Riosucio Notas Cortas
• Empocaldas condena a Riosucio al atraso
En Riosucio, la presencia de Empocaldas es sinónimo de atraso y frustración. El servicio de agua es irregular, con cortes que se prolongan sin explicación y una cobertura rural que sigue siendo una promesa incumplida. Las familias campesinas viven entre la precariedad y la indignación, obligadas a depender de fuentes inseguras mientras la empresa se escuda en excusas administrativas.
El alcantarillado es otro reflejo del abandono: insuficiente, obsoleto y sin capacidad para responder a las necesidades de una población que exige dignidad. Empocaldas ha convertido el derecho al agua y al saneamiento básico en un privilegio, mientras cobra tarifas que no se corresponden con la realidad de un servicio deficiente. La comunidad exige proyectos de saneamiento, inversión inmediata y transparencia en la gestión.
La alcaldía de Riosucio no puede seguir en silencio. Los ciudadanos reclaman que el municipio asuma su papel de mediador y presione con firmeza a Empocaldas. El agua potable y el saneamiento básico no son favores, son derechos fundamentales. La paciencia de los riosuceños se agotó: la dignidad y la salud pública están en juego, y la desidia institucional ya no tiene justificación.
Riosucio, Caldas, respira entre montañas y memorias: su plaza central, custodiada por la iglesia colonial, es testigo de encuentros cotidianos, fiestas ancestrales y luchas silenciosas. Aquí, la comunidad se abraza al paisaje y a su historia, construyendo presente con raíces profundas y mirada crítica.
• Riosucio: agua entre poder indígena y abandono urbano
Por Redacción de La Revista de Caldas
Riosucio vive una gestión hídrica única en el país: conviven el acueducto urbano de Empocaldas con los acueductos comunitarios de los cuatro resguardos indígenas. Esta dualidad, que debería ser riqueza cultural y técnica, se ha convertido en un problema estructural. Las redes urbanas están obsoletas, el saneamiento es insuficiente y las quebradas siguen recibiendo aguas negras. En los barrios altos, la continuidad del servicio es un reclamo constante, mientras las comunidades indígenas exigen respeto a su autonomía y a sus formas propias de administrar el agua.
La respuesta institucional se limita a mesas de concertación y proyectos parciales que nunca alcanzan la magnitud del problema. Empocaldas ha fallado en articular un modelo de gestión mixta que combine técnica y cultura, atrapada en la politiquería que retrasa inversiones y convierte cada acuerdo en discurso burocrático. Riosucio necesita diálogo real, soluciones estructurales y respeto a la soberanía indígena, no promesas que se diluyen en comunicados oficiales. El agua, que debería ser puente de encuentro, se ha convertido en símbolo de abandono y fractura institucional.