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La Vuelta a San Félix cumple 45 años y llega a su edición número treinta

Nació en 1981 con doce campesinos y un sacerdote, sobrevivió a la violencia y a la falta de plata, y el 30 de octubre vuelve con tres etapas, 233 kilómetros y más de siete mil metros de ascenso por las montañas de Caldas, cien cupos y premios que superan los veinte millones.
La Vuelta a San Félix cumple 45 años y llega a su edición número treinta
Todas las imagenes son propiedad del Club Ciclístico de San Félix

La Vuelta a San Félix: 45 años de historia sobre dos ruedas

De doce campesinos en bicicleta a una competencia con reconocimiento nacional. Nacida en 1981 por iniciativa de un sacerdote, la Vuelta a San Félix ha sobrevivido a la violencia, a las penurias económicas y a las interrupciones. Este 30 de octubre regresa para disputar su trigésima edición, con tres etapas por las montañas de Caldas y más de 230 kilómetros de recorrido.

Un sacerdote y doce campesinos

En 1981, cuando las bicicletas de montaña todavía no eran el furor de hoy, doce ciclistas aficionados de las veredas cercanas a San Félix se midieron en una pequeña carrera organizada durante la Semana del Niño Campesino. No había grandes patrocinadores ni caravanas de vehículos especializados. Había, eso sí, una idea: reunir a la gente del corregimiento alrededor del deporte.

La idea era del sacerdote Fernán Llano Ruiz, párroco de San Félix y fundador del Hogar Juvenil Campesino, quien entendió que una carrera en bicicleta podía llamar a los jóvenes del campo y darles una oportunidad de competir. Entre aquellos doce estaba Conrado Calderón, cuyo nombre quedó atado a los primeros años de la prueba y que terminó participando durante diecisiete años, según la reconstrucción histórica que publicó el periodista Luis Fernando Rodríguez García en La Patria, el 25 de febrero de 2016. Es probable que ninguno de los primeros corredores imaginara que aquello acabaría siendo uno de los acontecimientos deportivos más queridos del corregimiento y de Caldas.

Cuarenta y cinco años después sigue viva. Entre el viernes 30 de octubre y el domingo 1 de noviembre de 2026 se correrá la trigésima edición de esta competencia de ciclismo de montaña, que llegó a figurar en el calendario de la Federación Colombiana de Ciclismo y que ha reunido, a lo largo de su historia, a corredores aficionados y profesionales de distintas regiones del país. Que sean treinta ediciones en cuarenta y cinco años dice bastante: la Vuelta no ha podido hacerse todos los años, la falta de presupuesto la ha obligado a suspenderse más de una vez, y aun así siempre apareció alguien dispuesto a levantarla de nuevo. Esa terquedad es buena parte de su historia.

San Félix, tierra de montañas y ciclistas

San Félix queda en la Cordillera Central, a unos 2.825 metros sobre el nivel del mar, según la información que La Patria publicó en febrero de 2016. Pertenece al municipio de Salamina y está a unos diecisiete kilómetros de su cabecera. Lo rodean montañas, potreros, caminos rurales y largas extensiones dedicadas a la ganadería y a la producción agropecuaria, un paisaje de tierra fría muy propio de esta región caldense y muy apropiado para el ciclismo de montaña.

Las pendientes pronunciadas, los cambios de temperatura y las carreteras que cruzan distintos pisos térmicos hacen parte de la exigencia de siempre. Hay jornadas de ascensos larguísimos por vías sin pavimentar y otras en las que el descenso pide pulso firme para dominar la bicicleta sobre terreno irregular. Aquí no se trata solo de pedalear durante horas: cuentan la preparación física, la capacidad de dosificar el esfuerzo y el conocimiento técnico de la máquina, porque un error en una bajada o un desgaste excesivo en los primeros kilómetros pueden arruinar una etapa entera. San Félix encontró en esa geografía la oportunidad de construir una tradición deportiva, y la aprovechó.

Una carrera que aprendió a sobrevivir

La historia de la Vuelta no se puede contar solo desde sus vencedores. Hay que hablar también de quienes consiguieron la plata para organizarla, de quienes prepararon los recorridos y de los habitantes que han acompañado el paso de los ciclistas. Sostener una competencia por etapas exige permisos, jueces, transporte, equipos de comunicación, asistencia médica, logística, alimentación, alojamiento y recursos para premiar a los participantes, y reunir todo eso en un corregimiento pequeño es una tarea especialmente cuesta arriba. De hecho, la falta de presupuesto ha sido precisamente la causa de las interrupciones durante estos cuarenta y cinco años.

Entre la documentación reunida para esta crónica no hay un registro completo que permita establecer en qué años dejó de disputarse, ni información suficiente para reconstruir todas sus ediciones. Pero sí hay testimonios que muestran cuánto ha costado mantenerla, y uno de los más valiosos es el de Héctor Mario González, un sanfeleño que dedicó buena parte de su vida a promoverla.

Héctor Mario González, la voz de la Vuelta

En San Félix, durante muchos años, hablar de la Vuelta era hablar de Héctor Mario González. Desde 1995 empezó a narrar la carrera, y su voz acompañó las salidas, los ascensos, las llegadas y las ceremonias de premiación. Pero no se quedó en el micrófono: fue promotor, organizador y uno de los hombres empeñados en mantener la competencia cuando las dificultades amenazaban con acabarla.

En febrero de 2016, el periodista Luis Fernando Rodríguez García publicó en La Patria una entrevista que hoy es uno de los documentos más valiosos para reconstruir esta historia. Héctor Mario recordó allí los comienzos, el papel del sacerdote Fernán Llano Ruiz y los esfuerzos para conseguir apoyo. Resumió las dificultades con una frase: «Nadie creía en nosotros». Y dejó otra que explica lo que buscaban quienes trabajaron por el ciclismo en San Félix: «No hacemos campeones, pero sí tratamos de formar personas a través del deporte».

La frase pesa. El ciclismo suele recordarse por los nombres de quienes ganan, pero alrededor de una carrera también se forman personas que aprenden a organizar, a colaborar y a asumir responsabilidades. Héctor Mario metió en el asunto a su propia familia: en los recorridos llevaba a su hijo en una camioneta, y el muchacho creció acompañando las competencias, tanto que en 2016, a los 22 años, ya era jefe de logística. Padre e hijo trabajaban entonces en una iniciativa ligada a la Escuela Ciclo Paraíso, creada para promover el ciclismo entre los niños, que proponía organizar una carrera infantil antes de la de mayores. No hay información para saber qué pasó después con aquel proyecto, pero el registro deja ver una preocupación clara: lograr que las nuevas generaciones se interesaran por el deporte. Porque la Vuelta no dependía solo de conseguir corredores; había que formar gente capaz de continuar el trabajo.

Los años en que la violencia también llegó a la carrera

La historia deportiva de San Félix quedó cruzada por uno de los períodos más dolorosos que ha vivido el corregimiento. En los años de violencia, cuando muchas familias abandonaron sus tierras y la vida diaria se volvió cosa de miedo, mantener la competencia se hizo mucho más difícil. Héctor Mario González lo recordó en la entrevista de 2016: durante unos cinco años, organizadores y participantes tuvieron que convivir con la incertidumbre. A veces salían acompañados de una bandera blanca. Contó también que en una de esas jornadas los retuvieron, aunque todos lograron regresar con vida.

Su testimonio muestra hasta dónde alcanzó la violencia a una actividad que había nacido para reunir a la gente. Y no fue lo único: una empresa que apoyaba económicamente la competencia retiró su patrocinio en esa época, un golpe más para una organización que dependía de recursos escasos. Héctor Mario recordó además lo que la violencia le hizo a la población: según sus palabras, antes de aquellos años el corregimiento tenía unos trece mil habitantes, y en 2016 calculaba que apenas quedaban unos tres mil. Son cifras del entrevistado, no un registro censal verificado para esta crónica, pero dan la dimensión de lo que él recordaba haber perdido. El desplazamiento de las familias, el debilitamiento de la economía local y la desaparición de posibles patrocinadores hicieron más difícil organizar cualquier evento comunitario. La Vuelta tuvo que abrirse paso entre todo eso, y aunque no siempre pudo correrse, sus promotores nunca soltaron la intención de recuperarla.

Cuando San Félix llegó al calendario nacional

Uno de los momentos más importantes de la competencia quedó registrado el 8 de noviembre de 2013, cuando La Patria publicó una nota del periodista Luis Fernando Rodríguez García sobre el arranque de la vigesimocuarta edición. La noticia traía un dato muy significativo: la Vuelta a San Félix era entonces la única carrera caldense incluida en el calendario de la Federación Colombiana de Ciclismo, un reconocimiento enorme para una prueba nacida en un corregimiento rural.
Aquella edición tenía tres etapas. La primera salía de Manizales y terminaba en Salamina después de 74 kilómetros. La segunda partía de Aranzazu, pasaba por Salamina y concluía en San Félix, con 57 kilómetros. La tercera era un circuito por las calles principales del corregimiento, con cincuenta giros y unos sesenta kilómetros. Se corría en categorías élite, máster y juvenil, además de una modalidad de ciclomontañismo en ruta, con el aval de la Alcaldía de Salamina y de la Liga Caldense de Ciclismo.
Ese año, Héctor Mario González explicó que la junta encargada de preparar la competencia se había constituido apenas tres semanas antes, y el dato da una idea de las condiciones en que se trabajaba. Mientras las grandes pruebas deportivas cuentan con estructuras permanentes y presupuestos definidos con tiempo, en San Félix buena parte de la organización dependía de la capacidad de convocatoria de sus promotores. Y aun así la Vuelta logró figurar en el calendario de la máxima autoridad del ciclismo colombiano, un antecedente que hoy hace parte de su patrimonio deportivo.

Los corredores que llegaron a las montañas caldenses

Con los años, la Vuelta fue reuniendo ciclistas de distintas regiones. Algunos venían a prepararse para otras competencias; otros encontraban en estos recorridos una manera de medir fuerzas en terrenos exigentes. Uno de los nombres ligados a la historia de la prueba es el del reconocido ciclista antioqueño Marlon Pérez, quien estuvo en octubre de 2012, durante la vigesimotercera edición, en la ceremonia de premiación. Pérez, que había representado a Colombia en competencias internacionales y en Juegos Olímpicos, habló de la importancia de promover el ciclismo entre los jóvenes y recordó sus comienzos en las carreteras sin pavimentar de Támesis, Antioquia. Su presencia fue un reconocimiento al esfuerzo de los organizadores de San Félix.

La participación de corredores profesionales se hizo todavía más visible en otras ediciones. En 2018, La Patria anunció la presencia de Luis Miguel Martínez, Rafael Montiel, Álex Gil, Janier Acevedo y Luis Felipe Laverde, junto con otros competidores destacados. Para una carrera que arrancó con doce aficionados campesinos, atraer a corredores con esa trayectoria era la prueba de lo que había logrado construir. También hubo deportistas de la propia tierra, y entre ellos sobresale Yeison Alejandro Rincón, corredor sanfeleño que consiguió resultados importantes y llegó a competir de tú a tú con ciclistas de experiencia profesional, con la particularidad de que corría en las montañas de su casa.

Diego Calderón y una victoria que quedó registrada

El 13 de octubre de 2017 arrancó la vigesimoséptima edición. La primera etapa fue entre San Félix y Pácora, pasando por Salamina, sobre 59 kilómetros, y tomaron la partida cerca de sesenta corredores. La jornada tuvo premios de montaña en los altos de La Florida y Las Coles, y una meta volante en el parque principal de Salamina. Ganó Diego Mauricio Calderón, de Santa Rosa de Cabal, y el segundo puesto fue para el sanfeleño Yeison Alejandro Rincón. La información la publicó Luis Fernando Rodríguez García en Salamina Día a Día, con fotografías del paso de los participantes por Salamina.

El resultado cobra más sentido al ver lo que pasó al año siguiente. En octubre de 2018, cuando comenzó la vigesimoctava edición, Diego Calderón volvió para defender el título de 2017. En declaraciones a La Patria describió la carrera como dura y destacó sus paisajes, la participación de la gente y la premiación. Aquella edición reunió otra vez a profesionales y aficionados, con 90 kilómetros entre Manizales y San Félix en la primera jornada, 46 entre Salamina y San Félix en la segunda y un circuito de 60 kilómetros el último día. La Vuelta conservaba su estructura de tres etapas, algo que la distinguía de muchos eventos recreativos de ciclismo de montaña.

