“Soreyma, la Guardiana de la Palma de Cera: memoria viva, danza y territorio”

Hay libros que no se escriben para ser leídos, sino para ser recordados por la tierra. Soreyma, la Guardiana de la Palma de Cera, de Eleuterio Gómez Valencia, pertenece a esa clase de relatos que no buscan simplemente narrar una historia, sino devolverle al lector la sensación de que la palabra puede ser raíz, cuerpo y territorio a la vez.

Samanta Schweblin** - Escritora Argentina

Hoy quiero invitarlos a entrar en un libro que no es simplemente literatura, sino un territorio simbólico: Soreyma, la Guardiana de la Palma de Cera, escrito por Eleuterio Gómez Valencia. Más que una novela, es una memoria en forma de relato, una conversación entre pasado y presente, y al mismo tiempo un acto de resistencia espiritual y ecológica. No es un texto que se lee solamente con los ojos, sino con la piel, con la respiración y, sobre todo, con la raíz.

La historia se sitúa en lo más alto de la cordillera andina, donde el río Arma nace como vena sagrada y las palmas de cera se elevan como columnas de un templo sin muros. Allí vive Soreyma, una joven indígena que, lejos de empuñar armas, defiende su territorio a través de la danza. Su cuerpo no es objeto, es lenguaje. Su danza no es adorno, es pacto. No lucha para dominar, sino para proteger. No grita: convoca. No mata: siembra.

Desde el inicio, el texto deja claro que no está hablando de fantasía, sino de otra forma de realidad. Como dice su prólogo: “Dicen que hay lugares donde la tierra no olvida. Donde el viento no solo sopla, sino que habla. Donde los árboles no solo crecen, sino que recuerdan.” Esa frase nos prepara para entender que no estamos frente a un realismo mágico decorativo, sino a un realismo profundamente enraizado en la cosmovisión de los pueblos indígenas: un mundo donde las palmas son ancestros, donde el río piensa y donde la danza es una forma de diálogo con la tierra.

La historia de Soreyma no es solo la historia de una mujer, sino de un territorio y de su memoria. Cuando llegan los conquistadores —no con preguntas, sino con espadas y cruces— Soreyma no responde con violencia. Danzando, desarma. Danzando, protege. Danzando, se vuelve símbolo. No porque la danza sea ingenua, sino porque es la encarnación de un principio que nuestra modernidad perdió: la fuerza no está en el poder sobre la tierra, sino en el vínculo con la tierra.

Cuando la historia avanza, comprendemos que Soreyma no desaparece: se transforma. La novela lo dice así: “Soreyma no murió. Se sembró.” Esa es una de las claves más hermosas del texto: la muerte no es final, es tránsito. La memoria no es museo, es raíz. Un cuerpo puede desaparecer, pero el gesto que encarnaba puede seguir vivo en otros cuerpos, en otras épocas. Y eso es exactamente lo que ocurre cuando aparece Yorlady, la niña de ojos verdes que hereda la danza, la guardia y el llamado de la montaña.

Lo que antes fue resistencia contra la espada, ahora es resistencia contra la máquina. Lo que antes fue conquista militar, ahora es conquista económica. Cambian los actores, pero no cambia el conflicto: la tierra vuelve a ser amenazada. Ya no son soldados con armadura, ahora son ingenieros con planos. Ya no traen cruces, sino contratos. Pero la respuesta vuelve a ser la misma: cuerpo y memoria.

Allí aparece el mensaje más profundo del libro: la historia no se repite, se reencarna. Soreyma y Yorlady no son dos mujeres distintas: son la misma fuerza que aparece cuando el territorio necesita una guardiana. La novela no trabaja el tiempo como una línea, sino como una espiral. Lo que vuelve, no vuelve igual: vuelve más consciente.

El autor, Eleuterio Gómez Valencia, no escribe desde la fantasía sino desde un respeto real hacia la memoria de los pueblos andinos. No estetiza lo indígena, lo honra. No romantiza la naturaleza, la reconoce como sujeto. No convierte la cosmovisión en alegoría, sino en verdad narrativa. Y eso nos obliga como lectores a algo importante: no leer desde el exotismo, sino desde la responsabilidad.

Porque lo que aquí se defiende no es una leyenda hermosa, sino un modelo del mundo completamente distinto al occidental. Un modelo donde la naturaleza no es “recurso” sino pariente, donde la memoria no se archiva sino que se danza, donde el tiempo no borra sino que germina. Por eso, cuando Yorlady se enfrenta a las empresas que quieren talar el bosque, no usa discursos políticos: danza. Y la danza detiene máquinas. ¿Por qué? Porque no está sola. Porque el bosque danza con ella. Porque lo sagrado no es una idea: es una presencia.

Este libro también es un manifiesto ambiental, pero no uno que se escribe desde la culpa o la estadística. Es un manifiesto desde la belleza. Nos recuerda que el problema ecológico no es técnico, sino espiritual. No destruimos la tierra porque no sepamos que la necesitamos, sino porque hemos olvidado que la amamos. Quien ama un bosque no lo mide en hectáreas. Quien ama una palma no la convierte en madera. Quien recuerda que un río es un ancestro no lo canaliza en cemento.

Por eso la novela no nos dice “defiendan el ambiente”, sino algo mucho más hondo: recuerden que el ambiente también los defiende a ustedes. No somos salvadores de la tierra; somos parte de ella. Si la rompemos, nos rompemos. Si la olvidamos, nos disolvemos. Si la traicionamos, perdemos el lenguaje más antiguo: el del vínculo.

En un mundo saturado de discursos y teorías, Soreyma, la Guardiana de la Palma de Cera nos ofrece otra vía: el gesto, el cuerpo, la danza. No como espectáculo, sino como conocimiento. No como arte, sino como pacto. No como entretenimiento, sino como forma de decir “yo pertenezco”.

Quisiera cerrar con una frase del libro que resume su sentido completo: “Hay desapariciones que no borran. Que siembran.” Esa es la clave más profunda del relato. La cultura occidental cree que el poder está en el dominio, en la permanencia material. Pero la memoria ancestral sabe que lo verdaderamente eterno no es lo que se impone, sino lo que germina. No vence quien mata, sino quien se transforma. No resiste el que más grita, sino el que sigue brotando.

Soreyma no es una heroína porque venció, sino porque volvió. Yorlady no es una heredera porque repite, sino porque reencarna. Este libro no es una historia bonita: es un llamado. No está hecho para cerrarse después de leerlo, sino para abrir preguntas que el lector debe decidir si vive o si entierra.

Porque, como dice el texto en su primer soplo poético:
“Hay lugares donde la tierra no olvida.”

Tal vez lo que la novela nos pregunta es si nosotros todavía somos capaces de recordar.

—————————————

* Samanta Schweblin es una escritora argentina. Considerada una de las escritoras más destacadas de la literatura argentina y latinoamericana contemporáneas, ha sido traducida a más de cuarenta idiomas y recibido numerosos premios internacionales.
Premio: National Book Award for Translated Literature

2 respuestas

  1. Cobra vigencia el dicho, «nadie es profeta en su tierra». Más que una síntesis del libro este es un homenaje al escritor, quien plasma en líneas sus vivencias y recuerdos de una hermosa región que le vio crecer. Textos que invito a leer.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *