Resulta incomprensible que, después de todo lo que sabemos acerca de la inteligencia artificial, todavía haya quienes crean que puede sustituir al ser humano. No es una afirmación ligera ni una postura romántica: es una convicción que nace de la experiencia, del oficio, de la memoria y del respeto por lo humano. La inteligencia artificial es, sin duda, una herramienta poderosa. Ejecuta procesos, optimiza tareas, resuelve problemas técnicos con una velocidad que asombra. Pero no puede reemplazarnos. No puede sentir, no puede discernir, no puede amar ni dudar. No puede escribir desde el temblor de una emoción ni pintar desde la herida de una ausencia. Está programada para cumplir instrucciones, no para pensar críticamente ni distinguir entre el bien y el mal. Y eso, aunque parezca obvio, hay que repetirlo.
Recientemente, una persona dedicada al arte —alguien que no es mi amigo, pero sí muy admirada por mí y valorada por la comunidad— expresó un concepto que me dejó perplejo. Comentando una novela corta que escribí, dijo: “Personalmente no me llama la atención las imágenes de IA, porque siento que está acompañada por un artículo escrito con la misma técnica de IA”. No fue una crítica técnica ni una observación estética. Fue una descalificación. Una forma de decir que lo creado no tenía alma, que lo escrito no tenía origen humano, que lo presentado era una simulación.
Confieso que lejos de parecerme gracioso, aquello me resultó profundamente chocante. Y más aún viniendo de una persona dedicada al arte. Porque si hay algo que el arte debería preservar es la capacidad de ver más allá de la superficie, de reconocer la intención, de distinguir entre el uso de una herramienta y la negación de una voz. El arte no debería ser tribunal, sino puente. No debería excluir, sino invitar. No debería juzgar desde el prejuicio, sino comprender desde la sensibilidad.
Como seres humanos, debemos comprender que, aunque existan herramientas que nos apoyen en los procesos creativos o técnicos, la tecnología no puede hacer lo que los humanos sensibles y creativos podemos hacer. Puede ayudarnos, sí. Puede inspirarnos, incluso. Pero no puede sustituirnos. Porque la creación no es solo resultado. Es proceso. Es duda. Es contradicción. Es historia. Es contexto. Es memoria.
En un mundo tan tecnológico como el actual, es cierto que debemos reinventarnos y mirar hacia el futuro. Pero también debemos recordar que conservar nuestras ideas, cultivar el conocimiento y abrazar el porvenir con inteligencia es un deber ético y humano. No podemos entregar nuestra voz a los algoritmos ni nuestra mirada a los filtros. No podemos permitir que la velocidad reemplace la reflexión ni que la eficiencia desplace la emoción.
Las herramientas tecnológicas son avances, no sustitutos de nuestra mente. Pueden servirnos, como Alexa o ChatGPT, para investigar o nutrir nuestro conocimiento. Pero pretender que sustituyan al ser humano es una ilusión peligrosa. Porque ninguna inteligencia artificial podrá reemplazar la sensibilidad, el juicio o la empatía que guían nuestras acciones. Ninguna podrá escribir desde el duelo, desde la esperanza, desde la infancia. Ninguna podrá narrar la historia de un pueblo con la voz temblorosa de quien lo ha habitado. Ninguna podrá mirar a los ojos de un lector y decirle: “Esto que lees, lo viví”.
La crítica que recibí no me dolió por el contenido. Me dolió por lo que revela: una tendencia creciente a deshumanizar la creación, a sospechar de lo que se presenta con herramientas nuevas, a confundir el medio con el mensaje. Me dolió porque pone en evidencia una fractura entre quienes creen que la tecnología es amenaza y quienes creemos que puede ser aliada. Me dolió porque, en lugar de abrir un diálogo, cerró una puerta.
Y sin embargo, no respondo con rabia. Respondo con palabra. Porque creo que la palabra es el lugar donde podemos encontrarnos. Donde podemos explicar, compartir, disentir. Donde podemos decir: “Esto lo escribí yo, con mis manos, con mis recuerdos, con mis dudas”. Donde podemos decir: “Sí, usé una herramienta, pero la intención es mía, el ritmo es mío, la emoción es mía”.
La inteligencia artificial puede generar textos, sí. Pero no puede escribir una crónica como esta. No puede recordar el temblor de una crítica inesperada. No puede sentir la incomodidad de una descalificación. No puede decidir responder con respeto y firmeza. No puede elegir el tono, el ritmo, la pausa. No puede saber que hoy, mientras escribo, hay una lluvia suave cayendo sobre mi ventana, y que esa lluvia me acompaña, me inspira, me calma.
La creación humana es irreemplazable porque está hecha de contexto. De historia. De cuerpo. De contradicción. De silencio. De error. De intuición. De ética. De memoria. De deseo. De miedo. De amor. De todo lo que no cabe en un código. De todo lo que no se puede programar.
No estoy en contra de la tecnología. El uso, la exploro, la celebro. Pero no la confundo con la vida. No la confundo con el arte. No la confundo con la palabra. Y por eso escribo esta crónica. Para decir que sí, podemos usar herramientas. Pero no debemos olvidar que somos más que ellas. Que somos quienes las crean, quienes las guían, quienes las cuestionan.
La crítica que recibí me hizo pensar. Me hizo escribir. Me hizo reafirmar que, aunque el mundo avance, aunque las máquinas aprendan, aunque los algoritmos se perfeccionen, hay algo que no podrán replicar: la humanidad. Y esa humanidad está en cada palabra que elegimos, en cada silencio que respetamos, en cada historia que contamos.
Porque escribir no es solo juntar frases. Es construir puentes. Es sembrar preguntas. Es abrir caminos. Es tocar el alma de quien lee. Y eso, por ahora —y espero que por siempre— solo lo puede hacer un ser humano.

