Dicen que en este pueblo hasta las piedras tienen memoria, pero nadie las escucha porque están ocupados contando los billetes que nunca llegan. Aquí, en este rincón, Timoteo se sienta con su tinto recalentado y su lengua afilada, dispuesto a despellejar a los vivos y a resucitar a los muertos. No se salva el alcalde modelito de Instagram, con sus poses de feria y promesas que se desinflan más rápido que un balón pinchado. Ni el guarda de tránsito, que se la pasa de alcahuete con sus amigotes, cerrando un ojo cuando le conviene y abriendo el otro solo para molestar al que no le cae bien.
Este rincón no es para los delicados ni para los que se ofenden fácil. Aquí se habla como en la tienda, con palabrotas, carcajadas y verdades que duelen. Porque si el bosque volvió a cantar en Tinamú, el pueblo también tiene derecho a gritar sus miserias y reírse de sus pecados.
Hoy estuve leyendo a don Vladimir, recalentando lo del concejo, y ya esta semana mi editor publicó una editorial muy buena sobre el mismo asunto: la ausencia de la Gaceta municipal. No pedimos milagros, ni discursos de feria, solo un PDF decente donde se puedan leer las decisiones del concejo, sin tener que esperar a que don Vladimir, Mercurio o el mismo Eleuterio las critiquen. Queremos ver otras opiniones, pero para eso se necesita que las publiquen.
Le dejamos la palabra al alcalde, que nos responda clarito por qué no existe la Gaceta, o por qué la web oficial no se mantiene debidamente actualizada. No es mucho pedir: transparencia mínima, información pública al alcance de todos. Pero parece que el comité de publicidad del alcalde anda más ocupado en hacerle propaganda personal con nuestro dinero, que en cumplir con la obligación de informar.
Ya es hora de que aprendan a desarrollar y actualizar la página oficial, porque la comunidad no necesita fotos del alcalde modelito de Instagram, sino datos concretos. El pueblo exige claridad, no maquillaje digital. Y si no pueden con algo tan básico, ¿cómo vamos a confiar en que puedan con lo demás?
Mire pues, cuatro kilómetros de carretera y casi veinte mil millones de pesos. ¡Eso sí es saber multiplicar la plata! El alcalde Manuel Fermín se lució con su show de transparencia: un videíto de 43 segundos, sonrisa de modelito de Instagram y un puntaje perfecto, 100 sobre 100, como si la licitación fuera examen de primaria. El Consorcio San Chamuel, con empresas de Barranquilla y Montería, se llevó el premio gordo. ¿Y los otros seis proponentes? Bien gracias, nadie los menciona. Aquí lo raro no es que ganen, lo raro es que ganen con perfección matemática, como si la competencia fuera puro relleno.
Y mientras tanto, el pueblo se pregunta quién es el interventor, dónde están las máquinas y por qué la obra parece fantasma. El negocio está en demorar, en serruchar, en que todos saquen tajada. Y Timoteo, que no se chupa el dedo, presumiblemente piensa que por allí en la adjudicación de este contrato pueden estar las manos negras de la señora Olga Constanza Duque y su esposo Iván Darío, que saben moverse en las sombras; del emperadorcito Ospina Rosas, con ganas de alcaldía en el 27 y dispuesto a meter la cuchara donde huela contrato; y de don Octavio Cardona, sucesor de las “Marionetas”, que nunca pierde oportunidad de arrimar el hombro cuando hay plata de por medio.
El Concejo, que debería estar con lupa en mano, anda como si no fuera con ellos. Cuatro kilómetros, veinte mil millones y cero claridad. Esa es la ecuación que nos dejan: contratos inflados, políticos con hambre de poder y un pueblo que sigue esperando la carretera como quien espera milagros en procesión.
El domingo primero de febrero se instaló el Concejo, con discursos de protocolo y caras de aburrimiento. El concejal Hurtado Cañón, que al menos tiene ganas de trabajar, propuso una comisión accidental para vigilar el contrato de la vía Salamina–La Merced. ¡Qué buena idea! Pero los demás concejales, diez contra tres, dijeron que no. Que eso es mucho trabajo, que no tienen tiempo, que mejor confiar en la buena fe del alcalde. ¡Háganme el favor! Concejales que no quieren incomodar al patrón, que prefieren hacerse los locos antes que cumplir con el control político. Y ahí están los nombres: Murillo, Gil, Vélez, Zapata, Loaiza, Marulanda, Amaya, Betancur, Patiño… todos votando en contra. ¿Será que no entienden que la comisión es temporal, que la ley lo permite, que es su deber? No, lo que pasa es que no quieren estar donde las papas queman. Prefieren la comodidad del silencio, el sueldo seguro y la sonrisa cómplice. El pueblo queda mirando, sin saber en qué se gastan los millones. Y el Concejo, que debería ser la voz de la comunidad, se convierte en eco vacío.
