humana parecen absolutamente inmóviles están, en realidad, viajando constantemente. Lo hacen muy lentamente, es cierto: en muchos lugares del planeta, a velocidades comparables con el crecimiento de nuestras propias uñas. Pero la Tierra dispone de algo que nosotros, como especie, jamás tendremos: millones de años por delante. Unos pocos centímetros por año pueden convertirse, con suficiente tiempo, en océanos que se abren, continentes que cambian por completo de posición, y cordilleras que se levantan desde la nada hasta rozar el cielo.
Colombia dentro de ese planeta en movimiento
Para nosotros, esta historia científica no es una curiosidad lejana ni un capítulo cerrado de la geología universal. Colombia se encuentra en una región tectónica particularmente compleja, donde interactúan varias placas y bloques corticales al mismo tiempo. Frente al occidente colombiano, la placa de Nazca converge lentamente con Sudamérica; hacia el norte intervienen además la placa del Caribe y diversas estructuras tectónicas regionales que complican todavía más el mapa.
Por eso existen terremotos a diferentes profundidades y asociados a procesos geológicos distintos entre sí. Comprender la tectónica de placas nos permite empezar a entender por qué tiembla Colombia; por qué algunos terremotos son superficiales y otros ocurren a decenas o incluso cientos de kilómetros de profundidad; por qué determinadas regiones del país presentan una mayor actividad sísmica que otras; y por qué el océano Pacífico colombiano ocupa un lugar tan fundamental en nuestra propia historia geológica. Más adelante, en capítulos posteriores de este libro, volveremos sobre Colombia con mucho mayor detalle.
Una teoría construida por generaciones
Quizás lo más hermoso de la historia de la tectónica de placas es que no pertenece a una sola persona, ni a un único momento de inspiración genial. Wegener imaginó continentes que viajaban lentamente sobre la faz del planeta. Los paleontólogos encontraron fósiles idénticos que habían atravesado océanos enteros sin haberlos cruzado jamás por su propia cuenta. Los geólogos relacionaron rocas y montañas separadas por miles de kilómetros de agua. Los exploradores midieron, con enorme paciencia, las profundidades de océanos desconocidos. Marie Tharp dibujó, a mano, un mundo submarino que prácticamente nadie había visto antes que ella. Los geofísicos estudiaron el magnetismo atrapado silenciosamente en las rocas. Los sismólogos aprendieron a utilizar los terremotos como una linterna capaz de mirar dentro de la Tierra. Y nuevas generaciones enteras de científicos terminaron reuniendo, pacientemente, todas aquellas piezas dispersas.
La ciencia avanzó porque alguien, hace más de cuatro siglos, se atrevió a preguntar por qué las costas parecían encajar. Avanzó porque otros estuvieron dispuestos a decir, con toda honestidad, que aquella explicación todavía no era suficiente. Y avanzó, finalmente, porque después aparecieron nuevas pruebas capaces de resolver lo que antes parecía completamente imposible de demostrar. La historia de la tectónica de placas nos deja así una enseñanza que va mucho más allá de la geología: la ciencia no consiste en tener siempre la razón desde el principio. Consiste en observar con atención, en preguntar sin miedo, en equivocarse cuando haga falta, en medir nuevamente con paciencia, y en estar dispuesto a cambiar nuestras explicaciones cada vez que aparecen mejores evidencias.
Y precisamente gracias a ese largo proceso, hoy entendemos algo que nuestros antepasados difícilmente habrían podido siquiera imaginar. Mientras caminamos, trabajamos, dormimos o levantamos nuestras ciudades creyendo estar sobre un suelo perfectamente inmóvil, debajo de nosotros continúa desarrollándose una historia que comenzó hace miles de millones de años. Las placas siguen desplazándose. Los océanos continúan transformándose, abriéndose por un lado y cerrándose por el otro. Las montañas siguen creciendo y erosionándose en un ciclo sin fin. La energía continúa acumulándose, silenciosa, en determinadas regiones del planeta. Y, de vez en cuando, durante apenas algunos segundos, un terremoto nos recuerda con humildad que habitamos sobre la superficie de un planeta profundamente dinámico, inquieto y, en el sentido más literal de la palabra, vivo.
————————————————————————–
Mensaje de Protección y Vida
Entender que la Tierra se mueve no debería alarmarnos, sino prepararnos. Cada terremoto que sentimos es apenas un fragmento de un proceso que lleva miles de millones de años en marcha, y que seguirá en marcha mucho después de nosotros. Conocer cómo funcionan las placas, dónde chocan, dónde se separan y por qué Colombia tiembla, es un acto de protección tan importante como cualquier plan de emergencia: nos permite respetar al planeta sin temerle, y convivir con su dinamismo en lugar de negarlo.
Fuentes
Servicio Geológico Colombiano – SGC
Servicio Geológico de Estados Unidos – USGS
Observatorio Vulcanoologico de los Andes Sur – OVDAS – Chile
Smithsonian Institute – Panama – Chile
Centro Sismologico Nacional Universidad de Chile
Instituto Geofísico y Astronomico de los Andes – Chile
Servicio Geológico Minero Argentino – SEGEMAR
Instituto Nacional de Prevención Sísmica – INPRES – CABA Argentina
Instituto Geofísico Sismológico Volponi – Argentina
National Geographic