La tierra tiene memoria. Y cuando decide hablar, lo hace con temblores, con sacudidas que despiertan a los pueblos y estremecen las montañas. En estos días, mientras el mundo mira con inquietud el estado sísmico del Cinturón de Fuego del Pacífico, Colombia —esa patria de cordilleras y volcanes dormidos— debe afinar el oído y prepararse. Porque aunque el epicentro de los grandes sismos recientes haya estado lejos, en Kamchatka o Japón, la presión tectónica no conoce fronteras. Y el silencio prolongado de nuestras fallas puede ser preludio de un despertar.
El Cinturón de Fuego del Pacífico es una franja sísmica que abraza el océano como si fuera un collar de volcanes y terremotos. Se extiende por más de 40.000 kilómetros, desde Chile hasta Alaska, cruzando Japón, Indonesia, Filipinas y regresando por la costa oeste de América. Allí, las placas tectónicas se rozan, se empujan, se hunden unas bajo otras, generando una tensión que tarde o temprano se libera.
En julio de 2025, esa tensión se manifestó con furia en la península de Kamchatka, Rusia. Un terremoto de magnitud 8,8 sacudió la región, activando alertas en todo el Pacífico. Las réplicas se sintieron en Japón, y los observatorios internacionales elevaron el nivel de vigilancia. Desde entonces, el cinturón ha entrado en lo que los geólogos llaman “estado sísmico activo”: una fase en la que la probabilidad de nuevos eventos de gran magnitud es alta.
Colombia, aunque a veces olvidada en los mapas internacionales del Cinturón de Fuego del Pacífico, forma parte activa de esta franja sísmica y volcánica. Desde el sur, el país está custodiado por el volcán Chiles y el Azufral, en Nariño, que marcan el inicio de una cadena de gigantes que se extiende por toda la cordillera. Más al norte, el Galeras vigila con su historia de erupciones y tragedias, seguido por el Puracé y el volcán del Huila, que se alzan como centinelas del macizo colombiano. En el corazón del país, el Parque Nacional Natural Los Nevados alberga volcanes como el Nevado del Ruiz —protagonista del desastre de Armero—, el Tolima, el Santa Isabel y el Cisne, todos activos aunque dormidos. Y más allá, en el Páramo de Letras, el Cerro Bravo se erige como otro volcán silencioso, acompañado por el volcán Romeral, recientemente identificado entre Neira y Marulanda, activo pero dormido, que recuerda la fragilidad de las montañas cafeteras. Finalmente, el Cerro Machín, en el Tolima, es considerado por expertos como uno de los volcanes más explosivos del mundo, con una caldera que podría generar una erupción de alto impacto si despertara.
Esta geografía volcánica está íntimamente ligada a la tectónica colombiana, marcada por la interacción de la placa de Nazca, que se desliza bajo la placa Sudamericana, generando presión constante. Pero no solo las placas explican el riesgo: las fallas geológicas atraviesan el país como cicatrices profundas. La Falla de Romeral, por ejemplo, recorre casi todo el centro de Colombia, desde el suroccidente hasta el norte, pasando por zonas densamente pobladas como el Eje Cafetero y el Valle del Cauca. A ella se suman otras fallas activas como la Bucaramanga–Santa Marta, que cruza el nororiente del país, y la de Murindó, en el Chocó, todas capaces de generar sismos significativos. Esta red tectónica convierte a Colombia en un territorio sísmicamente vulnerable, donde el silencio prolongado de las fallas puede ser preludio de movimientos telúricos inesperados.
Hay una frase que repiten los sismólogos: “El silencio sísmico es peligroso”. Cuando una zona activa deja de registrar movimientos durante mucho tiempo, no significa que esté en calma, sino que está acumulando energía. Y Colombia, en varias de sus regiones, lleva años sin registrar sismos significativos. Eso, lejos de ser motivo de tranquilidad, debería encender las alarmas.
