Patagonia en llamas: la cordillera arde entre memoria y resistencia

Los incendios forestales de enero de 2026 en la Patagonia argentina y chilena arrasaron miles de hectáreas, destruyeron poblados y dejaron pérdidas humanas. Más que una emergencia ambiental, revelan fragilidades institucionales y climáticas, pero también la dignidad de comunidades que resisten entre cenizas y la solidaridad que atraviesa fronteras.
Incendios forestales en la Patagonia
Las llamas devoraron bosques centenarios y hogares humildes, mientras la neblina se mezclaba con el humo como un velo de despedida. En medio del desastre, brigadistas y vecinos se abrazaron a la esperanza, recordando que la Patagonia no se rinde: entre cenizas, la dignidad se levanta como un árbol que insiste en brotar.

Los incendios forestales que azotaron la Patagonia argentina y chilena en enero de 2026 se convirtieron en una de las mayores catástrofes ambientales y sociales registradas en la región en las últimas dos décadas. Lo que comenzó como múltiples focos de fuego aislados antes y desde los primeros días de 2026, rápidamente se transformó en un desastre de magnitud continental, con consecuencias devastadoras para comunidades humanas, bosques milenarios, fuentes de agua y biodiversidad única en el planeta.

 

Las cifras preliminares apuntan a centenares de miles de hectáreas destruidas: en Argentina, los incendios consumieron más de 230.000 hectáreas en diversas provincias de la Patagonia —especialmente Chubut, Río Negro, Neuquén, La Pampa y Santa Cruz— mientras que en Chile las llamas arrasaron más de 40.000 hectáreas, con impactos severos en comunidades rurales de las regiones de Ñuble y Biobío.

 

Más allá de la superficie quemada, que en muchos casos dobla o triplica registros históricos, lo dramático de esta temporada radica en la simultaneidad, la velocidad de propagación y la combinación de factores climáticos extremos que hicieron de estos incendios fenómenos casi incontrolables, obligando a declarar emergencias ígneas y estados de desastre en ambos países.

 

El fuego que atravesó la cordillera

La madrugada del 3 de enero de 2026 marcó un punto de inflexión para la Patagonia. Habitantes de Chubut, Río Negro, Neuquén y zonas colindantes despertaron con un cielo rojizo y una columna de humo densa que borraba el horizonte, dando la impresión de que no era amanecer, sino un incendio gigante que se había tragado al paisaje.

 

Las llamas avanzaron rápidamente por laderas y bosques —tanto nativos como implantados— impulsadas por altas temperaturas, vientos fuertes y una sequía persistente que secó la vegetación hasta convertirla en combustible. Esta combinación de condiciones, repetida a lo largo de toda la temporada estival austral, fue señalada por especialistas como uno de los factores principales que hicieron casi imposible su contención.

 

En Argentina, la situación llegó a tal punto que el gobierno nacional promulgó el Decreto 73/2026, que declaró la Emergencia Ígnea en varias provincias patagónicas durante un año, con el objetivo de coordinar recursos, agilizar la asistencia y facilitar medidas de prevención y mitigación de consecuencias.

 

No obstante, la rapidez de los avances del fuego y la escasa inversión histórica en gestión preventiva y combate de incendios forestales ha sido foco de críticas por parte de organizaciones ambientalistas y gobernadores provinciales, quienes señalaban que años de recortes presupuestarios dejaron a la región más vulnerable frente a este tipo de eventos.

Incendios en la Patagonia
El fuego cruzó la cordillera y convirtió la frontera en humo compartido. En Argentina y Chile, comunidades enteras resistieron con valentía, sosteniendo la memoria de sus montes y la vida de sus pueblos. Entre lágrimas y cenizas, la solidaridad se volvió llama distinta: la que no destruye, sino que ilumina la fuerza de permanecer.

Respuesta institucional y movilización social

La respuesta oficial al desastre incluyó la movilización de brigadistas y bomberos de distintas provincias argentinas —con apoyo de fuerzas federales, Defensa Civil y donaciones ciudadanas— así como la intervención de brigadas especializadas, incluyendo apoyo técnico y cooperación internacional en materia logística y aérea.

 

Sin embargo, las operaciones no estuvieron exentas de dificultades. Las condiciones meteorológicas extremas —temperaturas que superaron los 35 °C en pleno verano austral—, la falta de lluvias prolongadas y los fuertes vientos complicaron la contención, provocando que focos que parecían controlados se reactivaran con violencia, obligando a reforzar las estrategias de combate.

 

La extensión y complejidad de la emergencia también obligaron a provincias como Neuquén y La Pampa, que normalmente no sufren incendios con tal magnitud, a coordinar esfuerzos conjuntos con Chubut y Río Negro para proteger zonas residenciales, infraestructura esencial y corredores biológicos.

