La noche que el volcán habló y nadie quiso oír
Era 13 de noviembre de 1985. El Nevado del Ruiz, silencioso durante casi siete décadas, había comenzado a dar señales de vida desde diciembre del año anterior. Temblores, emisiones de gases, cambios en la temperatura del cráter. Los expertos del Servicio Geológico Colombiano y vulcanólogos internacionales alertaron sobre el riesgo de una erupción y la posibilidad de lahares -avalanchas de lodo y escombros- que podrían arrasar los pueblos aguas abajo.
Pero las advertencias fueron ignoradas. Las autoridades locales minimizaron el riesgo. El gobierno nacional, en medio de tensiones políticas y presupuestales, no tomó decisiones contundentes. Se hicieron simulacros, sí, pero sin convicción. Se distribuyeron folletos, pero no se evacuó. Armero, con más de 30.000 habitantes, siguió su curso cotidiano, sin saber que el volcán ya había comenzado a escribir su epitafio.
A las 9:09 p.m., el Nevado del Ruiz erupcionó. La explosión no fue gigantesca, pero sí suficiente para derretir parte de su glaciar. Cuatro lahares descendieron por los ríos Lagunilla, Azufrado, Gualí y Chinchiná. A las 11:30 p.m., una masa de lodo, rocas y árboles de más de 30 metros de altura arrasó Armero. En menos de 15 minutos, el pueblo fue borrado del mapa. Los sobrevivientes describen el sonido como un rugido profundo, como si la tierra se quebrara desde adentro. Las casas fueron arrancadas de sus cimientos. Las calles desaparecieron. Los cuerpos fueron arrastrados, sepultados, confundidos entre escombros y barro. La oscuridad era total. El silencio, después del estruendo, era más aterrador.
Más de 23.000 personas murieron. Miles quedaron heridas, huérfanas, desplazadas. Las cifras oficiales nunca lograron abarcar el dolor. Armero no solo perdió a sus habitantes. Perdió su historia, su arquitectura, sus árboles, sus plazas, sus escuelas. Lo que quedó fue un campo de lodo, cadáveres y desolación. Entre los escombros, una imagen se convirtió en símbolo planetario del desastre: Omayra Sánchez, una niña de 13 años atrapada entre los restos de su casa. Durante tres días, periodistas y socorristas la acompañaron mientras luchaba por sobrevivir. No había cómo liberarla sin causarle daño fatal. La fotografía de Frank Fournier, que muestra a Omayra con los ojos enrojecidos y la mirada serena, dio la vuelta al mundo.
Omayra murió el 16 de noviembre. Su dignidad, su lucidez, su valentía, se convirtieron en testimonio de una tragedia que pudo haberse mitigado. Su historia no solo conmovió: denunció. Mostró la precariedad de la respuesta estatal, la falta de equipos, la improvisación, el abandono.
¿Desastre natural o negligencia institucional?
La erupción del Nevado del Ruiz no podía evitarse. Pero la tragedia sí podía haberse mitigado. Las advertencias estaban. Los estudios existían. Las rutas de evacuación eran conocidas. Pero no hubo decisión política. No hubo coordinación. No hubo voluntad.
El país estaba distraído. El Palacio de Justicia había sido tomado por el M-19 apenas una semana antes. El gobierno enfrentaba una crisis institucional. Y Armero, aunque importante, no era prioridad. La gestión del riesgo era incipiente. La prevención, un lujo. La vida, una estadística.
Cuarenta años después, el director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), Carlos Carrillo, reconoce que el país ha avanzado en capacidades técnicas, pero que aún persisten fallas estructurales. El reasentamiento de Armero nunca se hizo. El pueblo fue “pegado” a otro. La memoria quedó dispersa, sin lugar físico, sin justicia simbólica.
Claudia Ramírez: la madre que sigue buscando
Claudia Ramírez perdió a toda su familia aquella noche. Pero su historia no terminó allí. Ella asegura haber visto a su hijo Andrés Felipe, de cinco años, en televisión días después del desastre. Desde entonces, ha recorrido hospitales, orfanatos, archivos, buscando pistas. Cuarenta años después, sigue buscando.
Su historia, contada por Los Informantes, es un grito de amor y de dolor. Es también una denuncia: muchos niños sobrevivientes fueron trasladados sin registro, adoptados sin seguimiento, perdidos en el caos. La tragedia de Armero no terminó en 1985. Para muchos, comenzó allí.
Hoy, el campo donde estaba Armero es un lugar de silencio. Hay cruces, placas, árboles sembrados en memoria de los muertos. Hay visitantes, peregrinos, familiares. Pero no hay reconstrucción. No hay justicia. No hay reparación.
El Servicio Geológico Colombiano ha inaugurado una transmisión en vivo del Nevado del Ruiz, como gesto de memoria y prevención. Es un avance. Pero también un recordatorio: la tecnología no basta si no hay voluntad. La ciencia no salva si no se escucha.
Una crónica para no olvidar
Esta crónica no busca revictimizar. Busca recordar. Busca interpelar. Porque el dolor de Armero no es solo de quienes lo vivieron. Es de todos. Es del país que no escuchó. Es del Estado que no actuó. Es de la sociedad que normalizó la negligencia.
Sería fácil decir que fue un desastre natural. Pero sería injusto. Porque la tragedia de Armero fue también una tragedia política, institucional, ética. Fue el resultado de una cadena de omisiones, de silencios, de indiferencias.
Hoy, cuando se habla de gestión del riesgo, de prevención, de resiliencia, Armero debe ser el punto de partida. No como símbolo de dolor, sino como llamado a la acción. Porque cada volcán, cada río, cada montaña, puede hablar. Y cuando lo haga, debemos estar listos para escuchar.
Presentación del libro: Crónica de una tragedia anunciada y otras crónicas
Por Mario Massaccesi – Periodista Todo Noticias – Argentina
Hay libros que se escriben con tinta, y hay otros que se escriben con ceniza, con lodo, con memoria. Crónica de una tragedia anunciada y otras crónicas pertenece a esa segunda categoría: es un testimonio descarnado, lúcido y profundamente humano sobre una de las heridas más hondas en la historia de Colombia —la tragedia de Armero— y sobre las voces que intentaron evitarla, que la denunciaron antes de que ocurriera, y que fueron silenciadas por la soberbia institucional.
Este libro no es solo una recopilación de relatos. Es una reconstrucción crítica, documentada y sensible de los hechos que rodearon la erupción del volcán Nevado del Ruiz en noviembre de 1985, que sepultó a más de 25.000 personas bajo una avalancha de lodo y escombros. Pero más allá del desastre natural, lo que Eleuterio Gómez Valencia pone en evidencia es el desastre político, social y ético que lo precedió: la negligencia, el desprecio por la ciencia, el castigo a quienes alertaban, el abandono de las comunidades vulnerables.
La figura del profesor Fernando Gallego Jaramillo emerge como eje moral y narrativo. Un hombre que ascendía al volcán cada mes, que conocía sus ríos, sus glaciares, sus señales. Que predijo con precisión lo que podía ocurrir si no se tomaban medidas. Y que fue tratado de loco, de terrorista, de alarmista. El libro recupera sus advertencias, sus conferencias, sus cartas, y las confronta con los hechos que finalmente ocurrieron. Lo que Gallego dijo se cumplió. Solo se equivocó en una cosa: la tragedia fue peor de lo que él había pronosticado.
Pero Crónica de una tragedia anunciada no se detiene en el relato técnico. También recoge las voces de las víctimas, como la inolvidable Omayra Sánchez, cuya agonía fue registrada por el fotógrafo Frank Fournier y se convirtió en símbolo mundial del abandono. La crónica de Germán Santamaría, incluida en el libro, nos recuerda que Omayra no murió sola: murió rodeada de cámaras, de micrófonos, de promesas, pero sin la acción concreta que pudiera salvarla. Murió hablándole al país, diciéndole que iba a perder el año escolar, mientras el país perdía su dignidad.
El libro también incluye testimonios como el de Manuel Medina, sobreviviente de Armero, que narra con sencillez y dolor cómo su familia recogía ceniza para hacer una clase sobre volcanes, sin saber que esa ceniza era preludio de muerte. Y recoge el análisis fotográfico de Fournier, que explica cómo capturó la imagen de Omayra, y cómo esa imagen lo persigue hasta hoy.
Desde el punto de vista editorial, esta obra es también un homenaje a la crónica como género mayor. Eleuterio Gómez Valencia no solo informa: interpela, emociona, denuncia. Su estilo combina rigor histórico con sensibilidad narrativa, y logra que el lector no solo entienda lo que pasó, sino que lo sienta, lo duela, lo recuerde. La estructura del libro permite recorrer los distintos niveles de la tragedia: desde la geología hasta la política, desde la ciencia hasta la ética, desde el testimonio hasta la imagen.
La edición digital, publicada por Arte Libros y Café, incluye fotografías históricas, mapas, documentos oficiales y crónicas complementarias que enriquecen la lectura. Es una obra pensada para estudiantes, docentes, periodistas, historiadores, y para cualquier lector que quiera entender cómo se construyen —y cómo se podrían evitar— las tragedias colectivas.
Pero sobre todo, este libro es una invitación a no olvidar. A no repetir. A escuchar a quienes advierten. A valorar la ciencia, la prevención, la memoria. A entender que la defensa de la vida no puede depender del cálculo político ni del miedo al escándalo. Que la dignidad de un pueblo se mide también por cómo responde ante el riesgo, ante la alerta, ante la posibilidad de salvar.
Después de leer la columna que hoy se publica, esta obra se convierte en el siguiente paso natural. Porque si la columna es el grito, el libro es el eco. Y si Timoteo denuncia desde su rincón, Eleuterio documenta desde la historia. Ambos se complementan, se refuerzan, se necesitan.
Por eso, invito a todos los lectores a descargar Crónica de una tragedia anunciada y otras crónicas. No como un acto de lectura, sino como un acto de memoria. Porque Armero no fue solo una tragedia: fue una advertencia. Y este libro, más que una crónica, es un llamado a la conciencia.
Un comentario
Hermosa publicación.
Por equipo como ustedes su memoria perdurará por siempre .
Más que merecido.
Gracias