Abstención: democracia de minorías y legitimidad erosionada

La abstención electoral debilita la legitimidad del poder, deteriora el tejido social y promueve desigualdad. Votar es un acto de dignidad y resistencia frente a la corrupción y la apatía. Colombia necesita ciudadanía activa, crítica y comprometida para recuperar la esperanza y fortalecer la democracia.
La abstencion en Salamina

El primer efecto directo de la abstención es la ilegitimidad del poder. Un presidente elegido por el 20 o 25% del total del censo electoral carece de un mandato sólido. Gobierna para una parte pequeña del país, y muchas veces responde más a intereses partidistas que a los intereses nacionales.

En segundo lugar, se deteriora el tejido social. Si la política es percibida como “algo sucio” de lo que es mejor no participar, se deja el espacio libre para que lo ocupen quienes sí tienen interés: los corruptos, los oportunistas, las mafias políticas. No existe el vacío en política: si el ciudadano decente se abstiene, el delincuente avanza.

Tercero, se promueve un círculo vicioso de desigualdad y exclusión. Las políticas públicas, los presupuestos y las decisiones clave se hacen en función de quienes votan, no de quienes se abstienen. Si los jóvenes, los campesinos, los indígenas o los sectores populares no participan, no serán tenidos en cuenta.

El voto como acto de dignidad y resistencia
Frente a este panorama desolador, es necesario revalorizar el voto como un acto político profundamente transformador. Votar no es simplemente marcar una casilla: es una afirmación de existencia, una toma de posición frente al país que queremos construir.

En un país donde la corrupción, la violencia y la desigualdad han erosionado la confianza, ejercer el derecho al voto debe convertirse en un gesto de resistencia. Votar informado, libre y conscientemente es un acto revolucionario en contextos donde se nos quiere ignorantes, manipulables o indiferentes.


¿La culpa es del pueblo? Una mirada crítica a la responsabilidad colectiva
Es común —y tentador— culpar al pueblo por su abstención. Y sí, existe una responsabilidad individual y colectiva. Pero esa culpa no puede analizarse sin contexto. La despolitización del ciudadano ha sido promovida por décadas de violencia, desigualdad, manipulación mediática y abandono estatal.

Sin embargo, no se puede seguir justificando la abstención como una herida histórica. Es momento de asumir responsabilidad. En democracia, no votar no es neutral: es permitir que otros —una minoría— decidan por ti. Es entregar el poder al más astuto, al más corrupto o al mejor financiado. Es legitimar, con la omisión, el mismo sistema que se critica en la conversación de esquina o en las redes sociales.

¿Qué hacer? Urgencias para revivir la participación
Combatir el abstencionismo no es tarea fácil, pero tampoco imposible. Requiere una combinación de reformas institucionales, campañas de educación cívica y una revitalización del debate público. Para cambiar esta realidad, se requieren transformaciones estructurales y culturales:

Educación cívica real y crítica: Debe incluirse de manera transversal en la educación primaria, secundaria y universitaria. No se trata solo de enseñar cómo se elige un alcalde, sino de formar ciudadanos conscientes de su papel en la democracia. La formación política no debe limitarse a los periodos electorales. Desde los niveles básicos de educación se debe fomentar una cultura democrática, con ejercicios prácticos de participación, deliberación y toma de decisiones colectivas.

Reforma profunda al sistema electoral: Voto obligatorio (como en otros países), incentivos por participación, mejor acceso al voto en zonas rurales y depuración del censo son algunas medidas urgentes. Mejorar la logística electoral, garantizar la seguridad en zonas rurales, permitir el voto electrónico o anticipado, y acercar las urnas a comunidades apartadas, son medidas que pueden reducir las barreras prácticas para votar.

Lucha frontal contra el clientelismo: No bastan los discursos: se requieren investigaciones, sanciones ejemplares y vigilancia ciudadana permanente. La compra de votos debe ser castigada como un crimen contra la democracia. El Estado debe mostrar resultados visibles en la lucha contra la corrupción. La impunidad alimenta la desconfianza. Castigar de manera ejemplar a los corruptos y depurar las instituciones es esencial para recuperar la fe ciudadana.

Campañas de concienciación masivas: Desde medios, redes sociales, universidades y comunidades. Participar debe ser visto como un acto de poder, de dignidad y de esperanza, no como una pérdida de tiempo. Es necesario que los medios de comunicación, las organizaciones sociales y las figuras públicas lideren campañas contundentes que expliquen por qué votar importa. Estas campañas deben conectar el voto con temas cotidianos: salud, educación, transporte, empleo, etc.

Colombia no cambiará por obra de milagros ni por discursos huecos. Cambiará cuando las mayorías dejen de ser espectadoras y se conviertan en protagonistas. Mientras más del 50% de los colombianos sigan cruzados de brazos, otros seguirán robando, manipulando y decidiendo.

La democracia es un músculo que se atrofia si no se usa. Y hoy, el músculo ciudadano colombiano está débil, adormecido por la apatía, la desconfianza y el resentimiento. Es hora de despertar, de votar con conciencia, de participar activamente, de hacer de la política algo digno y propio. Porque si no lo hacemos, otros lo harán —y no necesariamente en beneficio de todos—.

La abstención electoral en Colombia no es simplemente un problema técnico o logístico. Es un síntoma profundo de la fractura entre el Estado y la sociedad, entre los ciudadanos y su sentido de pertenencia. Mientras más del 50% del país decida no votar, no podremos hablar de una verdadera democracia.

Y lo más grave no es solo que se abstengan, sino que, al hacerlo, entregan el país a una minoría que muchas veces compra votos, manipula conciencias o simplemente se beneficia de la apatía ajena. En esa omisión voluntaria está la raíz de muchos de nuestros males: la corrupción, la desigualdad, la impunidad.

Colombia necesita una ciudadanía activa, informada, crítica y comprometida. Recuperar el valor del voto es recuperar la esperanza de un país más justo y más nuestro. Porque, al final, quienes no votan no solo renuncian a su derecho, sino que también traicionan su deber.

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