Bienvenidos… o más bien, arrímense pues.
Bueno… arrímense pa’ este rincón un momentico, que aquí el viejo Timoteo siempre tiene algo que contar, aunque a más de uno no le guste mucho lo que se oye.
Porque vea… en este pueblo uno aprende dos cosas muy rápido: primero, que el chisme camina más ligero que el bus de la mañana, y segundo, que cuando se acercan elecciones, hasta los que nunca saludaban empiezan a decirle a uno “vecino querido”.
Y no es que uno sea mal pensado… pero tampoco es que uno haya nacido ayer.
Estos días el parque anda más movido que tienda en quincena. Pasan carros, pasan promesas, pasan sonrisas que parecen recién estrenadas. Gente que hace un año ni se asomaba por estas calles ahora anda caminando despacito, dando palmaditas en la espalda y preguntando hasta por el perro de la casa.
Yo me siento aquí, en esta misma banca de siempre, con el tinto en la mano y el cigarro prendido, mirando el desfile. Y le digo una cosa: uno escucha más de lo que parece.
Porque el pueblo habla.
El tendero habla.
El mototaxista habla.
La señora que vende empanadas habla.
Y cuando todo ese ruido se junta… ahí es donde aparece la verdad, aunque venga disfrazada de chisme.
Así que bueno… bienvenidos a El Rincón de Timoteo.
Aquí no venimos a gritar, ni a acusar a nadie.
Aquí uno simplemente cuenta lo que ve, lo que oye… y lo que huele raro.
Y esta semana, vea pues… con eso de las elecciones, hay bastante tela pa’ cortar.
Porque cuando el pueblo va a votar, mijo…
también empiezan a salir cosas que muchos quisieran que se quedaran calladas.
Esta semana el pueblo amaneció como cuando se apaga una luz que uno pensaba que siempre iba a estar prendida.
Se nos fue don Aldemar López Maya, el notario.
Y aunque uno aquí en el parque oye de todo —chismes, cuentos, peleas y hasta mentiras bien armadas— hay cosas que cuando pasan se sienten de verdad.
Ese hombre llevaba años cuidando esa cosa que llaman la fe pública, que dicho en palabras más cristianas es cuando uno firma un papel y alguien serio responde porque ese papel no sea cuento ni trampita.
Don Aldemar era de esos que no dejaban pasar las cosas así no más.
Si el papel estaba mal, estaba mal y punto.
Si tocaba decirle a uno que volviera a hacerlo, lo decía sin miedo.
Pero vea… tampoco era de esos secos que atienden como si uno fuera una molestia. El hombre tenía su trato amable, su saludo decente, y cuando la ocasión lo pedía soltaba una frasecita medio mordaz que lo dejaba a uno callado… pero pensando.
Aquí en Salamina todo el mundo sabe que los López Maya son una familia de gente pensante, de esos que han salido por distintos caminos: abogados, intelectuales, gente de letras.
Y don Aldemar no era la excepción.
Muchos también lo recuerdan porque andaba metido en el cuento del periódico El Niguatero, donde hacía de jefe de redacción, que es básicamente el que pone orden cuando las palabras empiezan a caminar solas.
Así que bueno…
Desde este rincón del parque, donde el tinto nunca falta y el cigarro tampoco, el viejo Timoteo manda un saludo respetuoso a su familia, a sus colegas y a todos los que hoy sienten ese vacío.
Porque vea… en los pueblos pequeños, cuando se va alguien que hizo las cosas con seriedad, se siente como si el silencio caminara un ratico por las calles.
Esta mañana estaba yo sentado en la banca del parque, con el tinto todavía caliente y el cigarro medio prendido, cuando me puse a leer uno de esos editoriales que andan rodando por redes sociales especialmente los domingos. El autor firma con un nombre que suena más a libro de historia que a columna de Facebook: Vladimir Ilich Ulianov… sí señor, el mismo nombre del tal Lenin, aquel ruso que armó la revolución por allá lejos y hace rato.
Y le voy a decir una cosa… el hombre escribe bien, eso no se puede negar. Hace sus análisis de los candidatos al Congreso, desmenuza nombres, trayectorias, alianzas… todo muy ordenadito.
Pero vea… uno también aprende a leer entre líneas.
Porque una cosa es decir que uno analiza con neutralidad… y otra muy distinta es que la neutralidad se le quede a uno pegada en el teclado. Y leyendo esas publicaciones yo sentí que la balanza estaba medio inclinada pa’ un lado.
Yo no soy de partidos, ni de esos que andan con camiseta política puesta todos los días. Soy más bien de los que miran la cosa con calma, como quien observa una partida de dominó antes de apostar.
Y en ese mismo análisis que hace el editorialista hay una cosa que me quedó sonando.
Porque habla bastante de los candidatos… pero si uno mira con juicio a los que repiten aspiración a la Cámara, como Cardona y Osorio, pues tampoco es que uno recuerde una gestión muy ruidosa en favor de Salamina en estos cuatro años.
Y eso que el pueblo tuvo una oportunidad grande con lo del bicentenario, que era momento perfecto pa’ que desde Bogotá se movieran proyectos, gestión, algo que dejara huella.
Pero bueno…
Cada quien escribe desde donde mira el mundo.
Lo que sí le digo es otra cosa. A mí siempre me ha parecido curioso cuando algunos seguidores de esas corrientes del marxismo-leninismo —que hoy muchos llaman el socialismo del siglo XXI— hablan de pluralismo, pero terminan mirando con mala cara al que piensa distinto.
La historia ya mostró en varios países lo que pasa cuando el poder se concentra demasiado: menos libertades, persecuciones al que disiente y un Estado que quiere manejar hasta lo que uno desayuna.
Pero ojo… yo tampoco vengo aquí a repartir verdades absolutas.
En este rincón uno simplemente observa, escucha… y de vez en cuando dice lo que piensa.
Porque vea… en política, igual que en el parque, cuando alguien insiste mucho en que es neutral… es cuando más ganas le dan a uno de mirar pa’ qué lado está pateando el balón.
Vea pues… estos días el tema que más se oye en el parque no es ni el clima ni el partido del domingo. No señor. Lo que tiene a la gente murmurando bajito es ese asunto de los avalúos catastrales y el revolcón que puede venir con los predios, sobre todo los del campo.
Y claro… ahora sí aparecen muchos rasgándose las vestiduras, hablando de injusticias, de abusos y de lo mal que está todo. Pero uno aquí sentado, mirando el panorama con calma, se pregunta algo muy sencillo:
¿Y por qué apenas ahora?
Porque resulta que revisando el cuento con juicio, la sorpresa no es el ajuste que quieren hacer ahora. La sorpresa es que durante años nadie movió un dedo para actualizar esos avalúos. Y cuando uno empieza a mirar quiénes han pasado por la alcaldía desde entonces… pues el asunto deja de ser culpa de uno solo.
Por aquí han pasado varios alcaldes en ese tiempo: Germán Noreña, Constanza Duque, otra vez Germán Noreña, después Juan Pablo Ospina, y ahora Manuel F. Giraldo.
Y ojo… esto no es pa’ tirarle la piedra a uno solo ni pa’ absolver al otro.
Porque si el problema viene arrastrándose desde hace años, lo lógico es pensar que la responsabilidad también viene caminando con varios gobiernos encima.
Aquí lo que hubo fue un descuido largo… de esos que nadie atiende porque no dan votos inmediatos, hasta que un día el asunto explota y todo el mundo sale a buscar culpables.
También hay que decirlo: en este cuento no solo pintan los alcaldes. Los gestores catastrales regionales también tienen vela en ese entierro. Porque si la información no se actualiza, si los procesos se duermen y si nadie prende las alarmas… el problema termina creciendo como bola de nieve.
