Educación rural: esperanza crítica frente al abandono estatal

La escuela en Colombia carga el desafío de educar para la paz y la convivencia, pero el conflicto armado y el abandono estatal han golpeado con dureza a las comunidades rurales. La calidad educativa se convierte en utopía, mientras familias y maestros luchan con dignidad por un futuro más justo.
Territorio Vivo

Reflexión que emerge a propósito de la Educación rural colombiana y el lugar que ocuparon en las pruebas de Estado: La Institución Educativa San Félix y La Institución Educativa Rural Luis Felipe Gutiérrez Loaiza de la Vereda el Tigre en Salamina

Uno de los encargos socioculturales, entre otros que en las últimas épocas se le ha indilgado a la Escuela de forma generosa por parte de la humanidad en clave de horizontes de futuro y desarrollo civilizatorio, ha sido educar con calidad para el restablecimiento de la democracia, la participación ciudadana y la construcción de la convivencia social y pacífica. Así las cosas y cumpliendo con dicho encargo, solicitud y proyección, debiera permitirse el avance hacia la consolidación de un sistema educativo promotor de paz, incluyente y de calidad, gestor de desarrollo, emancipatorio y constructor de sociedades justas, equitativas, respetuosas de las diferencias y la alteridad pluri, multi e intercultural, participativas generosas, que incidan de forma concluyente en el fortalecimiento de la calidad de vida y el bien común.

Sin embargo, para comprender la realidad de la calidad educativa en Colombia se precisa analizar por una parte los efectos que el conflicto armado ha generado al Sistema Educativo, sobre todo en la educación rural, pero también se hace importante comprender las afecciones aportadas por la deslegitimación de la gobernanza del territorio permeada por una serie de acciones promotoras de inequidad, corrupción, egoísmo, en tanto gestoras de orfandad en las comunidades más vulnerables, distantes y desoladas por la violencia y violación de los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario, en esa Colombia profunda y olvidada donde se evidencia la pobreza monetaria y multidimensional. Asuntos confirmados por las voces de maestros y maestras desde sus narrativas, cuando describen el abandono estatal significativo al que están sometidas las comunidades ubicadas en las zonas más dispersas y de alta complejidad, muchas de ellas además sitiadas por constantes conflagraciones armadas y narcotráfico.

Regiones que han sido sitiadas e impactadas por el conflicto armado generador de miedo, intimidación, estigmatización y pérdida del respeto por el valor a la vida, realidad en la que familias enteras han sido víctimas directas de una guerra sinsentido, en la que su mayor pecado ha sido nacer y habitar en tierras fértiles con subsuelos vertidos en valiosos vegetales y minerales explotados por la empresa estatal y privada en el orden nacional e internacional. Territorios en los cuales aún no se le ha dado sentido y valor a los procesos y cambios de su realidad, en tanto se enarbola el supuesto postconflicto, en el entendido que no se ha evidenciado, en el aquí y en el ahora “diferencia alguna” en relación con los estilos de vida de antaño colmados de angustia e inestabilidad, inseguridad y desplazamiento humano, ya sea por la violencia o por la pobreza. Ello es un asunto que embriaga esta realidad de dolor.

No obstante, desde otra perspectiva, el abandono del Estado en el cual se encuentran sumidas estas Instituciones Educativas y con ellas sus comunidades campesinas siempre mirando a partir de la desesperanza, resignados a sobrevivir con el poco aporte que las administraciones municipales les brinde. ¿No es esto acaso una omisión perversa, una infravaloración de las necesidades reales de estas comunidades infanto-juveniles sedientos de conocimiento, de oportunidades para potenciar sus inteligencias, destrezas, personalidad y liderazgo?

Habrá que interpretar la educación como aquel medio fundamental para la superación de las marginalidades, la pobreza, estigmatización y exclusión social. La educación vista como un Derecho a escala humana y Deber Estatal, civil, social, cultural y moral; se tiene que convertir en una prioridad de obligatorio cumplimiento, misma que debe proveer al sujeto aprendiente y al sujeto enseñante de los elementos primordiales para que las dinámicas socio escolares cumplan con los objetivos para los cuales fue creada la escuela, única manera para lograr así el fin deseado por la humanidad, su autorrealización, emancipación, trascendencia y felicidad.

Entonces, hablar de calidad educativa en estas circunstancias, además de la pobreza monetaria, cultural y multidimensional, el desplazamiento forzado de familias del campo para la ciudad aumentando así los cinturones de miseria por falta de oportunidades para no morir de hambre, es una utopía, por no decir una quimera. No obstante, y por fortuna existen familias, castas generosas, empáticas que luchan por su comunidad, que se enfrentan a estas adversidades con decoro, exponiendo su integridad y hasta su vida y la de sus familias con tal de llevar esperanza y desarrollo civilizatorio a estas comunidades y territorios inmersos en tales sombríos ambientes.

Entonces, cuando aludimos a la noción de paz fortalecida desde la escuela, en estas circunstancias, se comprenderá que nos estamos enfrentando a un colosal desafío que requiere de una transformación sociocultural en la que se comprenda que la crueldad, egoísmo, engaño y la violencia son los caminos menos expeditos para solucionar las diferencias, son los verdaderos artificios que avanzan en contra de una efectiva convivencia de reconciliación, unión y bien común, bien común que tanto pregonan por estos tiempos de contiendas electorales los politiqueros que prometen y promocionan la esperanza y el bienestar social común, que jamás llegará, mientras no se cambien estos viejos estilos de hacer política a través del engaño, la propaganda y la posverdad embustera, mentirosa.

En síntesis, se hace lícito decir que mientras no haya una verdadera construcción colectiva de unidad garante de justicia, igualdad, oportunidad e inclusión social, la Educación para la paz y la reconciliación continuará representando un bonito e ideal sueño de la humanidad inmersa en la contemplación de una efímera esperanza, humanidad sedienta de fraternidad, compasión, generosidad, piedad, caridad, tolerancia, respeto, amor al prójimo y aperturada al cambio legítimo desalojado del egoísmo que recorre la mirada, reclamando una paz verdadera y definitiva garante de bienestar, de bien común para quienes habitamos la tierra, y para los que aún no han nacido la posibilidad de sonreír ante la semblanza de un mundo mejor.

Desde este panorama, en el marco de la reconstrucción del tejido social, admitiendo como eje, carta de navegación e hilo conductor la educación inclusiva y de calidad (específicamente en territorios desprotegidos, desposeídos y marginados) será como podamos pensar en desarrollo civilizatorio, humanización del hombre y de la mujer, para así lograr el alcance de una vida bien vivida, con garantías de bienestar y bien común, en síntesis, la educación es el único medio que propicia el desarrollo integral de la humanidad, en tanto, entonces éste se convierte en la prioridad imprescindible a la cual debe acudir, potenciar, proteger y garantizar la sociedad para el devenir existencial en una tierra patria planetaria que está implosionando.

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