Había mañanas en Salamina en que la neblina amanecía con vocación de escribana. Se sentaba en los aleros, se demoraba en los balcones como una anciana curiosa y, con dedos de agua fría, corregía la ortografía del mundo. En 1968 —o tal vez en un año que se le parece— la ciudad despertaba así, suspendida, como si alguien hubiera detenido el péndulo del tiempo para que los hombres aprendieran a mirar.
Yo era joven entonces y creía que el amor podía aprenderse como se aprende una lección de física: por aproximaciones sucesivas. Caminaba hacia el Instituto Nacional con los cuadernos apretados contra el pecho y la certeza de que el día me aguardaba con dos promesas: la voz del profesor Gustavo Galvis y la posibilidad, siempre improbable, de cruzarme con Dorian Escobar en el Parque Bolívar. Entre una cosa y otra se me iba la vida.
A Gustavo Galvis nadie lo llamaba por su nombre completo. Era “Garrita”, dicho así, con una familiaridad que solo concede el respeto. El apodo no venía de la rudeza sino de la precisión: sus pies, cuando tocaban un balón, sabían aferrarse al lodo como si la cancha fuera una criatura viva que necesitara ser domada con ternura firme. Pero antes de ser futbolista, antes de ser bombero, Garrita era profesor. Y en Salamina, ser profesor era una forma discreta de heroísmo.
El aula olía a tiza y a café recién colado. Desde las ventanas entraba el frío con educación, como quien pide permiso. Garrita comenzaba la clase sin levantar la voz. Tenía el don de los hombres que no necesitan imponerse porque la autoridad les brota de la coherencia. Decía que la física no estaba en los libros sino en la manera en que una pelota aprendía a obedecer a la montaña, en cómo la madera del bahareque resistía el empuje del viento, en la paciencia de la guadua que sabía doblarse sin romperse. Mientras hablaba, yo pensaba en Dorian, y Garrita lo sabía. A veces me sorprendía mirando hacia la Calle Real y no me reprendía. Me parecía que entendía que el amor también educa.
Dorian Escobar vivía en una casa alta, de esas que parecen desafiar a Dios por pura elegancia. Desde su balcón, la ciudad se volvía un mapa sentimental: el kiosco donde sonaban las retretas, la basílica que levantaba sus torres como plegarias de piedra, la fuente que flotaba en la bruma como un recuerdo europeo. Dorian se asomaba algunas tardes y el mundo, obediente, cambiaba de temperatura. No era que hiciera menos frío; era que el frío se volvía soportable.
Garrita cruzaba la ciudad con la naturalidad de quien pertenece a todas partes. En la cancha del estadio Manuel S. Gómez, el barro parecía reconocerlo. Los partidos contra Neira o Aránzazu eran batallas ceremoniales donde se jugaba algo más que el marcador: se defendía una manera de estar en el mundo. Garrita corría con la serenidad de los que conocen el terreno y el destino. Cuando pateaba, el balón describía arcos que no estaban en ningún manual, porque obedecían a leyes antiguas, aprendidas a fuerza de respirar neblina.
Yo lo veía jugar desde la baranda, con el corazón dividido entre la admiración y la prisa. Sabía que, al terminar el partido, Dorian podría aparecer, y esa expectativa era un temblor dulce. Garrita, al salir del campo, me guiñaba un ojo, como si compartiéramos un secreto. Tal vez lo compartíamos: la certeza de que la vida se sostiene en pequeños gestos.
Por las noches, cuando las campanas de la basílica no llamaban a misa sino al fuego, Garrita se transformaba. El uniforme de bombero le daba otra gravedad. En una ciudad de madera, el incendio era un animal voraz que conocía los atajos. Garrita los conocía mejor. Subía escaleras invisibles, se metía en los entresuelos, hablaba con el humo como si fuera un viejo enemigo. La gente decía que entendía la respiración de las casas, que sabía cuándo la guadua estaba a punto de estallar. Yo lo vi una vez, cubierto de hollín, salir de una vivienda salvada por segundos. Tenía la mirada tranquila de quien ha hecho lo que debía.
Entre esas noches y esos días se fue tejiendo mi historia con Dorian. Caminábamos bajo la neblina, aprendiendo a decirnos sin palabras. El balcón era nuestro idioma. A veces, desde el aula, Garrita me veía distraído y sonreía. Otras, en las procesiones de Semana Santa, avanzaba con paso firme mientras yo buscaba la mano de Dorian entre la multitud. Todo ocurría a la vez, como si Salamina hubiera decidido que la simultaneidad era su forma más honesta.
La ciudad tenía sus propias travesuras. Había noches en que la fuente de la plaza parecía murmurar chismes, y uno juraba ver sombras que no pertenecían a nadie. Garrita contaba historias de la montaña, de presencias antiguas que aún vigilaban los caminos. No lo hacía para asustarnos, sino para recordarnos que no estábamos solos en el tiempo.
Llegó diciembre y con él la Noche del Fuego. Los faroles se multiplicaron como constelaciones domésticas. Garrita supervisaba con ojo atento, subía balcones con la agilidad de siempre. Dorian y yo caminábamos juntos, envueltos en luz. En un momento, un farol amenazó con morder la madera seca de una fachada. Garrita apareció de la nada, suspendido entre cielo y tierra, y apagó el peligro con las manos. Nadie aplaudió. No hacía falta.
Esa noche entendí que Salamina no era un lugar sino un estado del alma. Que Garrita no era solo un hombre, sino una manera de sostener el mundo. Que el amor, como la ciudad, se construye con madera fina, con paciencia, con la certeza de que la neblina también escribe.
La melancolía llegó a Salamina sin anunciarse, como llegan las cosas verdaderas. No fue un golpe, sino una sombra leve que empezó a posarse en los objetos: en los pupitres del Instituto, en las graderías húmedas del estadio Manuel S. Gómez, en los balcones donde la madera crujía como si recordara. Yo no sabía aún ponerle nombre, pero ya me habitaba.
Garrita parecía sentirla también. Sus clases se volvieron más lentas, no por cansancio, sino por cuidado. Se detenía en mitad de una explicación como si escuchara algo que los demás no podíamos oír. A veces hablaba del tiempo no como una sucesión de fechas, sino como un material frágil que había que tratar con respeto. Decía que hay cosas que solo se entienden cuando ya no están, y al decirlo miraba por la ventana, hacia ninguna parte, o tal vez hacia todas.
Yo empezaba a sospechar que mi permanencia en Salamina tenía fecha de caducidad. Esa certeza, todavía borrosa, me volvía más atento a Dorian. Cada encuentro era una forma de despedida anticipada. Caminábamos despacio, como si al ralentizar el paso pudiéramos engañar al futuro. Ella hablaba poco, pero cuando lo hacía parecía escoger las palabras con la misma delicadeza con que se enciende una vela. Su risa tenía algo de despedida incluso cuando era plena.
Desde su balcón, Dorian me miraba como si yo ya fuera un recuerdo. No había tristeza en su gesto, sino una aceptación serena, casi sabia, que me dolía más que cualquier llanto. A veces la neblina nos separaba en pleno diálogo visual, y yo sentía que la ciudad conspiraba para enseñarme a perder.
En la cancha, Garrita seguía siendo fuerte, pero había en su juego una economía distinta, como si ya no necesitara demostrar nada. Sus pases eran más precisos, menos vistosos, cargados de una inteligencia callada. Cuando el balón volaba hacia el arco, yo pensaba que así debía sentirse la memoria: un trayecto breve y perfecto antes de caer.
Las noches de incendio se hicieron más frecuentes, o tal vez yo empecé a recordarlas mejor. El fuego, en Salamina, siempre tuvo algo de pedagógico. Enseñaba a valorar la madera, el agua, la solidaridad. Garrita volvía cubierto de ceniza y silencio. Una madrugada lo vi sentado en el borde del parque, solo, mirando la fuente apagada. No parecía cansado, sino pensativo, como si supiera que salvar una casa no siempre es suficiente para salvar lo que vive dentro de ella.
En Semana Santa, las procesiones avanzaron más pesadas. Las imágenes parecían conscientes del peso simbólico que cargaban. Yo caminaba junto a Dorian sin atreverme a tomarle la mano. El amor, comprendí entonces, también es una forma de reverencia. Garrita marchaba unos metros adelante, firme, sosteniendo el orden de la fila como si sostuviera el pulso mismo del pueblo.
Fue en esos días cuando empecé a entender que Salamina no me estaba reteniendo: me estaba preparando. Cada gesto de Garrita, cada mirada de Dorian, cada banco de madera del Instituto era una lección final, aunque nadie lo dijera en voz alta.
La Noche del Fuego de ese año fue distinta. Más silenciosa. Los faroles ardían con una luz más íntima, menos festiva. Dorian y yo caminamos juntos apenas unos metros. No hizo falta más. En un balcón cercano, Garrita vigilaba, atento, como si cuidara no solo de las casas, sino de los afectos que estaban a punto de convertirse en recuerdo.
