La segunda ciudad de Caldas enfrenta una crisis que exige soluciones urgentes y compensaciones justas.
La Dorada, puerto caldense a orillas del Magdalena, ha vivido siempre con el agua como eje de su identidad. Sin embargo, lo que debería ser abundancia se ha convertido en carencia. La primera bocatoma flotante sobre el río Magdalena, instalada hace décadas, fue símbolo de progreso. Pero el río, cada vez más contaminado y con épocas de sequía, dejó de ser confiable.
En los años ochenta y noventa, bajo el liderazgo del doctor Víctor Renán Barco, se construyó una nueva bocatoma en el río Guarinó, jurisdicción de Victoria. El Guarinó, limpio y caudaloso, fue durante años la salvación de La Dorada. El agua llegaba a los tanques de La Melisa, pero la red de aducción, hecha en asbesto cemento, comenzó a deteriorarse. Las fallas se multiplicaron y el sistema se volvió frágil.
El golpe más duro llegó con el proyecto hidroeléctrico Miel Uno. El gobierno decidió aumentar el embalse y desviar un 30% del caudal del Guarinó mediante un túnel. La energía se priorizó sobre el consumo humano. La Dorada perdió parte de su fuente vital y, con ello, la seguridad hídrica.
La erosión en la cuenca alta del río Perrillo, afluente del Guarinó, agravó la crisis. Derrumbes y remociones en masa aumentaron la turbidez del agua. Las crecientes repentinas obligaron a cerrar la bocatoma en múltiples ocasiones. Solo en 2025 se registraron más de 160 cortes de agua.
La infraestructura interna de la ciudad tampoco ayuda. Las redes obsoletas multiplican los daños. Los habitantes, en medio de temperaturas que superan los 40 grados, han enfrentado semanas enteras sin agua. La emergencia sanitaria se ha hecho evidente: hospitales, colegios y hogares dependen de carrotanques y soluciones improvisadas.
La indignación crece porque La Dorada, pese a ser la segunda ciudad de Caldas, no recibe regalías por la generación de energía. La norma dice que las regalías corresponden a los municipios donde se produce el agua para el embalse. Pero aquí, el trasvase del Guarinó se construyó después de la bocatoma del acueducto. La comunidad reclama que Isagen, dueño de Miel Uno, debe compensar el 30% de caudal perdido.
Mientras tanto, las autoridades locales han anunciado inversiones por más de 6.000 millones de pesos para mejorar el servicio. Se habla de mesas de trabajo con Empocaldas y de proyectos de modernización. Pero la gente sigue esperando soluciones definitivas.
La Dorada arde bajo el sol y clama por agua. Su historia es la de un pueblo que ha visto cómo la riqueza natural se convierte en escasez por decisiones externas y por el abandono de su infraestructura. La crónica del acueducto es también la crónica de la resistencia: la voz de una comunidad que exige justicia hídrica, compensación y un futuro donde abrir la llave no sea un acto de incertidumbre.

