Rincón de Timoteo: chismes, críticas y verdades de Caldas entero

Timoteo ya no se queda quieto en Salamina ni en el norte de Caldas. Ahora va a salir en cualquier momento, con notas que pueden ser de cualquier rincón del departamento y del país. Chismes, críticas y verdades sin filtro, porque la lengua de Timoteo no se calla ni con aguardiente

1 ¡Bueno, carajo! Aquí arranca Timoteo con la lengua más filosa que machete nuevo. No venimos a echarle azúcar a la verdad ni a repetir comunicados oficiales. Aquí se cuenta lo que se oye en las esquinas, lo que se murmura en las fondas y lo que se cocina en los pasillos del poder.


Hasta ahora nos habíamos dedicado a los chismes sabrosos de Salamina y del norte de Caldas, pero como la vida no se queda quieta y el país anda más movido que burro en feria, vamos a ampliar la mirada. De ahora en adelante, además de los cuentos de la patria chica, también vamos a despachar de vez en cuando los chismes más relevantes del resto de Caldas y, por qué no, del país entero.


Porque mientras en las veredas se habla de quién se casó, quién se peleó y quién anda estrenando sombrero, en Bogotá se cocinan decisiones que nos afectan a todos, y aquí en el Rincón de Timoteo no vamos a quedarnos callados.


Y ojo con esto: vamos a dejar de salir únicamente los domingos. A partir de ahora, El Rincón de Timoteo aparecerá cuando menos lo esperen, cada vez que tengamos reunidas unas cuatro o cinco notas. Eso significa que estaremos muy atentos a lo que ocurra en Salamina, en Caldas y en el país.


Eso sí, los domingos seguiremos con un Rincón de Timoteo recargado, más hablador, más crítico y con más picante que nunca.


Así que prepárense: este año la columna viene con más chispa, más mordida y más ganas de ponerle lupa a los enredos nacionales, esos que se disfrazan de política, economía o cultura, pero que al final son chismes de alto calibre.


2 ¡Hijuepucha pues! Otra vez nos quieren vender humo con el aumento del salario mínimo, justo cuando huele a elecciones. Como si el pueblo fuera tan ingenuo que se tragara entero ese cuento. Dos millones suenan a gloria, pero la realidad es más dura que piedra de molino. Claro, suena bonito: dos millones pa’ que la gente crea que ahora sí va a vivir mejor. Pero dígame usted, ¿qué hace un pobre con dos millones cuando la canasta familiar vale tres? Eso es como darle un sombrero nuevo al arriero y dejarlo sin mula pa’ cargar.


El problema no es que suban el mínimo, sino que lo hacen sin pensar en la tiendita del barrio, en el campesino que contrata un ayudante, en el pequeño negocio que apenas sobrevive. A esos les toca pagar más, y como no aguantan, terminan echando gente o metiéndolos a la informalidad. Y ahí sí, el remedio sale peor que la enfermedad.


Y mientras tanto, el país partido en dos: unos celebrando el aumento como si fuera la salvación, otros diciendo que es la ruina. La polarización está tan brava que ya ni se puede hablar sin que lo tilden de “uribista” o “petrista”. ¡Qué pereza! Colombia necesita menos discursos de tarima y más soluciones reales. Porque al final, el pueblo sigue igual: con el bolsillo vacío y la paciencia llena de agujeros.


3.- ¡Carajo! Nos pintan el aumento del salario mínimo como si fuera milagro de diciembre, pero nadie dice lo que viene detrás. Porque no es solo el sueldo: cada peso que sube arrastra parafiscales, salud, jubilación y primas. Y ahí es donde el patrón se ahoga y el obrero se queda viendo un chispero. Porque no es solo el sueldo, hermano: cuando sube el mínimo, también suben los parafiscales, los aportes a salud, la jubilación y hasta las primas. Eso quiere decir que al patrón le toca pagar más por cada trabajador, y como no le alcanza, termina echando gente o metiéndolos a la informalidad.


El obrero cree que ganó, pero la empresa pequeña se ahoga. El tendero que contrata un ayudante, el campesino que necesita un jornalero, el dueño de la panadería… todos sienten el golpe. Y ahí es donde el aumento se convierte en un arma de doble filo: más plata en el papel, pero menos puestos en la realidad.


Y mientras tanto, los políticos felices, porque justo antes de elecciones se llenan la boca diciendo que “defienden al pueblo”. ¡Qué descaro! El pueblo no necesita discursos, necesita estabilidad. Porque de qué sirve que le suban el sueldo si al mismo tiempo le suben el precio del arroz, la carne y hasta el pasaje.
La polarización sigue igual: unos aplauden como si fuera justicia divina, otros gritan que es populismo barato. Y en medio de esa pelea, el trabajador queda solo, pagando más aportes y con menos oportunidades. Timoteo lo dice claro: el aumento del mínimo sin productividad es como echarle aguardiente a un fogón, arde bonito… pero se apaga rápido.