Cuando una vela se apagó por el viento, Dorian se inclinó a encenderla de nuevo. Su rostro, iluminado desde abajo, me pareció el rostro mismo de Salamina: hermoso, frágil, condenado a permanecer solo en quien supiera recordarlo.
Esa noche no nos prometimos nada. No fue necesario. La melancolía ya había hecho su trabajo.
La noticia de mi partida no llegó en forma de anuncio, sino como llegan las verdades que duelen: filtrándose. Primero fue una conversación escuchada a medias, luego un silencio prolongado en la mesa, después la certeza muda de que el tiempo había empezado a recoger sus cosas. Yo seguía yendo al Instituto, seguía cruzando el Parque Bolívar, pero todo tenía un brillo distinto, como si la ciudad ya me estuviera mirando desde la distancia.
Garrita lo supo antes que yo. Los maestros tienen ese don: leen los movimientos del alma con la misma atención con que leen los exámenes. Una tarde, después de clase, me pidió que me quedara. El aula estaba vacía y la neblina entraba sin pudor por las ventanas. No habló de calificaciones ni de trámites. Me habló del viaje como de una forma del aprendizaje. Dijo que uno no se va de los lugares que ama, que solo aprende a llevarlos mal doblados en el pecho.
Me entregó un cuaderno. No era nuevo. Tenía las hojas amarillas y un olor leve a humo, como si hubiera sobrevivido a algún incendio antiguo. “Escriba”, me dijo, “porque lo que no se escribe se quema dos veces”. Yo no entendí del todo, pero asentí. Hoy sé que ese fue su último examen.
Con Dorian la despedida empezó mucho antes del adiós. Caminábamos juntos sabiendo que cada paso era irrepetible. Ella me hablaba de cosas pequeñas: del balcón que crujía por las noches, de una grieta nueva en la pared, del modo en que la neblina parecía demorarse más en su casa que en las otras. Yo la escuchaba como se escucha a alguien que se ama y se pierde al mismo tiempo.
Una tarde subí hasta su balcón. No hubo besos largos ni promesas. Nos quedamos mirando la ciudad en silencio. Desde allí, Salamina parecía una maqueta delicada, sostenida por pura fe. Dorian apoyó la cabeza en mi hombro y sentí que ese gesto contenía todos los futuros que no tendríamos. El amor, entendí, también sabe callar.
Garrita siguió siendo bombero, futbolista, profesor, pero algo en él se había vuelto más esencial. Jugaba menos, hablaba menos, miraba más. En una práctica final en el Manuel S. Gómez , el balón rodó hasta mis pies y él me hizo una seña para que lo pateara. Lo hice con torpeza. Garrita sonrió, no por el tiro, sino por el intento. “Con eso basta”, dijo. Nunca supe si hablaba del fútbol o de la vida.
La última Noche del Fuego que viví en Salamina no fue luminosa. Fue íntima. Encendí un farol pequeño, casi humilde. Garrita pasó a mi lado, me puso una mano en el hombro y siguió su ronda. Dorian me miró desde su balcón. No levantó la mano. No hizo falta. La ciudad estaba llena de gestos que decían adiós sin pronunciarlo.
El día de la partida, la neblina no se levantó. Parecía una forma de pudor. Al salir, miré una vez más la basílica, el kiosco, las casas altas que desafiaban la gravedad. Pensé en Garrita subiendo una escalera invisible, pensé en Dorian mirando la calle vacía. Entendí entonces que Salamina no se abandona: se queda adentro.
Años después, cada vez que huelo madera húmeda o escucho una campana lejana, vuelvo. Garrita sigue enseñando, Dorian sigue asomada al balcón, la Noche del Fuego no termina nunca. Hay cosas —lo supe gracias a ellos— que ni el tiempo ni el fuego consiguen quemar.
El tiempo hizo lo que sabe hacer: pasar sin pedir permiso. Yo crecí lejos de Salamina, pero nunca fuera de ella. Aprendí ciudades nuevas, otros climas, otras urgencias, y aun así había mañanas en que despertaba con la sensación de haber caminado, horas antes, por la Calle Real. La memoria no obedece a la geografía. Se mueve por afinidades.
Durante años creí que lo que extrañaba era a Dorian. Y lo era, pero no solamente. Extrañaba la manera en que su nombre se acomodaba en mi respiración, la forma en que su silencio completaba el mío. Con el tiempo entendí que ella se había convertido en una forma del recuerdo, en una luz quieta que no reclamaba presencia. A veces la sueño todavía, apoyada en el balcón, mirando una ciudad que ya no necesita ser explicada.
