Parte una hija de raíces fundadoras: la memoria que nunca muere

En el cierre del año, Salamina llora la partida de María del Socorro Giraldo Gómez, “Maruja”, quien se une al último viaje de una generación de primos que acompañan a don Eleuterio y a José Nicolás Gómez, primer juez del pueblo en 1827. Su ausencia nos recuerda la fuerza de la familia Gómez en la historia del viejo Caldas y la necesidad de mantener viva la memoria de quienes sembraron cultura, servicio y esperanza.

Finaliza un nuevo año y Salamina, nuestro pueblo patrimonio, vuelve a sentir en el pecho ese golpe silencioso que dejan las despedidas. Diciembre —con su música, sus novenas, sus balances y sus promesas— también tiene una manera particular de recordarnos que el tiempo no solo pasa: también se lleva. Y cuando se lleva a alguien que encarna el origen, la familia y la memoria, el duelo no se limita al corazón de los suyos; se ensancha como una neblina sobre las calles rectas, sube por los aleros de las casas antiguas y se queda un momento suspendido en la plaza, como si el pueblo entero respirara más despacio.


El pasado 28 de diciembre, Día de los Inocentes —fecha paradójica donde la tradición juega con lo ligero— emprendió su último viaje una prima muy querida: María del Socorro Giraldo Gómez, “Maruja” para nosotros. Y al decir “para nosotros” no se nombra solo un apodo familiar: se invoca una cercanía hecha de sobremesas, llamadas, recuerdos compartidos, historias repetidas con cariño, esas pequeñas escenas que la vida va guardando sin avisar que algún día serán tesoro y consuelo. Sus exequias se realizaron ayer en Jamundí Valle del Cauca, en medio del afecto de su familia y sus allegados, con ese abrazo colectivo que no resuelve el dolor, pero lo acompaña; con esa presencia que no reemplaza a quien se va, pero confirma que el amor queda.


Hay muertes que parecen un rayo aislado y hay otras que se sienten como parte de un mismo clima. La partida de Maruja no es un hecho solitario: se suma a la de otros primos que, poco a poco, han ido respondiendo al llamado de la sangre y de la historia. Hace apenas unos meses nos dejó Alba Gómez, y con ella también se movió una piedra del cimiento invisible que sostiene a las familias. Entonces uno entiende que no es solo el duelo por una persona: es la conciencia de que una generación —la que nació con el pueblo aún cerca del fogón, la que creció con la palabra “Salamina” como un destino escrito en la frente— va cerrando el círculo de su paso por este mundo.


Es como si quienes un día partimos de nuestra patria chica para buscar horizontes en otras ciudades de Colombia estuviéramos siendo convocados, uno a uno, a una reunión final. No una reunión cualquiera, sino esa que imaginamos en la morada celestial, donde ya aguardan don Eleuterio Gómez Aristizábal y José Nicolás Gómez, aquel primer juez de Salamina en 1827, uno de los fundadores y figura clave en la construcción del viejo Caldas. Al nombrarlos, no hacemos un gesto de erudición: hacemos un acto de pertenencia. Decimos, sin decirlo, que nuestras historias personales no flotan en el vacío, que vienen atadas a un tronco antiguo, a una rama que sigue dando frutos aunque el tiempo intente secarla.


Hoy somos cada vez menos los que quedamos de esa generación. Y esa certeza —que a veces aparece en los velorios, en las misas, en los mensajes nocturnos que uno envía para no sentirse tan solo— nos obliga a mirar la vida con otra hondura. De pronto, lo urgente pierde brillo; lo esencial, en cambio, se ilumina. Valoramos más la memoria, cuidamos las raíces, entendemos que cada partida también nos deja una tarea: recordar con responsabilidad, nombrar con respeto, transmitir con amor. Porque lo que no se cuenta se borra, y lo que se borra se vuelve doble muerte.


