Chumila desnuda a La Dorada: agua, feria política y concejales títeres

Chumila desnuda a La Dorada con tres relatos mordaces: el agua que se escurre entre turbinas y excusas, la feria política que promete humo y los concejales que actúan como títeres. Una crónica costumbrista que refleja crisis, desconfianza y la dignidad popular que resiste en las orillas del Magdalena.
Hombre mayor con gorra

Hijuepucha pues! Aquí les habla Chumila, cronista de esquina y chismero de puerto. No vengo con discursos ni con adornos, sino con lo que la gente murmura en las calles de La Dorada: el agua que se escurre entre turbinas y excusas, la feria política que promete humo y los concejales que se mueven como títeres. Tres escenas que retratan la crisis, la desconfianza y la dignidad popular.

El agua que se escurre

El agua en La Dorada no se va de golpe: primero se pone amarilla, después se enturbia y al final se muere en las llaves. Eso lo vi caminando por el puerto, oyendo a la gente que llena baldes y espera que vuelva la presión. El Magdalena fue la fuente principal, pero cuando la contaminación y los veranos lo volvieron caprichoso, se buscó el Guarinó en jurisdicción de Victoria. Hoy, lo que llega a las casas es más silencio que agua. La crisis no es solo de tuberías viejas ni de gerencias distraídas. Aquí hay un quiebre más hondo: el proyecto hidroeléctrico Miel I y la decisión de Isagén de tragarse un buen pedazo del Guarinó para engordar el embalse. Un túnel de trasvase que le quitó al río cerca del 30% de su caudal, y con eso le quitó a La Dorada la posibilidad de beber tranquila.

 

Empocaldas, que debería defender el agua de la gente, parece más ocupada en justificar informes que en abrir las llaves. La gente lo dice sin rodeos: mientras Isagén cuenta megavatios y Empocaldas se escuda en comunicados, las familias doradenses cuentan gotas. El río se volvió negocio y la ciudad quedó en la orilla, mirando cómo se le escapa la vida por un túnel que nadie pidió. Chumila lo suelta claro: el agua no es un lujo, es derecho, y cuando se juega con ella, se juega con la dignidad del pueblo.

 

La feria política

 

Del puerto a la plaza hay un paso corto. Lo que se sufre en las casas contrasta con lo que se promete en los discursos. Por ahí me fui al puerto y la política estaba en plena feria. Los partidos llegaron con carpas, banderas y discursos, prometiendo que La Dorada será la joya del oriente caldense. Los liberales llenaron la plaza con megáfonos y abrazos, otros partidos se arrimaron con listas nuevas y caras viejas. Todos hablan de progreso, pero ninguno menciona que las llaves siguen secas y que el río Magdalena se volvió basurero oficial. La Dorada, con casi 100.000 habitantes, se usa como vitrina electoral. Los políticos vienen, se toman la foto, reparten volantes y se van en camionetas con aire acondicionado. Mientras tanto, la gente hace fila con baldes y espera que Empocaldas se acuerde de que el agua no es discurso, es derecho.

 

Y como si fuera poco, la lista de candidatos parece interminable: cada partido trae su propio combo de aspirantes, unos conocidos por repetir promesas y otros que apenas aparecen en campaña. Se inscribieron tantas listas que el voto se dispersa como agua en arena, y al final el pueblo queda mirando cómo se reparten curules y contratos. Chumila lo dice claro: aquí no faltan candidatos, lo que falta es compromiso real con la ciudad.

 

Los concejales títeres

 

Y si la feria electoral parece circo, el concejo municipal no se queda atrás. Me fui al Malecón con la caña floja y el alma en remojo. El río no traía ni bagres ni esperanza, pero me encontré con Cigarrillo, viejo sabedor de la política doradense, que me soltó la lengua con un par de historias que huelen a verdad y a rabia. “¿Vos sabés lo que están haciendo esos concejales?”, me dijo, mientras escupía al agua como quien le devuelve al río lo que no quiere tragar. Hablaba de Emily Jaramillo, la titiritera, y de Javier Valencia, el títere pinocho. “Se creen gestores, se creen salvadores, pero lo único que hacen es repetir lo que les dictan desde arriba. Y mentir, mentir, mentir”.

 

Cigarrillo no se anda con rodeos. Dice que andan vendiendo humo, colgándose de rezos ajenos para ganarse indulgencias. Que se creen discípulos de Petro, pero ni el estilo les sale. Que el pueblo ya los tiene calados, que no hay obra que se vea ni promesa que se cumpla. Y mientras tanto, el Magdalena sigue bajando turbio, como si se avergonzara de lo que pasa en sus orillas. La Dorada, que merece agua limpia y política decente, se encuentra con muñecos que se menean al ritmo del poder, pero no al compás del pueblo. Chumila lo dice claro: así no se sacan votos, “honorables” concejales. El pueblo está despierto, y cuando el río habla, no hay títere que aguante el chaparrón.

 

Tres escenas, un mismo retrato: agua que se escurre, política que promete humo y concejales que se mueven como títeres. La Dorada es espejo de un país donde la energía vale más que la sed y donde las promesas pesan más que las soluciones. Pero el pueblo no olvida. Chumila se despide con el cigarrillo en la mano y el lápiz en la oreja: hasta la próxima semana, cuando volveré con más cuentos, chismes y verdades de este puerto que habla, aunque lo quieran callar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *