Murillo amanece despacio, como si el frío del páramo le pidiera al tiempo que no se apresure. A más de 2.900 metros de altura, en las faldas del Nevado del Ruiz, el aire corta la respiración y al mismo tiempo la limpia. No es un lugar de prisas. Es un territorio donde la neblina se enreda en los tejados, donde las montañas parecen vigilar en silencio y donde la vida se mide más por cosechas que por relojes. Por eso, cuando el nombre de este pequeño municipio del norte del Tolima resonó en un escenario internacional en China, muchos sintieron que no se trataba solo de un premio, sino de una especie de revelación: el mundo, por fin, estaba mirando hacia donde siempre debió mirar.
La noticia llegó como llegan las cosas importantes en los pueblos: de boca en boca, entre incredulidad y orgullo. Murillo había sido reconocido por la Organización de las Naciones Unidas para el Turismo como uno de los Mejores Pueblos Turísticos del Mundo en 2025. No era poca cosa. Entre cientos de destinos rurales del planeta, este rincón enclavado en la cordillera había logrado destacarse por algo que no se fabrica ni se improvisa: su manera de habitar el territorio.
En el parque principal, donde el viento siempre parece tener algo que decir, la gente comentaba el anuncio con una mezcla de sorpresa y certeza. “Es que aquí siempre hemos sido así”, decía un campesino mientras acomodaba su ruana. Y en esa frase había una clave profunda: Murillo no cambió para ganar un premio; el premio llegó porque Murillo nunca dejó de ser lo que es.
La historia de este reconocimiento empezó meses atrás, cuando el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo abrió una convocatoria nacional. Veintiocho municipios levantaron la mano, cada uno con sus paisajes, sus tradiciones y sus apuestas. Ocho fueron seleccionados para representar a Colombia ante la ONU Turismo. Entre ellos, Murillo llevaba algo más que documentos y cifras: llevaba una forma de vida.
El proceso de evaluación no fue superficial. Nueve criterios definieron la selección: sostenibilidad ambiental, preservación cultural, desarrollo económico, seguridad, gobernanza, entre otros. Pero más allá de los indicadores, lo que parecía estar en juego era una pregunta más amplia: ¿puede el turismo ser una herramienta para cuidar, y no para destruir?
Murillo respondió con hechos.
A diferencia de otros destinos que han visto en el turismo una oportunidad de crecimiento desmedido, este municipio ha optado por un camino distinto, más lento, más consciente. Aquí no hay grandes cadenas hoteleras ni proyectos que rompan el paisaje. Lo que hay son casas familiares, caminos de tierra, cultivos que siguen el ritmo de las estaciones y una comunidad que entiende que el verdadero valor de su territorio está en conservarlo.
Caminar por Murillo es entender esa lógica. Los bosques de palma de cera se levantan como columnas vivas, silenciosas, recordando que el tiempo de la naturaleza no es el mismo de los humanos. Las cascadas caen con una fuerza que parece antigua, como si siempre hubieran estado ahí, ajenas a cualquier reconocimiento. Y más arriba, donde el páramo comienza a dominar el paisaje, la sensación es otra: una mezcla de fragilidad y grandeza que obliga al respeto.
Pero Murillo no es solo paisaje. Es, sobre todo, gente.
En las cocinas, donde el frío se combate con café y fogón de leña, se cuentan historias que no están en los libros. Historias de arrieros que cruzaban montañas, de cosechas difíciles, de fiestas que nacieron del trabajo y no del espectáculo. El Festival de la Cosecha de Papa, por ejemplo, no es un evento diseñado para turistas; es la celebración de una economía, de una identidad, de una relación profunda con la tierra. Lo mismo ocurre con el Concurso de la Arriería, donde se revive una práctica que durante años sostuvo la vida en estas montañas.
Ahí está, quizás, una de las claves del reconocimiento: Murillo no actúa para el visitante, sino que invita al visitante a mirar lo que ya existe.
En Huzhou, China, durante la ceremonia de los Best Tourism Villages, la alcaldesa María Camila Sánchez subió al escenario con esa carga simbólica. No llevaba solo un discurso institucional, sino la voz de un pueblo entero. Habló de trabajo en equipo, de comunidad, de tradición. Dijo que Murillo ofrece un turismo en armonía con la naturaleza y con sus raíces. Y no sonó a frase aprendida. Sonó a verdad.
Mientras tanto, en Murillo, la noticia seguía recorriendo calles, tiendas, fincas. Algunos la celebraban con entusiasmo, otros con una calma casi reflexiva. Porque aquí, incluso la alegría parece tener otro ritmo. No hay estridencia. Hay una especie de orgullo sereno, como si el reconocimiento confirmara algo que ya se sabía.
El secretario de Turismo y Cultura del Tolima, Alexander Castro, habló de una oportunidad para mostrarle al mundo la belleza del departamento. Y sí, lo es. Pero también es un desafío. Porque ahora Murillo entra en un circuito global, en una red de destinos que atraen miradas, intereses, visitantes. Y la pregunta inevitable es cómo sostener lo que se ha construido sin perder el equilibrio.
Hasta ahora, el municipio ha dado señales claras. Programas de reforestación, campañas para reducir el uso de plásticos, protección activa del Parque Nacional Natural Los Nevados. No se trata solo de conservar por conservar, sino de entender que el futuro depende de esas decisiones. En un contexto donde el turismo muchas veces erosiona lo que toca, Murillo propone lo contrario: regenerar.
Esa palabra —regenerativo— empieza a tomar fuerza en América Latina, y Murillo se ha convertido en uno de sus ejemplos más visibles. No es un concepto abstracto. Se traduce en acciones concretas: en cómo se reciben los visitantes, en cómo se manejan los residuos, en cómo se involucra a la comunidad en cada proceso.
Pero hay algo más difícil de medir y, al mismo tiempo, más importante: la coherencia.
Murillo no está intentando ser otra cosa. No busca parecerse a destinos internacionales ni replicar modelos ajenos. Su apuesta es más sencilla y, por eso mismo, más compleja: ser fiel a sí mismo. Y en un mundo donde la homogeneización avanza rápido, esa fidelidad se vuelve un acto casi político.
Al caer la tarde, cuando el frío vuelve a apretar y la neblina regresa como una vieja conocida, el pueblo recupera su ritmo habitual. Los niños juegan en el parque, los adultos conversan en las esquinas, las luces se encienden poco a poco. Nada parece haber cambiado, y sin embargo, todo tiene ahora una dimensión distinta.
Porque Murillo sigue siendo el mismo, pero ya no es invisible.
El reconocimiento internacional no transforma su esencia, pero sí amplifica su voz. Lo pone en el mapa, lo conecta con otras realidades, lo expone a nuevas dinámicas. Y ahí está el reto: mantener el equilibrio entre abrirse al mundo y no perder el alma.
Quizás por eso, más que un premio, lo que recibió Murillo fue una responsabilidad.
La de demostrar que otro tipo de turismo es posible. Que se puede crecer sin destruir. Que la cultura no es un adorno, sino un eje. Que la naturaleza no es un recurso, sino un hogar.
Y mientras el mundo empieza a mirar hacia este pequeño municipio del Tolima, Murillo sigue haciendo lo que siempre ha hecho: sembrar, cuidar, celebrar, resistir.
Tal vez ahí radica su verdadera grandeza. No en el reconocimiento que llegó desde lejos, sino en la certeza de que, mucho antes de ese aplauso internacional, este pueblo ya había encontrado su manera de estar en el mundo.