 

Más allá de las cifras: comunidades en cenizas

Detrás de los números hay historias humanas desgarradoras: familias que perdieron sus casas y pertenencias, productores rurales que vieron destruido su ganado y su fuente de sustento, pueblos enteros rodeados por el fuego que debieron ser evacuados con urgencia.

 

En localidades como Cholila y Epuyén, el avance del fuego obligó a evacuaciones masivas, y comunidades enteras quedaron sin techo, sin animales de pastoreo y con pocas perspectivas de recuperación inmediata. En zonas cercanas a bosques y áreas protegidas, se reportaron pérdidas mortales y daños a infraestructuras vitales como escuelas, centros de salud y redes de agua potable.

 

En Chile, la situación fue igualmente grave: al menos 21 personas fallecieron en las regiones de Ñuble y Biobío, y más de 50.000 personas tuvieron que ser evacuadas de sus hogares, muchas de las cuales aún enfrentan incertidumbre sobre su futuro.

 

Para muchas comunidades, el humo no fue solo un peligro para la salud respiratoria: se convirtió en un símbolo de fragilidad climática y de la ausencia de políticas preventivas eficaces. Relatos recogidos por medios locales hablan de niños dibujando árboles ennegrecidos, ancianos que ya no reconocían el monte que conocieron toda su vida, y familias enteras que se aferraban a recuerdos mientras veían cómo sus paisajes se transformaban en cenizas.

Incendios forestales
Las llamas se acercan peligrosamente a la residencia, iluminando la noche con un resplandor inquietante. La casa aún resiste intacta, pero el fuego la rodea como un presagio. En ese instante suspendido, la comunidad observa con el corazón en vilo, sabiendo que proteger un hogar es también proteger la memoria de quienes lo habitan.

Los factores detrás de la tragedia

Aunque el fuego es un fenómeno natural que forma parte de muchos ecosistemas, varios factores están detrás de la magnitud de este desastre:


1. Cambio climático y condiciones extremas: La región registró una combinación de altas temperaturas, sequía prolongada y vientos que facilitaron la expansión de las llamas a velocidades inusitadas.


2. Déficits en gestión de incendios: Reducciones presupuestarias en servicios de manejo y prevención del fuego en años anteriores debilitó la capacidad de respuesta estatal frente a eventos de gran escala.


3. Acción humana: En varios focos, autoridades han señalado que la mayoría de los incendios han sido provocados, aunque las investigaciones siguen en curso para determinar causas precisas y responsabilidades.


4. Ecosistemas vulnerables: La mezcla de bosques nativos centenarios con plantaciones más inflamables y pastizales muy secos propició condiciones en las que un incendio podía saltar rápidamente de un terreno a otro con gran rapidez.

 

Solidaridad y construcción de futuro

Frente a la devastación, la respuesta de comunidades locales, organizaciones sociales y grupos de voluntarios ha sido fundamental. Desde la donación de herramientas de trabajo hasta la organización de comedores comunitarios y apoyo para personas evacuadas, la solidaridad se convirtió en uno de los pilares que sostuvieron la esperanza en medio de la tragedia.

 

La cooperación entre Argentina y Chile también fue notoria: a pesar de las fronteras políticas y diferencias históricas, ambos países compartieron recursos, experiencia técnica y apoyo binacional para enfrentar un problema que no reconoce límites geográficos.

 

Sin embargo, esta cooperación también expone una deuda histórica: la falta de inversión sostenida en sistemas de prevención, educación comunitaria, infraestructura para el combate del fuego y políticas ambientales robustas que consideren los escenarios de cambio climático que ya están afectando a la región.

 

Lecciones de fuego

Los incendios forestales de enero de 2026 enseñaron, de manera cruda y dolorosa, que la tragedia no se detiene en las líneas fronterizas, y que la respuesta institucional es indispensable, pero insuficiente sin la participación activa de las comunidades, la planificación preventiva y políticas públicas que prioricen la gestión integral del territorio.


La declaración de Emergencia Ígnea en ambos países es un paso necesario, pero la verdadera lección yace en reconocer que estos eventos no son aislados ni fortuitos: son parte de un patrón más amplio de condiciones climáticas extremas y vulnerabilidades socioambientales que requieren atención urgente.


La pregunta que queda no es solo cuántas hectáreas se perdieron o cuánto costará la reconstrucción, sino si seremos capaces de aprender de esta catástrofe para prevenir el próximo desastre, o si esperaremos a sufrirlo para volver a reaccionar. La memoria de la Patagonia en llamas —sus bosques, sus comunidades y sus historias— es un llamado a actuar antes de que el próximo fuego nos enseñe, otra vez demasiado tarde.

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