Entonces ahora sí vemos discursos encendidos, defensores de la justicia tributaria apareciendo por todas partes, y funcionarios tratando de quedar bien con la gente.
Pero vea… cuando un problema se deja quieto durante tantos años, lo más honesto sería que todos los que pasaron por el cargo reconozcan que el descuido fue compartido.
Porque en política pasa algo muy curioso. Cuando la cosa sale bien… aparecen muchos papás. Pero cuando el enredo revienta… nadie quiere reconocer que también ayudó a criarlo.
Mire parcero… aquí en el parque uno aprende rápido una cosa: al que le gusta mostrarse mucho, termina volviéndose paisaje.
Y es que al alcalde yo ya hasta le tengo apodo. No se ofenda pues el hombre, pero aquí entre nosotros yo le digo “el modelito de la esquina del parque”.
Porque vea… en mi tierra siempre se ha dicho algo muy sencillo: a papaya madura, se la comen. Y este pobre muchacho… da papaya todo el tiempo.
Aunque pensándolo bien, de pronto ni siquiera es que él dé tanta papaya. Capaz que la cosa viene más bien de esos genios que tiene en la oficina de comunicaciones, que más que oficina parece agencia de propaganda.
Porque hermano… esos muchachos solo saben hacer una cosa: mostrar al alcalde en todo.
Que si camina… ahí está la cámara.
Que si saluda… ahí está la cámara.
Que si respira… ahí está la cámara.
Y detrás de todo ese espectáculo siempre aparece el viejo Pichi, con la cámara pegada al hombre como si fuera sombra, grabándolo hasta cuando da dos pasos.
Uno lo ve en el campo, lo ve en las veredas, lo ve entregando cosas… y siempre con el mismo libreto: video, foto, abrazo, sonrisa y discurso.
Hace poco lo vimos entregando unas estufas a los campesinos. Muy bonito el gesto, claro que sí.
Pero ahí es donde el cuento se pone curioso.
Porque según dicen por ahí —yo no afirmo nada, ojo— esas estufas no fueron gestionadas por la alcaldía, sino que venían de programas del gobierno departamental o del nacional.
No sé de cuál exactamente… pero lo cierto es que en los videos parecía como si la gestión hubiera salido directamente del despacho del modelito.
Y ahí estaba él, muy juicioso, entregando estufas, dando abrazos, posando para la foto, como si fuera el Papá Noel de las cocinas campesinas.
Mientras tanto… en San Félix, la cosa se comenta distinto.
Pero bueno… ese chisme lo dejamos pa’ contarlo con calma en el siguiente tinto.
Y como le venía diciendo ahorita… mientras el modelito de la esquina del parque anda de finca en finca repartiendo abrazos frente a la cámara, por allá en San Félix la gente tiene otro cuento atravesado en la garganta.
Resulta que allá está ese Centro Administrativo, Cultural y Deportivo Santo Domingo Sabio, una obra que ya se volvió como esas novelas largas que nunca terminan.
Porque según dicen los mismos vecinos, la justicia ya había ordenado que esa obra se terminara y se entregara a la comunidad. O sea, que la cosa debía quedar lista y funcionando para todo el mundo.
Pero vea… uno pasa por allá y lo que encuentra es otra historia.
Las obras, al parecer, ya están terminadas. No se ven obreros, no se oye martillo, no se mueve ni una carretilla. El lugar está ahí… bonito, quieto… pero cerrado.
Y ahí empieza el murmullo del pueblo.
Porque cuentan algunos vecinos que las llaves del centro no están en manos de la comunidad ni de una administración abierta, sino que terminaron guardadas donde un concejal cercano al alcalde.
Y entonces, según dicen por allá, el cuento funciona más o menos así: se presta el escenario… pero a los que el hombre decida.
Mientras tanto, el centro permanece cerrado durante el día y buena parte de la tarde, y apenas se abre un ratico en la noche… y casi siempre para los mismos.