El domingo primero de febrero se instaló el Concejo Municipal, con discursos de protocolo y caras de aburrimiento que parecían más de velorio que de inicio de sesiones. Entre tanta solemnidad vacía, el concejal Juan José Hurtado Cañón, que al menos muestra ganas de trabajar, lanzó una proposición clara: crear una comisión accidental para vigilar el contrato de la vía Salamina–La Merced. Una idea sencilla, legal y necesaria, porque hablamos de casi veinte mil millones de pesos y de una obra que lleva meses sin mover una sola piedra.
Pero la mayoría de concejales, diez contra tres, decidieron votar en contra. Sus argumentos fueron tan pobres que dan vergüenza. Que “es mucho trabajo”, que “no tienen tiempo”, que “mejor confiar en la buena fe del alcalde”. ¡Háganme el favor! Precisamente porque la obra no ha empezado es que hay que preguntar por qué y cuándo. Negarse a vigilar es como cerrar los ojos mientras el dinero se escurre.
Y ahí están los nombres: Murillo, Gil, Vélez, Zapata, Loaiza, Marulanda, Amaya, Betancur y Patiño. Timoteo se los dice de frente: están miando fuera del charco. Su deber es ejercer control político, no hacerle venias al alcalde ni esconderse detrás de excusas infantiles. Prefieren la comodidad del silencio, el sueldo seguro y la sonrisa cómplice, mientras el pueblo queda mirando, sin saber en qué se gastan los millones. El Concejo, que debería ser la voz de la comunidad, se convierte en eco vacío, y la carretera sigue siendo promesa fantasma.
Y del Teatro, ¿qué? Porque mucho reel de Instagram, mucho videíto en Facebook con sonrisas de influencer y poses de youtuber, pero de gestión cultural nada de nada. El alcalde se luce mostrando carreteras que no arrancan, contratos inflados y fotos de feria, pero cuando se trata de la sala de teatro, guarda silencio como si no existiera. En sus redes no aparece ni una palabra sobre el edificio, que cada día se deteriora más, con paredes que claman por mantenimiento y butacas que parecen reliquias de museo.
Lo mínimo que uno esperaría es que tuvieran la decencia de mandar a limpiar, de mostrar respeto por un espacio que representa la memoria cultural del pueblo. Pero no, ni eso. El teatro se pudre en silencio mientras el alcalde se dedica a posar como modelo de Instagram, gastando la plata en propaganda personal y olvidando que la cultura también es infraestructura, también es identidad.
Timoteo lo dice sin rodeos: ¿cuál es la gran gestión del alcalde respecto al teatro? Ninguna. Ni un proyecto, ni una propuesta seria, ni siquiera un gesto simbólico. El edificio se cae a pedazos y la administración se hace la de la vista gorda. El pueblo necesita cultura viva, escenarios dignos, espacios que inspiren. Pero lo que tenemos es un teatro abandonado y un alcalde que prefiere los filtros de las redes sociales antes que enfrentar la realidad.
Circula por estos días un panfleto, como siempre lo hacen los cobardes: sin firma responsable, sin dar la cara, escondidos detrás de letras rojas y acusaciones que buscan más ruido que verdad. En ese papelucho se habla de una denuncia contra el señor Germán Estrada, quien estuvo como administrador de la Escuela Taller de Caldas. Según el panfleto, Estrada habría vendido madera de la entidad por apenas trece millones de pesos, cuando los inventarios la avaluaban en más de cien millones. También se menciona el hurto de computadores y cámaras, y la venta de dos máquinas de carpintería a precios irrisorios.
