Buenas, buenas, mis compadres, ¿cómo amanecen o qué, ah? Porque lo que les traigo hoy no es cuento de camino sino de esos que se oyen bajito pero retumban duro en la conciencia. Resulta que esta Semana Santa en Salamina, que debería ser de silencio, incienso y respeto, terminó pareciendo más una vitrina de vanidades que una tradición sagrada. Y yo no es que sea santo ni ejemplo de nada, pero hay cosas que ni el más relajao se traga sin hacer cara.
Miren, mientras el Nazareno hacía su recorrido como manda la costumbre, lo que más brillaba no era la fe del pueblo sino el chalequito institucional del señor alcalde, que parecía más pendiente del lente que del momento. ¡Ave María! La gente cargando promesas, sudando la fe, y por otro lado el equipo de prensa correteando pa’ ver cómo lo acomodaban mejor en el cuadro. Que salga aquí, que mire allá, que sonría… como si la procesión fuera un set de grabación y no un acto de recogimiento.
El pueblo murmura —y yo solo repito lo que se dice en la esquina— que hasta videos recortados andan rodando, donde lo importante no es la devoción sino quién aparece más veces en pantalla. ¿Entonces en qué quedamos? ¿Esto era pa’ rezar o pa’ posicionar imagen? Porque una cosa es acompañar y otra muy distinta es adueñarse del momento como si fuera campaña en vivo.
Y ojo, que aquí nadie está diciendo que no participen, faltaba más. Pero hay una línea delgadita entre presencia y protagonismo, y esa línea se la pasaron por donde ya sabemos. La fe no necesita filtros, compadres, ni edición, ni aplausos dirigidos. La fe es sencilla, callada… y no le gusta que la usen de telón pa’ alimentar egos.
Salamina merece respeto, no show barato. Y si siguen así, no va a haber agua bendita que alcance pa’ limpiar tanta payasada con disfraz institucional.
Nos leemos, si es que no me censuran por decir lo que todos piensan y pocos sueltan.
Buenas, buenas, mis compadres, porque tampoco todo es rabia ni pataleta en este pueblo, ¿oyó? A veces, entre tanto enredo, aparece una cosa bien hecha que hasta a uno lo deja callado un ratico… y eso ya es mucho decir.
Resulta que por fin le rindieron homenaje a monseñor Carlos Isaza Mejía, y vea, ya era hora, carajo. Ese reconocimiento no era pa’ hacerlo como quien cumple con un pendiente olvidao ni como acto de relleno pa’ completar agenda, sino pa’ ponerlo en el centro, en lo grande, como se hace con los que de verdad dejaron huella. Porque aquí entre nos, sin tanto cuento, buena parte de lo que es Salamina hoy se levantó con el empuje de ese hombre.
Pero venga le digo una cosa que se comenta bajito pero con rabia: ese homenaje debió ser el acto central del bicentenario, no un añadido entre tarimas, ttraguito amarillo, música a todo volumen y parranda larga. Porque lo que se vio —y el pueblo no es bobo— fue más fiesta de colorcito y foto que cultura bien contada. Mucho amarillito, mucha bulla… pero la historia, la de verdad, quedó como arrinconada, como si incomodara.
Que si era conservador, que si a muchos no les cuadraban sus ideas… claro, eso se oye en cada esquina. Pero también dicen —y con más peso— que fue un berraco pa’ trabajar por la educación. Fundó instituciones que no son cualquier cosita: La Presentación, la Normal María Escolástica, el Pío XII… ¿cuántas generaciones no salieron de ahí? ¿cuántos maestros, cuántas familias enteras no cambiaron su rumbo gracias a eso? Eso no se borra con opiniones ni con discursos de ocasión.
El pueblo murmura que la memoria no se paga con actos pequeños ni placas escondidas. Y yo también lo digo: reconocer no es quedar bien, es hacer justicia. Y a este señor le debían eso hace rato… pero bien hecho, no a medias.
Eso sí, tampoco es pa’ aplaudir como focas y salir a olvidar todo lo demás. Una cosa bien hecha no tapa diez mal hechas, pero tampoco se puede negar cuando algo se hace como se debe, aunque a más de uno le incomode reconocerlo.
Aquí no se trata de ideologías ni de gustos, se trata de historia. Y la historia, compadres, no se acomoda al gusto del que organiza la fiesta ni se tapa con música y camisetas de colores.
Nos leemos, que el que no sabe lo que costó levantar el pueblo, termina creyendo que todo nació en una tarima.
Buenas, buenas, mis compadres, agárrense que este chisme viene con espinas, de esos que no son invento sino realidad con olor a abandono. Me contaron los de San Félix, y no uno ni dos, sino varios con la misma cantaleta, que el parque del corregimiento anda más descuidado que promesa en campaña.
Resulta que al comienzo de la Semana Mayor, la misma gente tuvo que salir con machete y ganas pa’ arreglar lo que debería tener mantenimiento fijo. Limpiar, podar, recoger… hacer lo que le corresponde al municipio, pero que al parecer se quedó en el papel. Porque antes había un jardinero que mantenía eso como una tacita, con flores bonitas, limpio, ordenao… como debe ser.
Pero vea pues, que al hombre lo movieron pa’ la cabecera. Así, sin anestesia. Y uno dice: bueno, listo, lo necesitan allá. Pero cuando uno rasca un poquito, aparece el detalle sabroso… el contrato es pa’ mantener los parques de Salamina y San Félix. ¡Los dos! Entonces, ¿cómo es la vuelta? ¿le pagan por dos y trabaja en uno?
El pueblo murmura —y yo solo repito— que eso no es descuido, eso tiene más fondo. Porque soluciones hay: organícenle un plan, páguenle los traslados, repartan el tiempo… pero no, más fácil dejar que uno se vea bonito y el otro se las arregle como pueda.
Y ahí es donde uno empieza a maliciar. Porque cuando el abandono coincide con donde hay menos votos, la cosa deja de ser casualidad. Pero bueno, yo no afirmo nada, yo solo digo lo que se comenta en la esquina.
Lo cierto es que un parque no se cuida solo, y un pueblo tampoco se sostiene con promesas. Y cuando la comunidad tiene que hacer el trabajo que ya está pago… algo no cuadra, compadres. Pero espere, que aquí es donde la cosa se pone más sabrosa, porque este no es solo un problema de machete y maleza, sino de autoridad que brilla por su ausencia.
Porque pa’ eso mismo existe la figura del corregidor, pa’ estar ahí, pa’ mirar, pa’ exigir, pa’ representar al pueblo ante la administración. Pero llevamos más de 21 meses y nada que lo nombran, carajo. Y eso que el mismo alcalde, con voz firme y pecho inflado, prometió el 7 de febrero que “la próxima semana” daba noticias del nombramiento. ¿Y las noticias? Bien, gracias… porque lo único que llegó fue el silencio, ese que ya se volvió costumbre.
El pueblo murmura —y con razón— que tocó hasta meter acción de tutela pa’ que respondiera lo que le preguntaron sobre esa promesa. ¡Una tutela, compadres! Y cuando por fin contestó, dicen que fue más enredado que explicación de político en campaña, esquivando, acomodando palabras, como pa’ salir del paso sin decir nada claro. Entonces uno se pregunta: ¿era promesa o era cuento pa’ calmar la cosa ese día?
Porque sin corregidor, San Félix queda como barco sin timón: nadie fiscaliza, nadie pone el grito en el cielo, nadie defiende lo que le corresponde al corregimiento. Y mientras tanto, los problemas se vuelven paisaje y la gente termina resolviendo lo que otros ya cobraron por hacer.
Yo no afirmo nada… pero tampoco me hago el bobo. Porque cuando las promesas se repiten y no se cumplen, ya no son promesas, son costumbre. Y esa sí que es peligrosa.