Una tradición que no siempre tuvo con qué continuar

Después de 2018, la documentación disponible se llena de vacíos. No se encontró información suficiente para reconstruir la vigesimonovena edición ni para establecer todo lo que precedió al regreso anunciado para este año. Lo que sí sabemos es que las interrupciones han estado ligadas a dificultades presupuestales, y eso obliga a mirar la historia de la Vuelta desde otro ángulo: llegar a treinta ediciones no depende solo del entusiasmo de los organizadores, sino de una financiación estable. Los jueces, los dispositivos de seguridad, los servicios médicos, los vehículos de acompañamiento y el alojamiento de los participantes cuestan plata, y esos costos no desaparecen porque la carrera se haga en un corregimiento. A eso se suma la geografía, porque la Vuelta recorre carreteras de montaña y sectores rurales donde la logística exige más planeación. Mantener una competencia así requiere apoyo institucional y participación de la empresa privada.

Durante décadas San Félix ha demostrado que tiene gente dispuesta a sostenerla, pero no siempre ha tenido los recursos para celebrarla cada año. No sería justo señalar responsables sin tener a la vista documentos presupuestales y registros completos de las gestiones que se hicieron. Lo que sí resulta legítimo es preguntarse por qué una carrera que alcanzó reconocimiento nacional no ha conseguido una financiación que le garantice continuidad, y la trigésima edición es buena ocasión para volver sobre ese asunto.

Tres etapas y más de siete mil metros de ascenso

Primera Etapa
Manizales - Cementos Caldas - San Félix
Pácora - Salamina - San Félix
Circuito por calles de San Félix

La Vuelta regresa entre el 30 de octubre y el 1 de noviembre de 2026. La organización anunció una competencia MTB de alto nivel, con tres etapas y un máximo de cien participantes. No es un paseo recreativo ni una actividad para completar una distancia sin clasificación: será una carrera por etapas, con juzgamiento de comisarios oficiales, cronometraje con chip y premios en dinero para los primeros lugares. Los recorridos publicados suman unos 233 kilómetros, con un desnivel positivo acumulado de 7.234 metros.

Primera etapa: de Manizales a San Félix. El viernes 30 de octubre los corredores arrancan en Manizales y pasan por Cementos Caldas, La Cumbre y El Páramo antes de llegar a San Félix. Son 87,31 kilómetros con un desnivel positivo de 2.808 metros. Según el perfil que divulgaron los organizadores, el 72 % del trazado es sin pavimentar, el 21 % es asfalto y el 7 % restante aparece sin identificar. Será una jornada de resistencia, de saber administrar el esfuerzo: los ascensos largos abren diferencias entre los corredores, sobre todo cuando se juntan con terreno irregular, y quien quiera pelear la clasificación general tendrá que encontrar el equilibrio entre sostener el ritmo y guardar energía para las etapas que vienen. La llegada será, además, el primer encuentro de los participantes con el corregimiento que dio origen a la prueba.

Segunda etapa: Pácora, Salamina y de vuelta a la montaña. El sábado 31 de octubre se corre la jornada de mayor desnivel positivo. La salida es en Pácora y los corredores pasan por Salamina, el Alto de los Ocampos, Pozo y La Quiebra antes de volver a San Félix. Son 85,62 kilómetros con 3.256 metros de ascenso acumulado: un poco menos distancia que el viernes, pero 448 metros más de subida. El 48 % del recorrido es asfaltado y el 52 % va por vías sin pavimentar. Esta etapa puede resultar decisiva para la general, porque tras el desgaste del primer día los participantes tendrán que enfrentar nuevas subidas y bajadas, y en una carrera por etapas recuperarse entre jornadas pesa tanto como el rendimiento durante la competencia. No basta con llegar primero el viernes; hay que estar en condiciones de volver a competir el sábado. El paso por Salamina permitirá que habitantes y visitantes vean parte de la carrera antes de que los corredores sigan hacia los sectores montañosos, y el recorrido mostrará algo muy propio de esta región: las distancias en el mapa no siempre reflejan lo difícil que es moverse entre sus pueblos, porque un trayecto corto puede volverse horas de esfuerzo cuando aparecen las pendientes.

Tercera etapa: treinta giros por San Félix. El domingo 1 de noviembre la competencia vuelve a las calles del corregimiento con un circuito de treinta giros y una distancia total anunciada de unos sesenta kilómetros. Según el perfil publicado, cada vuelta tiene unos 39 metros de desnivel positivo, así que al completar los treinta giros los participantes habrán sumado otros 1.170 metros de ascenso. El circuito combina tramos pavimentados y sin pavimentar: la organización señala que el 54 % es asfalto y el 46 % restante va sin pavimentar. Mientras las dos primeras jornadas atraviesan largos recorridos rurales, este circuito permite que los habitantes de San Félix vean pasar una y otra vez a los competidores, que familiares, vecinos y visitantes sigan las posiciones y que todos presencien cómo se definen las categorías. La publicación oficial trae una pequeña diferencia entre la distancia anunciada y el circuito: treinta giros de 2,12 kilómetros equivalen a 63,6 kilómetros, aunque el total aparece señalado como de sesenta. La organización tendrá que precisar la distancia definitiva, y conviene recordar que todos los trazados están sujetos a modificaciones.

Cien cupos y una premiación que supera los veinte millones

Para la trigésima edición se habilitaron apenas cien cupos. La inscripción cuesta $350.000 por participante y cierra el 25 de octubre de 2026. Según las condiciones que anunció la organización, ese valor incluye alimentación y alojamiento durante los días de competencia: almuerzo, cena y alojamiento en la primera jornada; desayuno, almuerzo, cena y alojamiento en la segunda; y desayuno y almuerzo el último día. También se anuncian póliza, numeración con chip, carro escoba, cierre de vías, acompañamiento policial, ambulancia, puntos de hidratación y personal de logística.

Se competirá en las categorías Élite, Máster A, Máster B, Juvenil y Damas. De acuerdo con el reglamento divulgado, los premios son iguales para todas: $2.500.000 para el primero, $1.500.000 para el segundo y $700.000 para el tercero, es decir, $4.700.000 por categoría. Si se mantienen las cinco categorías y todas reciben esa premiación, lo destinado a los tres primeros lugares llegaría a $23.500.000. A eso se agregan los reconocimientos económicos de las metas volantes y los premios de montaña, que según la organización se entregarán al corredor que pase primero por cada punto, sin importar su categoría. También habrá trofeos y medallas.

Las condiciones prohíben el acompañamiento particular en motocicleta durante la competencia. Se permitirá acompañar en vehículo, con inscripción previa y un pago adicional de $200.000, siguiendo las instrucciones de los comisarios. La organización advierte que los participantes compiten bajo su propia responsabilidad y que no cubrirá los traslados entre Manizales y San Félix ni el regreso. Con carreteras de ese carácter y recorridos tan exigentes, cumplir las condiciones de seguridad anunciadas será de verdad importante.

Una carrera que también es de su gente

Hay acontecimientos que terminan siendo parte de la identidad de un pueblo, y para San Félix la Vuelta Ciclística ha sido uno de ellos. Durante décadas llevó el nombre del corregimiento por distintos municipios y logró que corredores de otras regiones conocieran sus montañas. También permitió que los habitantes vieran una competencia deportiva de verdad sin tener que viajar hasta una ciudad.

Los circuitos finales tienen un significado especial. Por unas horas, las calles que sirven de costumbre para ir a la tienda, visitar a los vecinos o hacer las diligencias del día se vuelven escenario de una carrera. Los competidores pasan y vuelven a pasar frente a los espectadores; hay quienes esperan junto a las curvas, otros siguen la llegada desde cerca del parque y algunos reconocen a los corredores del pueblo. Son escenas propias de las competencias de pueblo, aunque cada edición tenga su historia.

La presencia de ciclistas y acompañantes también puede mover los establecimientos comerciales y los servicios. No hay cifras para calcular el impacto económico de la Vuelta en San Félix, así que sería aventurado hablar de ganancias cuantificadas. Pero una competencia con participantes de distintas poblaciones implica por fuerza comida, alojamiento, transporte y servicios, y una organización bien planeada puede lograr que parte de ese movimiento beneficie a la economía local. En un pueblo que ha pasado dificultades y ha perdido habitantes, toda iniciativa capaz de traer visitantes merece atención.

Lo que significa llegar a treinta ediciones

Treinta puede parecer una cifra modesta frente a las grandes carreras internacionales que se corren cada año, pero las circunstancias de San Félix son otras. La Vuelta nació en 1981 con doce aficionados, con los años atrajo a corredores profesionales, llegó al calendario nacional y mantuvo su estructura de competencia por etapas. También atravesó épocas de violencia y de penurias económicas, y no siempre pudo realizarse. Su historia está hecha de esfuerzos que muchas veces no quedaron en los periódicos.

Los archivos permiten identificar a algunos protagonistas, como el sacerdote Fernán Llano Ruiz, Héctor Mario González y Conrado Calderón, Juvel Sepulveda, Carlomán Cardona, Roberto Carmona y tantos otros y conservan los nombres de corredores de distintas épocas. Pero detrás de cada edición hubo gente que buscó patrocinadores, organizó salidas, consiguió alojamiento, preparó premiaciones y resolvió los mil problemas que aparecen cuando se monta una carrera, y de ese trabajo ha dependido la continuidad de la Vuelta. Por eso, al llegar a la edición treinta, vale la pena mirar atrás, no para volver la historia un listado de elogios, sino para entender lo que ha significado sostener una competencia durante cuarenta y cinco años sin contar siempre con lo necesario.

El reto de recuperar su lugar en el ciclismo nacional

La edición de 2026 llega con recorridos exigentes, premios en dinero y una organización que anuncia servicios propios de una competencia formal. Es la oportunidad de recuperar parte del reconocimiento que la Vuelta alcanzó años atrás: en 2013 figuraba en el calendario de la Federación Colombiana de Ciclismo, y ese antecedente demuestra que la prueba llegó a ocupar un lugar importante en el deporte regional. Su regreso plantea ahora una tarea, que es trabajar para que tenga continuidad.

La falta de presupuesto no debería ser una condena permanente para una actividad con tantos años de historia. Sería conveniente que las instituciones deportivas, las administraciones municipales por cuyos territorios pasan los recorridos, el departamento y las empresas interesadas en apoyar el ciclismo estudiaran fórmulas de financiación que permitan planear las próximas ediciones. No se trata de volver la Vuelta una competencia de grandes presupuestos, sino de garantizar condiciones adecuadas de seguridad, organización y participación, y de evitar que cada edición tenga que empezar otra vez a buscar todos los recursos desde cero.

También valdría la pena recuperar sus archivos históricos: las fotografías antiguas, los resultados, los nombres de los ganadores y los testimonios de sus organizadores son un patrimonio que no debería perderse. Buena parte de esa memoria anda dispersa entre publicaciones de prensa y recuerdos personales, y la trigésima edición podría ser un buen momento para empezar a reunirla.

De aquella primera carrera al 30 de octubre de 2026

Han pasado cuarenta y cinco años desde que el sacerdote Fernán Llano Ruiz propuso organizar una competencia durante la Semana del Niño Campesino. Doce aficionados participaron en aquella primera edición; después llegaron nuevos corredores, premios, patrocinadores y recorridos que atravesaron distintos municipios de Caldas, y la carrera alcanzó reconocimiento nacional. También hubo años difíciles: la violencia obligó a los organizadores a salir con banderas blancas, la falta de recursos impidió correrla en varias ocasiones y algunos de sus promotores dedicaron buena parte de sus vidas a mantenerla.

El próximo 30 de octubre, cuando los participantes de la edición número treinta empiecen a rodar por las carreteras que llevan a San Félix, estarán continuando una historia que empezó mucho antes de que existieran las bicicletas de competición que hoy se usan. Las máquinas son otras, y también cambiaron los sistemas de cronometraje, la preparación de los corredores y la manera de organizar. Lo que permanece es la montaña y el nombre del corregimiento. En 1981 fueron doce campesinos aficionados; en 2026 podrán participar hasta cien corredores en una prueba que anuncia casi 233 kilómetros y más de siete mil metros de ascenso acumulado. Entre una fecha y otra están los esfuerzos de varias generaciones y, sobre todo, la historia de un pueblo que encontró en el ciclismo una manera de darse a conocer.

La Vuelta a San Félix vuelve a correrse, y con ella regresa una parte de la memoria deportiva de Caldas.

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