4.- ¡Maldita sea! En La Dorada el agua se volvió chisme eterno. No porque falte río, sino porque la famosa Empocaldas no da pie con bola. La gente paga caro por un servicio que llega a medias, mientras el gerente se esconde detrás de comunicados. La gente se cansa de pagar recibos caros por un servicio que llega a medias, con cortes, con reclamos que nadie atiende y con promesas que se quedan en el aire.


El gerente de Empocaldas, que debería estar al frente dando soluciones, aparece más en comunicados que en la calle. Y el pueblo, que no se chupa el dedo, ya sabe que cada vez que hablan de “planes de mejoramiento” es otro cuento para alargar la espera. Mientras tanto, las tuberías viejas revientan, los barrios sufren, y el agua que debería ser derecho se convierte en lujo.


Lo más bravo es que este problema no es nuevo: lleva años, gobiernos y gerentes, y siempre la misma cantaleta. En La Dorada, la paciencia se agota. La gente quiere agua limpia, constante y digna, no discursos ni excusas.


Timoteo lo dice sin rodeos: Empocaldas se volvió un dolor de cabeza para Caldas, y en La Dorada la rabia crece como río desbordado. El gerente tiene que dejar de esconderse detrás de papeles y salir a dar la cara, porque el pueblo no aguanta más. El agua no es favor, es derecho, y cuando se juega con eso, se juega con la vida misma.


5.- ¡Qué contraste tan berraco! Aguadas se puso serio y apostó por tradición y cultura para recibir el año. Mientras tanto, en Salamina lo que ofrecimos fue aguardiente a la lata y rumba sin alma, como si la identidad se pudiera cambiar por licor barato y fotos de redes sociales. Con gracia y orgullo decían: “Vengan, tómense un tinto en Aguadas, nosotros los recibiremos con piononos y sombreros al son de un pasillo”. Una apuesta clara por la tradición, la cultura y la identidad.


Mientras tanto, en Salamina lo que ofrecimos fue aguardiente a la lata y diversión vacía, buscando felicitaciones fáciles de los salamineños. Nada de cultura, nada de patrimonio, solo rumba y desenfreno. El famoso “living” de nuestra ciudad luz convertido en un escenario de ruido sin alma. Y como si fuera poco, la calle de la galería —prolongación de la Calle Real, que va derecho hasta la salida a Manizales y San Félix— se ha llenado de bares y tabernas con trabajadoras sexuales en las puertas invitando a seguir la fiesta. ¿Ese es el recibimiento que queremos dar a nuestros visitantes? ¿Ese es el modelo de ciudad que mostramos al mundo?


El contraste duele: Aguadas apostando por identidad, tradición y cultura; Salamina, por el facilismo de la borrachera y el desenfreno. Es bueno apoyar las manifestaciones populares, pero no gastar el presupuesto del municipio en solo fiestas para fomentar el desorden y conseguir popularidad del alcalde. Mucho menos convertirlo en vitrina de fotografías y videos del “modelito” de turno para las redes sociales. Y para completar, el diario más importante de Caldas le dedica unas palabras al alcalde, mostrando a todo tamaño la calle donde se encuentran todos estos bares y tabernas con trabajadoras sexuales en las puertas, como si eso fuera motivo de orgullo. ¡Qué malo! Así, mientras unos ganan prestigio con pasillos y sombreros, nosotros lo perdemos con licor y vacío.


Y aquí les digo de frente: el Rincón de Timoteo no es misa ni sermón, es pura lengua afilada. Nos cansamos de repetir lo mismo cada domingo, así que ahora vamos a salir cuando nos dé la gana, con cuatro o cinco notas bien calientes, pa’ que el pueblo se entere de lo que pasa en Caldas y en Colombia.


Porque mientras los políticos se llenan la boca con discursos, el pueblo sigue con el bolsillo vacío, el agua cortada y la paciencia hecha trizas. Nos quieren distraer con aumentos de salario mínimo que no alcanzan ni pa’ la canasta, con fiestas de borrachera que se tragan el presupuesto, y con gerentes que se esconden detrás de papeles mientras la gente se jode.


Timoteo no se calla: aquí se va a hablar de todo, desde el chisme de la vereda hasta la cagada del ministerio. Y si a alguien le arde, pues que se rasque, porque la verdad no se maquilla. Aguadas apostando por cultura, Salamina por licor; Empocaldas jugando con el agua; y los políticos usando al pueblo como escalera.


Así que prepárense, porque esta lengua no tiene freno. Vamos a despachar chismes de Caldas y del país, con más picante que nunca. Y si alguien se ofende, pues que se aguante: Timoteo no vino a dar abrazos, vino a decir lo que muchos piensan y pocos se atreven a soltar. ¡Aquí no hay filtro, hijuepucha, aquí hay verdad!

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