Y claro… ahí es donde empieza la rabia.
Porque los muchachos quieren jugar, las mujeres quieren usar los espacios deportivos, los niños quieren correr por esas canchas… pero el lugar permanece como si fuera un club privado disfrazado de obra pública.
Lo más delicado del chisme —y ojo que yo aquí repito lo que se comenta en la calle— es que algunos dicen que a ciertas personas les han dejado caer que mejor no aparezcan por allá si andan cerca de otros movimientos políticos.
Si eso fuera cierto, mijo… la cosa sí sería grave.
Porque un espacio que se construyó con plata pública no puede terminar convertido en herramienta de simpatías políticas ni en portería de favores.
Y más ahora… cuando el país está de elecciones al clngreso.
Pero bueno… yo no afirmo nada.
Yo solo cuento lo que la gente murmura en el parque.
Porque vea… cuando una obra pública queda cerrada… las puertas no solo guardan silencio.
También guardan preguntas.
Bueno… y pa’ ir cerrando este ratico de charla, le voy a confesar algo: hay varias cositas que me tienen la cabeza caliente desde hace días.
La primera vuelve a ser San Félix, porque allá también anda dando vueltas otro cuento. Resulta que supuestamente estaban construyendo unas casitas dentro de un proyecto que, según dicen, lideraba el modelito de la esquina del parque. Pero de un momento a otro… las obras se pararon.
¿Que pasó?
Ni idea… Nadie explica nada, nadie informa nada, y lo único cierto es que eso quedó ahí… en veremos, como tantas otras cosas en este pueblo.
Otra novela que ya parece de las largas es la carretera Salamina–La Merced. Que sí, que va, que viene, que el contrato, que el anuncio… pero al final nadie sabe muy bien qué pasó. Si el contrato ya está publicado en el SECOP, si existe interventor o si todo era puro ruido pa’ ambientar las elecciones.
Porque aquí entre nos… también hay quienes dicen que todo eso huele más a cuento preelectoral, de esos que aparecen cuando algunos quieren dar el impulso a ciertos candidatos…por ejemplo al señor de las marionetas y que todos sabemos a quien apoya.
Yo no sé si será así.
Pero mi compañero Mercurio, que es más leído que yo en esos temas, hasta salió con una frase que me hizo reír:… que si la carretera no aparece pronto, nos toca empezar la novena a San Chamuel pa’ ver si el milagro se da.
Y como si no faltaran novelas, también está el asunto de la reconstrucción del Teatro, de la que hace rato no se oye ni pío. Mientras tanto el tiempo pasa… y el edificio sigue deteriorándose con el palacio municipal recién pintado, como recordándole a uno que la pintura no siempre tapa los problemas.
Y la última cosita —que esa sí me dejó pensando— es lo que están diciendo de la Escuela Taller. Ahora resulta que quieren ceder una parte del edificio para que funcione ahí un Call Center.
¡Que berraquera!, dirá alguno.
Pero espere… ¿ceder?
Luego ese edificio no es del municipio.
¿Y ese Call Center no es una empresa privada?
Entonces a uno le queda la duda, porque yo de leyes no sé mucho, pero siempre me he preguntado si una empresa privada con ánimo de lucro puede instalarse, así como así en un edificio público… o si aquí hay alguna figura que la gente del común no conoce.
Por eso le voy a pedir el favor a mi amigo Mercurio, que es el que entiende esas vueltas jurídicas, que un día de estos nos explique bien el cuento.
Porque uno puede ser chismoso…
pero tampoco le gusta hablar a oscuras.
En fin… Hasta aquí llegamos hoy.
Solo me queda decir una cosa ahora que vienen las elecciones: ojalá esta vez votemos con la cabeza y no con el bolsillo o el estómago.
Porque si seguimos haciendo lo de siempre —votar por el que diga el alcalde o sus lacayos— después no nos quejemos cuando las promesas queden en veremos…
igual que tantas obras que todavía estamos esperando.