De Garrita supe por terceros, como se sabe de los hombres que han decidido volverse ejemplo. Me dijeron que siguió enseñando hasta que la voz se le volvió más pausada, que dejó la cancha sin hacer ruido, que continuó saliendo a los incendios como si el fuego aún pudiera sorprenderlo. Alguien mencionó que, ya mayor, se detenía a mirar las casas como quien revisa un álbum familiar. Yo supe entonces que había entendido todo.
Hay maestros que no terminan cuando acaba el curso. Garrita fue uno de esos. Me enseñó que la fuerza no está en imponerse sino en sostener, que la disciplina puede ser una forma del cariño, que el heroísmo verdadero ocurre cuando nadie está mirando. Cada vez que enfrento una dificultad, recuerdo su manera de pararse, ligeramente inclinado hacia adelante, como si siempre estuviera dispuesto a recibir el golpe primero.
Volví a Salamina muchos años después. La ciudad seguía allí, y sin embargo era otra. O tal vez el otro era yo. Caminé por el parque, toqué la madera de los balcones, escuché la fuente. Nada me resultó ajeno. Sentí que el pasado no estaba detrás, sino alrededor. Pregunté por Dorian sin preguntar. No hacía falta. Algunas presencias no se buscan: se aceptan.
En el Instituto Nacional, un aula llevaba otro nombre en la puerta, pero el aire era el mismo. Me senté en un pupitre vacío y abrí el cuaderno que Garrita me había regalado. Aún lo conservo. Las hojas están llenas de una letra que ya no es la mía, pero que nació allí. Comprendí que escribir fue mi manera de no irme del todo.
Esa noche caminé hasta el Mirador. La neblina apareció puntual, como si alguien la hubiera citado. Vi las luces encenderse una a una. Pensé en la Noche del Fuego, en las manos de Garrita apagando un peligro, en Dorian inclinándose para proteger una llama pequeña. La ciudad respiraba despacio, segura de sí.
Entendí entonces que la permanencia no es quedarse, sino haber sido atravesado. Salamina me había enseñado a mirar, Garrita a sostener, Dorian a amar sin retener. Nada de eso se pierde. Se transforma.
Cuando bajé de la colina, supe que no volvería a despedirme. Ya no era necesario. Hay lugares —hay personas— que se vuelven una parte silenciosa de uno mismo. Y desde allí, desde esa región invisible, siguen iluminando.
La neblina cerró la noche como un párpado. En algún lugar, una campana sonó. Y aunque no supe si llamaba al fuego o a la memoria, caminé tranquilo. La luz, en Salamina, siempre sabe encontrar su camino.
Con el tiempo comprendí que la historia no pedía más escenas, sino un último silencio. Hay relatos que no se cierran con hechos, sino con comprensión. Yo había buscado durante años una forma de decir gracias sin pronunciar la palabra, y entendí que este cuento era ese gesto.
Gustavo “Garrita” Galvis no fue un héroe de estatua ni de discurso. Fue un hombre que supo estar donde hacía falta: frente a un tablero, detrás de un balón, delante del fuego. Su grandeza no residió en la fuerza de sus manos, sino en la firmeza con que sostuvo la vida ajena. Cuando pienso en él, no lo veo viejo ni joven, sino entero, como si el tiempo hubiera decidido respetarlo.
Dorian Escobar tampoco pertenece al pasado. Vive en una forma distinta del presente. En la manera en que la luz toca la madera, en la paciencia con que una llama se defiende del viento, en la dignidad silenciosa de lo que no se exige. Amarla fue aprender que el amor no siempre se queda, pero siempre enseña.
Y Salamina… Salamina es el lugar donde todo ocurrió y sigue ocurriendo. Una ciudad que no envejece porque no depende del calendario, sino de la memoria. Sus balcones, su neblina, su fuego ritual no son decorados: son un lenguaje. Allí aprendí que la belleza también es responsabilidad, que cuidar es una forma de amar.
Hoy, cuando alguien me pregunta de dónde soy, a veces dudo. No porque no lo sepa, sino porque la respuesta no cabe en una sola palabra. Soy de donde me enseñaron a mirar con respeto, a amar sin posesión, a servir sin aplauso. Soy, inevitablemente, de Salamina.
Este cuento no intenta conservar lo que fue, sino honrar lo que permanece. Porque hay fuegos que no destruyen, hay amores que no terminan y hay maestros que no se van nunca.
En la Ciudad Luz, la neblina sigue escribiendo cada mañana. Y mientras lo haga, Gustavo Galvis seguirá caminando sus calles, Dorian seguirá asomada a su balcón, y yo — aunque en la Patagonia — seguiré regresando.
Aquí termina el relato. No la luz.