«Primero se llevaron a los comunistas, pero a mi no me importó porque yo no lo era; enseguida se llevaron a unos obreros, pero a mí no me importó porque yo tampoco lo era, después detuvieron a los sindicalistas, pero a mí no me importó porque yo no soy sindicalista; luego apresaron a unos curas, pero como yo no soy religioso, tampoco me importó; ahora me llevan a mí, pero ya es demasiado tarde».
Bertolt Brecht.
En la célebre novela La Peste de Albert Camus, los habitantes de Orán normalizan la presencia de ratas muertas en las calles, un síntoma inicial de la plaga que pronto devastará la ciudad. En Salamina, de manera similar, hemos aprendido a convivir con una enfermedad silenciosa, pero no menos destructiva: el conformismo político, la indiferencia ciudadana y la resignación ante un sistema que perpetúa las mismas prácticas, los mismos apellidos y las mismas promesas vacías. Esta «peste» no se manifiesta con fiebre ni cuarentenas, sino con una apatía que nos ha llevado a aceptar lo inaceptable, a normalizar lo que debería indignarnos.
¿Por qué, en una tierra tan rica en historia, cultura y talento, seguimos atrapados en este ciclo de estancamiento? ¿Por qué, a pesar de las quejas susurradas en los cafés, en los mercados y en las veredas, las cosas no cambian? La respuesta es incómoda pero inescapable: porque hemos permitido que las «ratas políticas» —el clientelismo, la corrupción, la falta de liderazgo genuino— se acumulen frente a nosotros sin hacer nada al respecto. Decimos frases como: «En mi vereda no pasa eso», «Siempre ha sido así» o «Más vale malo conocido que bueno por conocer». Y con cada una de estas excusas, cedemos un poco más de nuestro poder, un poco más de nuestro futuro.
Salamina no merece esto. No es cualquier lugar. Es la Ciudad Luz, cuna de pensadores, educadores, artistas y periodistas que dejaron una huella imborrable en la historia de Colombia. Aquí nació la Tertulia Literaria, un movimiento que dio voz a la creatividad y al pensamiento crítico. Aquí se forjaron ideas que trascendieron fronteras, aquí se cultivó un amor profundo por lo público, por la educación, por la cultura. ¿Cómo es posible que esa herencia haya sido opacada por la comodidad, por la falta de opciones reales o por el miedo a cambiar?
La respuesta no está en elegir entre «izquierda» o «derecha», entre el «patrón de siempre» o el «redentor de moda». Salamina no necesita más populismo ni mesianismo. Lo que necesita es un liderazgo auténtico, un liderazgo que no dependa de un equipo de publicidad que inunde las redes sociales con fotos diarias del candidato, tres o cuatro veces al día, para vender una imagen vacía. Necesitamos un líder de verdad, alguien que no se limite a posar para la cámara, sino que actúe, que gestione, que escuche. Un líder que no se crea el dueño de la verdad, sino que valore las propuestas de los ciudadanos, que estudie los proyectos de los demás, que los incorpore si son viables, o que al menos los analice con seriedad.
Este líder debe ser alguien que camine junto a la gente, no que gobierne desde una oficina aislada. Debe ser alguien que entienda las necesidades de las veredas, de los barrios, de los mercados, de las plazas. Alguien que no hagas promesas grandilocuentes para ganar votos, sino que demuestre con hechos su compromiso con el bienestar colectivo. Porque Salamina no necesita más palabras; necesita acción, gestión, resultados.
Uno de los ejemplos más urgentes de esta necesidad de gestión es el Teatro Municipal. Este espacio, que debería ser un símbolo de la riqueza cultural de Salamina, lleva años en el abandono, convertido en un recuerdo de lo que fuimos en lugar de un motor para lo que podemos ser. Un líder verdadero no permitiría que este patrimonio se desmorone. Gestionaría los recursos necesarios, buscaría alianzas, movilizaría a la comunidad para devolverle al teatro su lugar como epicentro de la vida cultural. No se trata solo de restaurar un edificio; se trata de recuperar nuestra identidad, de darle a las nuevas generaciones un lugar donde el arte, la música y el pensamiento crítico puedan florecer nuevamente.
Otro desafío que exige liderazgo real son los barrios Palenque, El Playon y El Establo. Estos sectores, como tantos otros en Salamina, enfrentan problemas estructurales que no se resuelven con discursos vacíos ni con fotos oportunistas en redes sociales. La falta de infraestructura adecuada, el acceso limitado a servicios básicos y las dificultades económicas de sus habitantes son realidades que requieren una gestión seria, transparente y comprometida. Un líder de verdad no se limitaría a recorrerlos en campaña ni a prometer soluciones que nunca llegan. Buscaría recursos a nivel departamental y nacional, establecería prioridades claras y trabajaría de la mano con la comunidad para construir respuestas sostenibles. Actuaría, rendiría cuentas y demostraría con hechos —no con propaganda— que el cambio es posible y que la dignidad de estos barrios no se negocia.
Pero este cambio no puede depender solo de un líder. La verdadera transformación de Salamina comienza con un despertar ciudadano. Somos nosotros, los salamineños, quienes debemos romper con el conformismo, con la costumbre de votar por los mismos apellidos, por los mismos favores, por las mismas promesas vacías. Somos nosotros quienes debemos exigir más, quienes debemos votar con conciencia, no con miedo. Porque, como dice Camus en La Peste: «La plaga no está hecha a la medida del hombre, por eso el hombre piensa que es irreal… pero la estupidez insiste siempre». No podemos permitir que la estupidez del pasado siga gobernando nuestro futuro.
Imaginemos por un momento una Salamina distinta. Una Salamina donde el Teatro Municipal vuelve a ser un faro de cultura, donde las noches se llenan de música, teatro y poesía. Una Salamina donde el barrio Palenque cuenta con calles reparchadas, servicios básicos garantizados y oportunidades reales para sus habitantes. Una Salamina donde El Playón y El Establo no siguen perdiendo viviendas por culpa de los hundimientos y las fallas geológicas, porque hay estudios serios, gestión técnica y voluntad política para proteger a las familias. Una Salamina donde los jóvenes no tienen que irse para encontrar futuro, porque aquí hay educación de calidad, empleo digno y espacios para la creatividad. Una Salamina donde los líderes no se enriquecen a costa del pueblo, sino que sirven con humildad, rinden cuentas y trabajan por el bienestar colectivo. Una Salamina que no se maquilla para la foto, sino que se transforma desde la raíz.
Ese sueño no es una utopía. Es una posibilidad real, pero solo si actuamos. No estamos solos. Somos muchos los que soñamos con una Salamina viva, digna, próspera. Somos muchos los que creemos que esta tierra merece más que el conformismo y la resignación. Pero ese sueño solo se hará realidad si nos unimos, si dejamos de lado las divisiones, si trabajamos juntos por un objetivo común.
En las próximas elecciones, no votes por el candidato que más fotos publica en redes sociales. No votes por el que te ofrece un favor a cambio de tu voto. No votes por el que te promete el cielo y la tierra sin un plan claro. Vota por alguien que escuche, que gestione, que incluya. Vota por alguien que entienda que el poder no le pertenece, sino que es un mandato del pueblo. Vota por Salamina. Vota por ti.
Salamina está enferma, pero no de una peste incurable. Está enferma de conformismo, de apatía, de resignación. Y la cura está en nuestras manos. Depende de nosotros, los ciudadanos, elegir un liderazgo que nos represente, que nos inspire, que nos devuelva la confianza en lo que podemos lograr juntos. Depende de nosotros despertar, actuar, transformar.
Como decía Camus, la plaga siempre está al acecho, pero también lo está la capacidad humana para resistir, para luchar, para construir. Salamina no está condenada a la mediocridad. Salamina puede brillar de nuevo, pero solo si decidimos que ya no queremos vivir entre ratas. Que ya no queremos normalizar lo que nos destruye. Que ya no queremos conformarnos con menos de lo que merecemos.
El futuro de Salamina no está en las manos de los mismos de siempre. Está en las tuyas. Está en las mías. Está en las nuestras. Despertemos. Actuemos. Construyamos la Salamina que soñamos. Porque esta Ciudad Luz no merece menos que un liderazgo de verdad, un liderazgo del pueblo y para el pueblo.


2 respuestas
Es hora de que pensemos que le vamos a dejar a las futuras generaciones. Hagamos el cambio por nosotros mismos. Es ahora o nunca
Muy bien por hacer entender a este poeblo la manada de vendidos, ya ni los veedores hablan, ya los tienen en silencio (pagados). Felicitaciones por los comentarios y darle a entender al pueblo lo q esta sucediendo.