¡Ajá, mi gente! Aquí llega El Rincón de Timoteo, con la lengua afilada y el oído pegado a la tierra, porque hoy vamos a hablar fuerte de lo que se cuece en Salamina. No venimos con cuentos de hadas ni discursos de salón; venimos con la voz del pueblo, con ese murmullo que se oye en la plaza, con el olor a café recién colado y el chisme que se riega más rápido que pólvora.
Prepárense, porque lo que se viene no es caricia sino pellizco: vamos a poner sobre la mesa lo que muchos callan, con ironía y picante, como quien destapa la olla y deja salir el vapor. Aquí no hay medias tintas, aquí se habla claro, con frases largas que se enredan como las calles empedradas y cortas que golpean como campanazo de iglesia. ¿Será que el pueblo aguanta tanto silencio, o ya es hora de que la voz se escuche sin miedo?
San Félix celebró su aniversario con desfile sabatino, porque el ocho cayó entre semana y el pueblo no se iba a quedar sin fiesta. El alcalde modelo apareció con su séquito de publicidad, repartiendo discursos como quien reparte volantes en la plaza. Enumeró obras como si fueran regalos de su bolsillo: la pavimentación del parque, que en realidad fue herencia del emperadorcito Ospina Rosas, ahora haciendo coquitos porque quiere repetir corona. Lo que no dijo, y el pueblo sí sabe, es que esa pavimentación no fue por voluntad divina de la administración, sino porque la justicia lo ordenó tras una acción popular de la comunidad.
Con voz engolada habló del centro administrativo Santo Domingo Savio, del esfuerzo y el cariño que le pone para regalarle al corregimiento esa obra “vital”. Pero otra vez se le olvidó contar que no es por amor a San Félix, sino porque otra acción de cumplimiento lo obligó. Y como colofón, se despachó en promesas que suenan bonito en tarima, pero que el pueblo escucha con ceño fruncido. ¿Será que esta vez cumplen, o seguiremos esperando que la justicia haga lo que la política promete?
El alcalde se lució enumerando proyectos como si fueran milagros de feria: pavimentar desde la entrada principal hasta la esquina del parque, levantar puentes para conectar barrios y hasta reunirse con comerciantes para hablar de carpas en el parque de Bolívar. Todo sonaba a progreso, a modernidad, a futuro brillante, pero el pueblo sabe que los estudios y diseños no son cemento ni asfalto, y que las carpas no tapan la falta de soluciones reales.
El discurso se llenó de palabras bonitas, de consultorías y fases tres, como si la burocracia fuera poesía. Pero la gente, que camina esas calles y cruza esas quebradas, sabe que los papeles no sostienen los pies ni protegen del aguacero. ¿Será que los puentes se quedan en planos y las carpas en promesas, o veremos algún día que las obras se levanten sin tanto cuento?
Entre tanto anuncio, también prometió donar instrumentos a la banda del corregimiento, reunirse con padres para contratar un tallerista y hasta levantar un nuevo puesto de salud en terreno cedido por el municipio. Sonó a regalo, a cariño, a compromiso con la cultura y la vida. Pero el eco de la plaza repite que las promesas no curan enfermedades ni afinan trompetas, y que la justicia ha tenido que empujar más de una obra para que se cumpla lo que la política olvida.
El pueblo escucha, aplaude por cortesía, pero se pregunta si los instrumentos llegarán afinados o desafinados, si el tallerista será contratado o quedará en el aire, si el puesto de salud será ladrillo o solo palabra. Porque aquí, en San Félix y Salamina, la memoria es larga y la paciencia corta. ¿Será que esta vez la música suena y la salud se construye, o volveremos a esperar que sea la justicia la que toque la campana?
Y no podía faltar la promesa del millón: la próxima semana nombrará al corregidor, cuando hace poco juraba que no tenía estudios ni papeles listos. Amanecerá y veremos, dijo un ciego… y amaneció y no vio nada. El discurso sonó a certeza, pero el pueblo lo escuchó con la misma ironía con que se oyen las campanas de misa: fuerte, repetitivo y sin novedad.
Lo que se le olvidó decir es qué va a hacer con la orden que acaba de darle la justicia para solucionar el problema del alcantarillado, otra acción de cumplimiento que lo obliga a mover fichas. Y que se ajuste el cinturón, porque le van a llegar más tutelas y más acciones, como cartas marcadas en la baraja. El pueblo no se traga el cuento de la buena voluntad: sabe que aquí las obras no nacen del cariño, sino del empujón de la justicia. ¿Será que el corregidor llega con poder real, o será otro nombre en la lista de promesas que se lleva el viento?