Hasta ahí, si esos hechos son ciertos, es asunto de la justicia. Que investigue la Fiscalía, que se pronuncien las autoridades competentes, porque ni Timoteo ni nadie en este rincón puede dar fe de lo que no ha visto. Lo que sí decimos con claridad es que una cosa es que alguien manifieste simpatía por un candidato, y otra muy distinta es que forme parte de su campaña. Vincular al señor Mauricio Londoño, candidato a la Cámara, con esos hechos solo porque Estrada pudo haber dicho que votaría por él, es un intento burdo de enlodar a un aspirante.
Si nos ponemos a hilar delgado, más reprochable es ver a los cómplices del desfalco mayor —el que tiene al exdirector de la Escuela Taller en la cárcel— pavoneándose altivos en campaña por sus candidatos. Que nos diga el exalcalde Ospina Rosas, quien presidía la Junta de la Escuela Taller, por qué su mutismo ante estos hechos resulta tan sospechoso. Y que también nos responda el actual alcalde Manuel Fermín Giraldo Gutiérrez, presidente de la junta directiva en la actualidad, porque su silencio es igual de grave. No basta con posar en redes sociales ni con discursos de transparencia: si está al frente de la institución, debe dar explicaciones claras sobre lo que pasó y lo que está pasando. El pueblo no necesita influencers de Instagram, necesita gobernantes que asuman responsabilidades.
Timoteo lo dice fuerte: si alguien sabe de un delito y no lo denuncia, se convierte en cómplice. El panfleto no es denuncia, es chisme barato, un papelucho que busca enlodar sin asumir responsabilidades. La justicia debe actuar, y los ciudadanos debemos exigir juego limpio, sin trampas ni campañas sucias. Porque no nos digamos mentiras: en las otras campañas también hay personajes con rabo de paja, que se pavonean como si fueran santos, pero cargan sobre sus espaldas historias de contratos dudosos, favores políticos y silencios cómplices. No se trata de señalar a uno solo, se trata de recordar que la política local está llena de lunares y que el pueblo no puede seguir tragando entero. Timoteo insiste: si alguien conoce hechos concretos, denúncielos ante la Fiscalía, no se esconda detrás de panfletos anónimos. El silencio es complicidad, y la complicidad es corrupción. El pueblo merece claridad, no rumores; merece transparencia, no campañas sucias.
Vimos esta semana un publirreportaje en un portal de noticias donde el alcalde municipal de Salamina anuncia, con toda la pompa, los proyectos más importantes que supuestamente desarrollará en el 2026. El tono era de propaganda pura: respuestas inducidas, entrevistador que parecía leer el libreto y un alcalde que se pavoneaba como influencer de Instagram.
Hace énfasis en las obras de Empocaldas, pero esas no son gestión suya, son respuestas obligadas a la coyuntura del mal estado de las redes y al deterioro evidente de las calles. Es decir, obras que se hacen porque la justicia y la presión ciudadana obligan, no porque el alcalde tenga visión o iniciativa. Y aun así, se las apropia como si fueran logros personales, como si él hubiera inventado el agua tibia.
Lo que podría sonar a novedad es la repetición de la tan anunciada reconstrucción del teatro municipal. Otra vez el cuento del cierre financiero, otra vez la excusa de que faltan siete mil millones. ¿Cómo así? ¿No era que ya estaba listo? El teatro se ha convertido en el lunar de la pasada y de la actual alcaldía: una quimera, un espejismo que se repite en cada discurso, pero que en la realidad sigue deteriorándose día tras día. Ni siquiera tienen la decencia de mandarlo a limpiar, y mientras tanto lo anuncian como si fuera obra en ejecución.
Timoteo lo dice fuerte: los ciudadanos no tragamos entero. Sabemos distinguir entre gestión real y propaganda barata. El alcalde influencer podrá llenar sus redes de reels y sonrisas, pero la verdad es que las obras que presume no son suyas, y las que sí le corresponden, las deja en el abandono. El teatro es el símbolo de esa mentira: un edificio que se cae a pedazos mientras el alcalde juega a ser estrella de redes sociales.
Así terminamos por hoy en este rincón donde se habla sin pelos en la lengua, donde se dice lo que otros callan y se sacuden las miserias que algunos quieren esconder bajo la alfombra. Timoteo no se calla, porque el pueblo merece claridad, respeto y juego limpio.
Nos vemos la próxima semana… o en cualquier momento que la lengua se caliente y haya que despellejar a los vivos y resucitar a los muertos. Porque este rincón no descansa: aquí siempre habrá tinto recalentado, carcajadas y verdades que duelen.