El Motor de Cuatro Patas de la Montaña La Colonización Antioqueña, esa fuerza migratoria que desde el siglo XVIII y a lo largo del XIX expandió la cultura y la población de la antigua Antioquia hacia el sur, transformando selvas vírgenes en cafetales y pueblos, fue impulsada por dos fuerzas principales: la tenacidad del colono y, literalmente, la fuerza del buey.
Mientras que el hacha y el machete eran las herramientas de la mano, la yunta de bueyes era la máquina pesada. En la epopeya de la conquista del territorio, las narrativas suelen glorificar al arriero con su mula, o al hachero con su fuerza bruta. Sin embargo, en el paisaje abrupto, lleno de lodo, pendientes imposibles y selva tupida que define la Cordillera Central, el buey, con su paso lento, su paciencia estoica y su formidable potencia de arrastre, se erigió como el motor insustituible de la fundación.
La geografía del actual Caldas, marcada por la topografía quebrada, el clima frío en las alturas (como San Félix y Marulanda) y cálido en los valles del Cauca, no ofrecía un terreno fácil para la expansión. Los caminos eran trochas apenas delineadas, el transporte fluvial era limitado y la mula, aunque ideal para la carga individual, carecía de la capacidad para el trabajo pesado de ingeniería forestal que se requería al fundar un asentamiento.
El buey, por el contrario, era una inversión estratégica, una pieza de infraestructura animal. El colono, al avanzar, no solo llevaba consigo su familia y sus semillas, sino que soñaba con adquirir la primera yunta, sabiendo que sin ella, su capacidad para transformar el monte en hacienda era virtualmente nula.
La Triple Tarea: Desmonte, Transporte y Arada El papel del buey en la fundación de los pueblos de Caldas puede dividirse en tres funciones vitales e interdependientes:
1. El Desmonte: Vencer la Selva El primer y más extenuante trabajo en un nuevo paraje era la tala y el desmonte. La selva andina era densa y sus troncos gigantescos. Una vez que el hachero derribaba los árboles, el verdadero desafío era retirar esa madera muerta para poder sembrar.
Aquí entraba el buey, atado a los troncos más grandes mediante el yugo. Su andar pausado, pero con la capacidad de ejercer una fuerza de tracción sostenida durante horas, era perfecto para arrastrar estos maderos pesados a lo largo de senderos embarrados o despeñaderos. Esta tarea, conocida como descarrilar o simplemente arrastrar, era fundamental para despejar las «tumbas» (terrenos recién talados) y convertirlas en «rozos» (terrenos listos para la siembra). Sin esta capacidad de arrastre, los colonos habrían tardado décadas en limpiar lo que el buey hacía en meses.
2. El Transporte Pesado: La Logística del Asentamiento Antes de la existencia de carreteras o incluso caminos de herradura bien establecidos, la yunta de bueyes, a menudo acompañada de la carreta, se convirtió en el principal vehículo de carga pesada.
Los bueyes transportaban los materiales más pesados y voluminosos necesarios para la vida sedentaria:
Implementos Agrícolas: Grandes herramientas, molinos incipientes y piezas de hierro forjado.
Materiales de Construcción: Aunque la tabla parada se benefició del aserrío a vapor, eran los bueyes los que a menudo arrastraban los troncos aserrados desde el pie de monte hasta el sitio de construcción del pueblo. En la arquitectura de bahareque, la yunta transportaba el barro y los materiales de relleno necesarios.
Provisiones: Grandes cantidades de sal, herramientas de minería (en las zonas de veteaderos) y los enseres más valiosos de la familia.
Las caravanas de bueyes, moviéndose con una cadencia hipnótica a través de la densa niebla y el lodo de la cordillera, eran un símbolo de la vida en movimiento, la arteria logística que conectaba los nuevos asentamientos con los centros comerciales ya establecidos en Antioquia. El arriero de bueyes requería una habilidad diferente a la del arriero de mulas; se trataba de paciencia, manejo del yugo y comprensión de la fuerza del animal en terrenos difíciles.
3. El Trabajo Agrícola: La Arada y la Base Alimentaria Una vez despejado el terreno, el buey asumía su rol clásico: la arada. La capacidad de arar la tierra rápidamente era vital para asegurar la subsistencia de la familia del colono. El arado, tirado por la yunta, permitía preparar grandes extensiones de suelo para el cultivo de la trilogía alimentaria básica de la colonización: maíz, fríjol y papa.
La eficiencia en la arada se traducía directamente en la capacidad de la familia para sobrevivir el primer año y, crucialmente, para generar excedentes que pudieran ser vendidos o intercambiados. La velocidad con la que los colonos antioqueños lograban transformar la selva en parcelas productivas es un factor clave de su éxito, y ese ritmo era dictado, en gran parte, por la potencia de sus yuntas.