Lamentable que vuelvan a ponerse de moda los anónimos en la política de Salamina, como si el retroceso fuera la nueva modernidad. Antes los arrojaban bajo las puertas en la noche, insultando a los que tenían chance de ganar; hoy los lanzan en redes sociales, disfrazados de chismes y consejas sin prueba alguna. “Maña vieja”, dicen los atacados, y parece que ya tienen fichados a los autores. El pueblo, que no se chupa el dedo, sabe que el desespero hace escribir más rápido que la decencia, y que los anónimos son la confesión de la derrota anticipada.
Y como si fuera poco, algunos exalcaldes se pasean sonrientes en campañas al Congreso, terciando por candidatos conocidos y otros que nadie recuerda. Las sonrisas postizas no tapan el anti voto que cargan a cuestas, porque los desaciertos no se borran con abrazos de tarima. A menos de cuatro semanas de las elecciones, las promesas suenan gaseosas, repetidas, alejadas de la realidad regional. El pueblo escucha, pero también piensa: ¿será que esta vez votamos con conciencia, o volveremos a entregar el poder a los vendedores de ilusiones?
Después del ruido que hicimos don Vladimir, don Eleuterio y yo sobre el contrato de la pavimentación de los cuatro y medio kilómetros, ese contrato millonario que aún no aparece en el Secop, apareció el asesor de “Relaciones Públicas” Fabián López Gómez. Que me perdone mi querido amigo Raulito, que en paz descanse, y me disculpe don Eleuterio por tratar así a su familiar, pero llevaba meses sin aparecer para meter la pata. Con bombos y platillos anunció que el gobernador vendría a firmar el inicio de la obra, y resultó ser puro cuento: ¿cómo van a iniciar si ni siquiera aparece en el Secop? ¿Será que la platica se perdió en el camino?
Ya son tres meses desde que se adjudicó ese contrato, y según tengo entendido —claro, yo no sé de leyes ni contratos— ese papel debió haberse firmado quince días después de la adjudicación. Aquí sí le pido ayuda a don Mercurio, que sabe de normas, porque lo que huele en el aire no es a asfalto fresco sino a demora sospechosa. El pueblo se pregunta: ¿será que el contrato existe en los papeles o solo en los discursos de tarima?
En las esquinas de Salamina y en las redes anda rodando un chisme callejero: que en la alcaldía presuntamente circula un audio donde el arquitecto Juan Carlos, Secretario de Planeación, siguiendo órdenes del alcalde Manuel Fermín, pide a los funcionarios que donen un mercado para repartirlo entre familias de bajos recursos. Como obra social, nadie discute que está bien tender la mano; lo que sí levanta murmullos es que el alcalde quiera ganar indulgencias con padrenuestros ajenos, mostrando solidaridad con la plata y el esfuerzo de otros. Los funcionarios, dicen, no están nada contentos, y el rumor se volvió conversación de esquina, con la ironía propia del pueblo que no se deja engañar.
El eco popular repite que una cosa es ayudar de corazón y otra muy distinta es usar la ayuda como vitrina política. Porque la caridad no se mide en mercados prestados ni en discursos de tarima, sino en voluntad propia y compromiso real. Al final, este cuento se queda en lo que es: un chisme de café y redes, que ojalá sea mentira orquestada por los verdaderos enemigos del alcalde.
Qué dolor de pueblo, dicen en las esquinas, cuando la mentalidad y la ignorancia llevan a medir a un alcalde por la tarima que trae y el licor que reparte en el parque principal. La sala de recibo de Salamina se convierte en cantina abierta, y las fiestas patronales de la Inmaculada se usan como vitrina de intereses políticos y comerciales. La esencia de la celebración se perdió entre el turismo desbordado y la errada interpretación de lo que debería ser un tiempo de paz y reflexión. El pueblo, que aún recuerda las fiestas como encuentro espiritual, se pregunta hasta cuándo vamos a soportar que degraden nuestro terruño con tanto ruido y tanto trago.
Y como si fuera poco, ya llegaron los engañadores de siempre, los vendedores de ilusiones, prometiendo que “ahora sí” se puede, cuando antes no movieron un dedo. La ironía se palpa en cada esquina: ¿será que la fiesta vuelve a ser lo que fue, o seguiremos viendo cómo la política y el licor se roban la devoción? Con esta reflexión cerramos la entrega de hoy del Rincón de Timoteo. Nos despedimos con la lengua afilada y el oído en la plaza, hasta dentro de ocho días, cuando volveremos con más notas cortas, picantes y con la voz del pueblo.
Un comentario
Excelente qu sus escritos e tristeza para nuestro pueblo que tan bajo hemos caído se cambió lo espiritual lo cultural por rumba trago celebraciones descontroladas . En este momento ya vamos a completar 4 semanas sin transporte escolar medio periodo prácticamente y los niños y jóvenes en casa que negligencia