La familia de Nicolás Gómez no solo fue pionera en lo jurídico y lo político; fue semilla de cultura, de servicio y de compromiso comunitario. En esa estirpe —que no es solo apellido, sino manera de estar en el mundo— hubo gente que levantó caminos y también conciencias, que ayudó a ordenar la vida pública sin perder la ternura de la vida privada. Sus hijos y descendientes, con el paso de los años, fueron sumando oficios, labores, decisiones, sacrificios. En la historia regional quedan los nombres visibles; pero en la historia íntima quedan los gestos: la mano extendida, el consejo oportuno, la presencia en la hora difícil, la disciplina del trabajo bien hecho, la preocupación por el vecino y por la comunidad.


Y en medio de esa trama, Maruja representa algo que se está volviendo raro en estos tiempos: la permanencia del espíritu salamineño aun cuando la distancia obliga a cambiar de paisaje. Porque muchos tuvimos que salir. Salimos por estudio, por trabajo, por amor, por necesidad, por azar. Salimos con la promesa de volver “algún día” y con el peso dulce de saber que, pasara lo que pasara, Salamina sería una palabra que nos seguiría explicando. Y en esa migración silenciosa —tan común en las familias del Eje Cafetero— hubo personas que lograron llevar el pueblo adentro sin convertirlo en nostalgia inútil. Lo llevaron como brújula: para no olvidar de dónde venimos, para entender por qué somos como somos, para mantener cierta dignidad sencilla en el trato con los demás.

Por eso, la partida de Maruja no es solo un duelo íntimo; es también un momento de reflexión colectiva. Nos pregunta —sin voz, pero con fuerza— qué estamos haciendo con lo recibido. Nos recuerda que una identidad no se preserva solo con declarar un patrimonio, ni con tomar fotos de balcones bellos, ni con repetir orgullos de manual. Una identidad se preserva con la memoria viva: con la palabra que nombra a los mayores, con la historia familiar que se cuenta a los hijos, con el respeto por lo que costó construir lo que hoy disfrutamos.


Maruja, como tantas mujeres de esa generación, seguramente sostuvo mundos que casi nunca aparecen en las crónicas oficiales. Mundos domésticos y, por eso mismo, esenciales: el cuidado, la organización, el vínculo, la fortaleza cotidiana. Tal vez su grandeza no estuvo en los discursos, sino en la manera de estar; en la paciencia con que enfrentó lo propio y lo ajeno; en esa forma de acompañar sin hacer ruido, de querer sin exhibirse. Y cuando muere alguien así, lo que duele no es solo la ausencia: duele el silencio que deja un tipo de presencia que parecía garantizada.


Con todo el amor saludamos a Martha y Carlina, sus hermanas, a sus sobrinas y a todos los allegados que hoy sienten el vacío. Que el consuelo llegue como llegan las palabras sinceras: sin prisa y sin maquillaje, pero firmes. Que llegue en forma de recuerdo compartido, de anécdota repetida, de oración sencilla, de abrazo que no explica nada y, sin embargo, sostiene. Que llegue con la certeza de que la memoria no muere, de que la raíz se mantiene, y de que la cultura —esa que nos hizo pueblo, familia y comunidad— es también un acto de resistencia y de amor.


Así, mientras despedimos a Maruja, reafirmamos que cada vida que parte se convierte en un hilo más del tejido que nos une a nuestra tierra y a nuestra historia. Porque cuando se va una hija de raíces fundadoras, no solo se apaga una vida: se enciende la memoria. Y con ella se enciende la responsabilidad de cuidar el relato, de mantener los nombres, de defender la dignidad de lo que fuimos. Que Salamina siga siendo faro de identidad y patrimonio para las generaciones que vendrán, no como un museo quieto, sino como un corazón que late en la palabra, en la familia, en la gratitud.


Que Maruja descanse en paz. Y que nosotros, los que aún quedamos caminando esta orilla, sepamos honrarla viviendo con la misma sencillez y fortaleza con que ella —y tantos de los nuestros— mantuvieron encendida la lámpara de la pertenencia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *