El Rincón de Timoteo desnuda corrupción, promesas vacías y abandono

En El Rincón de Timoteo, la sátira popular expone las contradicciones del poder local: presupuestos inflados, obras inconclusas, contratos sospechosos y cultura reducida a tarimas. Con humor mordaz, denuncia la falta de transparencia y exige dignidad para San Félix y un teatro digno para Salamina.
Timoteo, y El Rincon de Timoteo

¡Bienvenidos, mis queridos lectores, a otra semana en este rincón donde la vida del pueblo se cuenta sin maquillaje! Aquí no hay discursos de tarima ni promesas de campaña: lo que hay son las historias que se cocinan en la plaza, en la tienda y hasta en los pasillos del poder local.


La semana arranca con olor a pólvora vieja y papeles nuevos, porque mientras unos celebran con música y aguardiente, otros se entretienen firmando contratos como si fueran estampitas de colección. Y claro, siempre aparece el vivo que se acomoda en la burocracia, mientras el que trabaja de verdad sigue esperando que le reconozcan su esfuerzo.

 

Así que pónganse cómodos, porque Timoteo viene con lengua afilada y humor de pueblo para contar lo que otros prefieren callar.

 

En San Félix, el alcantarillado es un chiste cruel contado por la alcaldía. Cada aguacero convierte las calles en ríos de aguas negras, y mientras los vecinos se tapan la nariz, el alcalde Manuel Fermín Giraldo se tapa los ojos. Dice que todo funciona, que no hay quejas, que ya vendrá un Plan Maestro. Pero la comunidad sabe que esas palabras son humo: el agua pestilente no espera estudios, se desborda sin pedir permiso.


En San Félix, el alcantarillado es un chiste cruel contado por la alcaldía. Cada aguacero convierte las calles en ríos de aguas negras, y mientras los vecinos se tapan la nariz, el alcalde Manuel Fermín Giraldo se tapa los ojos. Dice que todo funciona, que no hay quejas, que ya vendrá un Plan Maestro. Pero la comunidad sabe que esas palabras son humo: el agua pestilente no espera estudios, se desborda sin pedir permiso y arrastra consigo la paciencia de un pueblo cansado de promesas incumplidas.


Los habitantes, que han aprendido a convivir con la lluvia como parte de su paisaje, ahora la temen porque cada tormenta se transforma en amenaza sanitaria. Los niños juegan esquivando charcos que no son de agua limpia, los adultos se resignan a improvisar barreras con costales y tablas, y los ancianos recuerdan que hace décadas se hablaba de progreso, pero hoy solo se respira abandono.

 

Se comenta por la Cigarra que la aprobación del presupuesto estuvo más movida que baile de diciembre. Cinco concejales dijeron “no” y eso, al menos, da gusto: que no traguen entero, que se atrevan a cuestionar. Pero lo que sigue siendo un chiste de mal gusto es la eterna migaja que le tiran a San Félix. Los recursos para el corregimiento siempre son pocos, como si la periferia no mereciera más que las sobras del banquete. Y lo más grave: este año toca nombrar corregidor, por las buenas o por orden judicial, y ni siquiera se presupuestaron esos gastos.


Los sanfeleños ya lo dijeron: este año sí o sí habrá corregidor. No más excusas, no más dilaciones. Pero en la votación, de los cuatro concejales de San Félix, solo dos se plantaron con firmeza y votaron negativamente. Los otros dos, vaya sorpresa, se alinearon con la corriente oficial, como si el viento de las redes sociales soplara más fuerte que la voz de su propio pueblo. ¿Será que se arrodillaron ante el capricho del modelito digital que dicta la moda política?


Aquí la pregunta no es quién votó qué, sino quién se atreve a defender lo que de verdad importa. Porque mientras los discursos se llenan de promesas y hashtags, San Félix sigue esperando dignidad y presencia institucional. Y Timoteo lo dice sin rodeos: no se gobierna con likes ni con fotos bonitas, se gobierna con hechos, y esos todavía brillan por su ausencia.


Este año el Concejo aprobó un presupuesto gigantesco, escrito en letras que marean más que guarapo fuerte. Es la plata que la alcaldía del modelito de redes sociales tiene para gastar, invertir y pagar deudas en el 2026. Pero lo curioso es que, para conocer cómo se reparte ese tesoro, los salamineños tendrían que entrar a la página web del municipio, porque allí debería estar publicado el documento completo, accesible y claro, no escondido en oficinas donde pocos se atreven a preguntar.


El texto, como suele pasar, está lleno de frases de cajón y promesas que suenan bonitas pero se deshacen como espuma: fortalecimiento del buen gobierno, convivencia ciudadana, gestión del riesgo… palabras que adornan, pero no explican. En cultura, lo que aparece hace pensar si “identidad territorial” significa montar tarimas con cantantes de mensajes decadentes. Mientras tanto, las obras de peso siguen brillando por su ausencia: apenas se mencionan mejoras rutinarias en vías, lo que debería ser deber común, no legado histórico. Y lo más indignante: no aparece nada sobre la gestión de la construcción del Teatro Municipal, esa herida abierta en el corazón de Salamina. ¿Será que el bicentenario se celebró con conciertos y pólvora para tapar la vergüenza de un teatro en ruinas?
Lo más cuestionable es la propaganda oficial, que tardó meses en señalar a los concejales que votaron en contra, como si fueran traidores. Timoteo lo dice sin rodeos: lo que necesitamos es que expliquen sus razones y que la ciudadanía pueda fiscalizar cada peso. Menos fiesta y más claridad, menos discursos y más cultura verdadera. Y sobre todo, que alguien se atreva a poner en la agenda la reconstrucción del Teatro, porque sin él, Salamina no tiene escenario digno para su memoria ni para su futuro.


La carretera a La Merced parece más un cuento de nunca acabar que una obra pública. Se adjudicó con bombos y platillos, se firmó en el papel y se anunció con solemnidad, pero en el terreno no se ve ni una pala moviéndose. La ciudadanía, con razón, anda inquieta: tanto discurso de progreso y modernización, y lo único que avanza es la maleza que crece sobre el camino. El cronograma decía que todo debía arrancar en noviembre, pero aquí seguimos esperando como quien aguarda la llegada del tren que nunca pasa.
El consorcio ganador, con nombre de santo y aire celestial, parece más ocupado en rezar que en cumplir. “Notifíquese, publíquese y cúmplase”, decía la resolución, pero la última parte quedó en veremos. Y claro, la gente ya sospecha: ¿será que el santo se volvió pecador y decidió incumplir? Porque mientras el contrato duerme en el SECOP, los habitantes de Salamina y La Merced siguen tragando polvo y esquivando huecos. El almuerzo se huele desde el desayuno, y aquí el olor no es de pavimento fresco, sino de promesas rancias.


Lo que indigna es la falta de claridad. Nadie explica por qué no hay movimiento, nadie responde por los plazos. Y mientras tanto, los viajeros siguen padeciendo la trocha como si fuera penitencia. Timoteo lo dice sin rodeos: si la obra no arranca pronto, este corredor será recordado no como símbolo de progreso, sino como monumento al incumplimiento y la corrupción.


Presuntamente, en el año 2024, con motivo de la conmemoración bicentenaria, se ejecutó un proyecto bautizado como “Estrategia promocional de Salamina Caldas Bicentenaria, Pueblo Patrimonio de Colombia”. Se dijo que los recursos eran para darle brillo y promoción a la celebración, con aportes de FONTUR y del municipio. Todo sonaba bonito: turismo, cultura, identidad, patrimonio. Pero cuando se busca la rendición de cuentas, lo que aparece es un silencio más grande que la plaza en madrugada.


La ciudadanía pregunta qué pasó con ese dinerito, porque no se evidencian acciones claras de promoción ni informes que expliquen cómo se invirtió. Algunos murmuran que “ya para qué”, como si los recursos públicos fueran cosa de olvido. Pero aquí no se trata de fechas ni de efemérides: se trata de transparencia, de mostrar en qué se gastó cada peso. Y cuando no hay claridad, la sospecha se instala como vecino incómodo.


Lo grave es que todo quedó en el aire: discursos rimbombantes, promesas de promoción y un presupuesto que se esfumó como pólvora mojada. Timoteo lo dice con picardía: presuntamente alguien se dio el lujo de celebrar a su manera, mientras el pueblo se quedó mirando sin saber dónde aterrizó la plata. Porque si la conmemoración fue como el modelito quiso, la pregunta sigue viva: ¿y los recursos para la promoción, en qué esquina se quedaron?


En vísperas de la famosa “ley de garantías”, el SECOP parece más concurrido que la tienda del pueblo en día de mercado. Todo el mundo quiere saber en qué se gastan los recursos, y en Salamina diciembre fue un verdadero festival de contratos directos. Como quien dice, mientras la pólvora iluminaba la plaza, la burocracia encendía su propio fuego artificial de firmas y sellos.


La plata se fue en fiestas y en convenios para el adulto mayor, lo cual suena bonito en el papel: raciones de comida, centros día, asilos… Pero entre tanto discurso de dignificación, uno no sabe si se dignifica más la barriga de los contratistas que la de los abuelos. Porque aquí la tradición es clara: primero la música, luego la pólvora, y al final, si sobra algo, se acuerdan de los viejos. Eso sí, todo con el sello de “solidaridad” y la bendición de la Gobernación, como si el clientelismo se disfrazara de caridad.


El resto de los contratos es la misma canción de siempre: renovación de servicios, burocracia que se estira como chicle, personajes pintorescos cobrando por “gestiones” en Bogotá y emisoras locales recibiendo apoyo para campañas de salud. Mientras tanto, los empleados que hacen el trabajo duro sobreviven con sueldos de risa. Y lo más curioso: enero aún no aparece en el SECOP. ¿Será que la información se perdió en el camino, o que algunos trabajan gratis mientras hacen campaña política? En este pueblo, las preguntas vuelan más que los voladores de la noche del fuego, y las respuestas se esconden como pólvora mojada.


Pues vea, por ahí alguien salió con la frase de que “la lealtad y la honestidad de un texto bien escrito no es comparable con la estructura excesivamente formal y predecible de un texto hecho con inteligencia artificial”. Más parece un dardo lanzado al aire, como si creyera que en este pueblo todo lo que se escribe pasa por máquinas y algoritmos.


Aclaremos de una vez: nada de lo que aquí hacemos nace de artificios digitales. Lo nuestro es palabra viva, crónica de carne y hueso, escrita con la tinta de la experiencia y el pulso de la memoria. Si alguien piensa que es el único que sabe escribir, pues allá él con su soberbia. Aquí no necesitamos disfrazarnos de autenticidad, porque la autenticidad nos sobra.


La opinión que compartimos es auténtica porque nace del pueblo, de las calles, de las voces que murmuran en la tienda y en la plaza. No hay nada más humano que la crítica mordaz, ni más sincero que el humor picante con el que se cuentan las verdades. Así que, con todo respeto, al que lanzó esa frase le decimos: la escritura no se mide por etiquetas ni por prejuicios, se mide por la capacidad de incomodar, de cuestionar y de despertar conciencia. Y en eso, Timoteo no necesita manuales ni inteligencia artificial.


Así están las cosas: presupuestos que marean, promesas que se evaporan y silencios que pesan más que la deuda pública. Mientras tanto, el Teatro sigue esperando gestión, la cultura se disfraza de tarima y la transparencia se esconde detrás de frases de cajón.
Pero aquí seguimos, con la pluma afilada y la lengua sin miedo, porque alguien tiene que decir lo que otros callan. Timoteo no se arrodilla ante la propaganda ni se deja encantar por discursos oportunistas: lo nuestro es contar el chisme con mordacidad y picardía, para que nadie trague entero.


Nos vemos la próxima semana en este rincón, donde la crítica se sirve caliente y la sátira se disfruta como buen café de pueblo. Porque mientras haya poderosos que quieran maquillar la realidad, habrá Timoteo para desnudarla con humor socarrón.

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