4. El «Tractor» de la Papa en San Félix: A lo largo de los fértiles pero fríos páramos y faldas de la Cordillera Central, el buey alcanzó una relevancia casi totémica en la economía de altura, especialmente en enclaves como San Félix (corregimiento de Salamina), cuya vocación histórica y actual es la producción de papa. Durante más de un siglo, y bien entrada la mitad del siglo XX (hasta que la maquinaria motorizada se hizo viable), la yunta de bueyes fue el equivalente funcional del tractor moderno. En el terreno escarpado y a menudo salpicado de piedra, donde las primeras máquinas motorizadas simplemente no podían operar de manera eficiente o resultaban prohibitivamente costosas e inaccesibles para el pequeño y mediano colono, el buey no solo se mantuvo relevante, sino vital.
La papa, al ser un tubérculo, requiere una labranza profunda para su óptimo desarrollo; esta tarea exigía una potencia de tiro considerable para que el arado de vertedera —el implemento más común en la época— pudiera penetrar y voltear la tierra fría, arcillosa y densa de la alta montaña. El buey ofrecía esa tracción lenta, constante y controlada, operando con precisión en los surcos trazados en pendientes pronunciadas que hoy intimidarían incluso a ciertos tipos de maquinaria moderna. Su labor no se limitaba a la preparación inicial del suelo; se utilizaba también para surcar, aporcar (cubrir la base de la planta) y, en ocasiones, para arrastrar los carros que transportaban la cosecha a los puntos de acopio o a las vías principales. Este ciclo de trabajo garantizó que San Félix, una zona que se consolidó como despensa de papa, pudiera cimentar su economía agrícola durante generaciones. El buey se convirtió, por lo tanto, en el garante vivo de su principal sustento económico en la era pre-mecanizada, permitiendo que la producción de alimentos en la alta montaña prosperara con una fuente de energía renovable, adaptable y local, antes de que la tecnología moderna conquistara por completo los desafíos topográficos.
El Buey como Medida de Riqueza y Progreso Social. En la sociedad de la Colonización Antioqueña, el buey trascendió su función puramente utilitaria para convertirse en un indicador de estatus y estabilidad económica.
En una época donde el capital se medía en tierras y capacidad productiva, la posesión de una yunta de bueyes era equiparable a tener una maquinaria pesada moderna. No todos los colonos que llegaban a las nuevas tierras podían permitirse de inmediato un buen par de bueyes. A menudo, el colono más pobre tenía que trabajar a jornal o alquilar la fuerza animal de un vecino, estableciendo así las primeras relaciones económicas y sociales en el nuevo pueblo.
Acceso al Crédito: Un colono que poseía bueyes y una carreta tenía una base de activos sólida. Podía obtener más fácilmente crédito para la compra de semillas o el pago de otros bienes, ya que su capacidad de producción y transporte estaba garantizada.
El Vínculo con la Ganadería: El buey no solo servía para arar; era un animal que hacía parte del hato ganadero, un pilar económico que complementaba la minería y la agricultura. La cría de ganado en las zonas altas de Caldas (como Marulanda, la «tierra del borrego» y la leche) se impulsó gracias a estos mismos animales, que al final de su vida útil como tiro proporcionaban carne y cuero.
Símbolo de Hogar Fundado: La llegada de la primera carreta tirada por bueyes a un sitio de asentamiento marcaba un punto de inflexión. No se trataba de un simple campamento de paso, sino de un lugar donde la familia había decidido asentarse, llevando consigo los elementos necesarios para edificar un hogar permanente, una casa con cimientos, y no solo una choza temporal.
Un Legado Inmortalizado en Caldas. La importancia del buey está grabada en la identidad de Caldas, el departamento más directamente impactado por la expansión sureña de la Colonización Antioqueña.
El ejemplo más elocuente de este reconocimiento se encuentra en el Monumento a los Colonizadores ubicado en el barrio Chipre de Manizales. Esta escultura no solo evoca la fundación de la ciudad, sino que rinde homenaje a la fuerza colectiva que la hizo posible. Dentro de la iconografía del monumento, el buey aparece como un elemento central, representando la perseverancia y el poder que venció a la selva. El colono, con su carriel y su machete, aparece junto a la yunta, reconociendo que la conquista del territorio fue una alianza entre el ingenio humano y la fuerza animal.
En el contexto de la tabla parada (como la vimos en San Félix y Marulanda), el buey fue el encargado de hacer llegar la materia prima. Es el eslabón invisible entre el árbol derribado en el monte y la tabla aserrada que forma la fachada colorida y antisísmica de los pueblos de la alta montaña. Sin la fuerza del buey para mover los troncos hacia los precarios aserraderos a vapor (o incluso sin él para mover las piezas del aserradero mismo), la tabla parada nunca habría alcanzado la velocidad y la ubicuidad que la convirtieron en la insignia arquitectónica de la segunda fase de la colonización.
El buey, por lo tanto, no es solo un animal de trabajo en la historia de Caldas; es un símbolo fundacional. Su marcha lenta, medida por el ritmo de la cordillera, es la verdadera métrica del desarrollo de los pueblos. Cada calle, cada muro de tabla parada, cada cafetal en las laderas que rodean Salamina, Pácora o Aguadas, fue posible gracias a la labor silenciosa y poderosa de la yunta. Es un recuerdo material de que las grandes epopeyas no solo se hacen con oro y ambición, sino con el esfuerzo diario de la criatura más humilde y laboriosa de la montaña.