Nos leemos, que aquí el silencio también habla… y a veces grita más que cualquier discurso.
Pónganse cómodos que ahora no vengo a tirar piedra sino a soplar una brasa que, si se cuida bien, puede prender tremendo fuego… del bueno, del que alumbra y no del que quema.
Les traigo un chisme de esos que no incomodan sino que ilusionan… pero ojo, que también ponen a pensar. Porque soñar es fácil, lo jodido es sostener el sueño cuando toca trabajar, cuando hay que madrugarle a las ideas y no dejarlas morir en la primera dificultad.
Resulta que anda rodando la idea de postular a San Félix como “Pueblo Turístico de la ONU” pa’ el 2029. Y vea, cuando me lo contaron, yo mismo dije: “esta vaina suena grande… demasiado grande pa’ tomarla a la ligera”. Porque si uno mira bien, el corregimiento tiene con qué, y de sobra. No es carreta. Esos paisajes no se consiguen en cualquier parte, esos bosques de palma de cera no son cualquier postal, eso es patrimonio vivo. La cultura campesina sigue respirando, no es show pa’ turista, es vida real. Y la identidad… esa todavía no la han vendido al mejor postor, y eso ya es decir mucho en estos tiempos.
Pero aquí viene el detalle, el que pocos quieren oír porque no suena bonito: eso no se logra con emoción ni con discursos inflados. El mismo que lanzó la idea lo dijo sin rodeos: primero hay que organizar la casa. Y organizar la casa no es hacer una reunión y ya, es poner orden de verdad. Que los de allá se la crean, pero en serio, no de palabra. Que haya liderazgo, pero del que camina, no del que posa. Que la gente que está por fuera aporte, no solo opinando sino metiendo el hombro. Que se construya una narrativa propia, auténtica, que no copie modelos ajenos ni venda humo.
Porque ojo, compadres, el turismo es un arma de doble filo. Bien hecho, levanta pueblos. Mal hecho, los vuelve vitrina pa’ otros y problema pa’ los de siempre. ¿De qué sirve atraer gente si no hay organización? ¿si no hay reglas? ¿si todo se vuelve negocio improvisado? Ahí es donde empiezan los conflictos, la basura, el desorden… y después vienen a decir que el progreso salió caro.
El pueblo murmura que sí se puede, y yo también lo creo. Pero también dicen —y con razón— que si siguen esperando que el municipio les resuelva todo, se van a quedar mirando pa’ arriba mientras otros avanzan. Porque esto requiere unión, estrategia, disciplina… palabras que suenan bonitas pero que cuestan sostener en el día a día.
Aquí hay algo clave: San Félix no necesita inventarse nada, ya lo tiene todo. Lo que falta es creérselo, organizarse y proteger lo que tiene antes de salir a mostrarlo. Porque cuando uno no cuida lo propio, siempre llega alguien de afuera a ponerle precio.
Yo solo digo esto, compadres: San Félix tiene el oro en las manos, pero si no aprende a administrarlo, se le vuelve polvo entre los dedos. Esto puede ser un antes y un después… o puede quedarse en la misma historia que se cuenta cada año entre tinto y nostalgia.
Si despiertan, esto vuela. Pero si siguen divididos, dudando y esperando… se queda en promesa, en idea bonita, en sueño que nunca salió de la conversación.
Nos leemos, que aquí el futuro ya está servido… lo que falta es decidir si se lo comen o lo dejan enfriar.
Ahora sí viene lo pesao, lo que tiene a más de uno mascando rabia en silencio. Porque lo de San Félix con la politiquería ya no es cuento, eso es una novela mal escrita donde los mismos personajes hacen el mismo papel de siempre.
Cuatro concejales, dicen por ahí, y ni entre ellos se ponen de acuerdo pa’ empujar el mismo carro. Uno propone, los otros miran pa’ otro lado. Otro que llegó con aval, apoyo y plata aportada por otros y ahora se hace el loco… traición de las que dejan marca. Y los demás, bien acomodados con el oficialismo, como si el cargo fuera pa’ quedar bien y no pa’ trabajar por el pueblo.
Pero eso no es lo peor. Lo más berraco es ese ambiente de división, de ego inflado, de querer figurar sin construir nada. Personajes que bloquean, que persiguen al que piensa distinto, que creen que gobernar es cerrar puertas y no abrir caminos.
El pueblo murmura que así no se avanza, que así lo único que crece es el resentimiento. Y tienen razón. Porque mientras se pelean entre ellos, el corregimiento se queda estancado, viendo cómo otros avanzan.
Y aquí viene una idea que suena sencilla pero pesa: las páginas de Facebook, los medios de comunicacion, la gente que comunica… San Félix tienen varios comunicadores deberían remar pa’l mismo lado. Promocionar el pueblo, compartir, construir red, olvidarse de los resentimientos, en especial de la politiquería, unirse a trabajar juntos. Pero ni eso, compadres. Ni eso logran.
Yo solo digo esto: un pueblo dividido es tierra fácil pa’ los vivos. Y mientras el ego mande, el progreso no entra ni por la puerta de atrás. Si siguen con el ego por delante y la división por bandera, San Félix se va a quedar en el olvido mientras otros pueblos avanzan. La unión hace la fuerza, compadres, y la envidia solo hace ruina.
Nos leemos, que aquí no falta talento… falta dejar la pendejada.
Pero no se me queden con la palabra atravesada, compadres, que todavía falta lo último… y ustedes ya saben que aquí la despedida no es pa’ bajar el tono, sino pa’ apretar donde más duele.
Bueno pues, ya casi me quedo sin chisme pa’ soltar, pero antes de amarrar este costal de verdades a medias y mentiras completas, les hablo de frente, sin maquillaje ni libreto, desde esta esquina donde el viento trae lo que el pueblo piensa y nadie se atreve a decir en voz alta.
Oigan bien, que se vienen elecciones y el silencio ya no es opción, carajo. Ya estuvo bueno de hacerse el de la vista gorda, de dejar que otros decidan y después salir a quejarse como si la cosa no fuera con uno. Aquí cada quien tiene que asumir lo suyo: elegir, participar, meter la ficha. Porque no votar no es rebeldía ni inteligencia… es dejarle la mesa servida a los mismos de siempre.
Y no me vengan con el cuento gastado de que “todos son iguales”, porque mientras usted se queda cruzado de brazos, hay otros moviendo los hilos, organizándose, asegurando su pedazo del pastel. La política no se queda vacía, compadres, alguien siempre ocupa ese espacio… la pregunta es si lo ocupan por decisión suya o por su ausencia.
Esto no es de colores ni de peleas bobas en redes. Esto es dignidad. Que gobierne quien la mayoría elija, sí… pero que esa mayoría exista de verdad, que salga a votar, que se sienta, que pese. Porque cuando el pueblo se mueve, el poder se acomoda. Y cuando el pueblo se queda quieto… el poder hace lo que le da la gana.
Yo me sueño —y no es carreta— el día en que en Salamina no quede una sola cédula sin marcar, que cada vereda, cada calle, cada rincón diga “aquí estamos”. Ese día sí quiero ver a más de uno tragando saliva.
Así que saquen la cédula, quítenle el polvo del olvido y vayan a decidir con cabeza fría y corazón firme. Que después no digan que no sabían, que no pudieron, que no era con ustedes.
Porque al final, compadres, la democracia no se defiende hablando bonito… se defiende votando.
Y ya saben cómo es esto: yo solo repito lo que se dice en la esquina… pero el que quiera oír, que oiga.
Nos leemos el próximo domingo, si el editor no se asusta… y si no, igual nos seguimos encontrando por ahí, donde el chisme se vuelve verdad.