En el contexto actual, con el Cinturón de Fuego en estado de agitación, ese silencio se vuelve más inquietante. Porque la presión tectónica se redistribuye, y lo que ocurre en Kamchatka o Japón puede tener repercusiones en la costa pacífica colombiana. No es una predicción apocalíptica, sino una advertencia basada en la ciencia.
La prevención no es paranoia. Es responsabilidad. Y en Colombia, donde la memoria de Armero aún duele, donde el terremoto de Popayán en 1983 dejó cicatrices, y donde los pueblos de la cordillera viven entre montañas que respiran, es urgente fortalecer la cultura sísmica.
Eso implica varias acciones concretas:
• Educación comunitaria: Enseñar en escuelas, veredas y barrios qué hacer en caso de sismo. Cómo evacuar, dónde refugiarse, qué señales atender.
• Infraestructura segura: Promover construcciones sismo-resistentes, especialmente en zonas de alto riesgo. No basta con levantar muros; hay que levantarlos con conciencia.
• Vigilancia científica: Apoyar a los observatorios sismológicos, dotarlos de tecnología y recursos para que puedan anticipar y alertar.
• Simulacros periódicos: No como trámite burocrático, sino como ejercicio real de preparación. Que la gente sepa qué hacer, no solo qué leer.
La Luna, los asteroides y la tierra que tiembla
Curiosamente, mientras el cinturón de fuego se agita, otro fenómeno ha captado la atención de los científicos: el asteroide 2024 YR4. Descubierto en diciembre de 2024, este cuerpo celeste de entre 40 y 90 metros de diámetro tuvo una probabilidad inicial de impacto con la Tierra del 3,1%, la más alta registrada para un objeto de ese tamaño. Aunque esa amenaza fue descartada, ahora se estima que podría chocar con la Luna en diciembre de 2032.
¿Qué tiene que ver esto con los sismos? En principio, nada directo. Pero sí nos recuerda que vivimos en un planeta vulnerable, en un sistema solar dinámico, donde los riesgos no vienen solo de la tierra, sino también del cielo. Y que la vigilancia, la ciencia y la preparación son nuestras mejores herramientas.
En los pueblos de Colombia, la tierra no es solo suelo. Es madre, es historia, es sustento. Cuando tiembla, no solo se mueven las casas; se mueve la memoria. Por eso, la prevención sísmica no debe ser solo técnica, sino también cultural. Hay que hablar con las comunidades, escuchar sus saberes, integrar sus prácticas.
En Salamina, por ejemplo, donde las montañas guardan el murmullo de los colonizadores, donde las casas de bahareque resisten el paso del tiempo, la prevención debe ser también un acto de amor por el patrimonio. No se trata de reemplazar lo antiguo, sino de reforzarlo, de protegerlo, de cuidarlo.
Hoy, mientras el mundo observa el Cinturón de Fuego con preocupación, Colombia debe mirar hacia adentro. No para temer, sino para actuar. Porque el riesgo sísmico no es una amenaza lejana, sino una posibilidad cercana. Y porque cada día que pasa sin preparación es un día que se pierde en prevención.
Desde los Andes hasta la costa pacífica, desde los volcanes hasta las fallas, desde las ciudades hasta las veredas, el llamado es claro: mantenerse prevenidos, informados y organizados. Que la tierra no nos tome por sorpresa. Que el murmullo de las placas no se convierta en grito de dolor.
Algún día, la tierra volverá a hablar. Lo hará con un temblor, con un rugido, con una sacudida que nos recordará que estamos vivos sobre un planeta en movimiento. Ese día, lo que hayamos hecho antes marcará la diferencia. Si nos preparamos, si educamos, si construimos con conciencia, podremos resistir. Y entonces, la crónica no será de tragedia, sino de dignidad.
Porque en Colombia, donde la esperanza se teje entre montañas, donde los pueblos resisten con alegría, donde la cultura es un acto de amor, también podemos hacer de la prevención una forma de vida. Que el Cinturón de Fuego nos despierte, no con miedo, sino con acción.