Los caminos que Salamina abrió hacia el Tolima
Hay pueblos que nacen y se quedan quietos, mirándose el ombligo, y hay pueblos que nacen para parir otros pueblos. Salamina fue de estos últimos. Cuando uno recorre hoy sus calles empedradas, sus balcones tallados y sus fachadas de colores que le ganaron el título de Patrimonio Cultural de la Nación, es fácil olvidar que esas mismas calles fueron, durante buena parte del siglo XIX, una estación de paso: el lugar donde miles de familias antioqueñas hacían un alto en el camino, se persignaban frente a la montaña que les esperaba y seguían adelante, mula tras mula, hacha al hombro, hacia tierras que todavía no tenían nombre. Una de esas tierras terminaría llamándose El Líbano.
La historia empieza más al norte, en el sur de Antioquia, en pueblos como Sonsón, Abejorral, Rionegro, La Ceja y Marinilla, de donde salieron, entre 1800 y 1825, centenares de familias apretadas por la falta de tierra y sobradas de hijos. No era una migración organizada desde ningún despacho: era gente que caminaba porque atrás ya no había dónde sembrar, y que llevaba consigo lo único que de verdad le pertenecía, que era la fe, el machete y la costumbre de no quedarse quieta. Esa corriente humana se movió por varias rutas a la vez —por las estribaciones de la cordillera, por el viejo camino que unía a Antioquia con el Cauca, por los reales de minas de Marmato, Riosucio y Supía—, pero fue la que avanzó por la vertiente occidental de la Cordillera Central la que terminó por definir el mapa de lo que hoy conocemos como el Viejo Caldas.
En esa ruta se fundaron, en apenas dieciocho años, tres pueblos que serían bisagra de toda la colonización: Aguadas en 1814, Salamina en 1825 y, más al sur, Manizales poco después. Pero Salamina tuvo algo que las otras poblaciones no tuvieron con la misma fuerza: quedó plantada justo sobre el Camino del Norte, la ruta de tierras altas por la que se movían las provincias de Antioquia y del Cauca esquivando las fiebres y las enfermedades tropicales de las tierras bajas. Eso, que hoy suena a un dato de manual de geografía, en el siglo XIX era la diferencia entre llegar vivo o no llegar. Salamina se volvió, sin buscarlo del todo, un cruce de caminos obligado, y de los cruces de caminos, cuando además hay buena tierra alrededor, salen pueblos madre.
Y madre fue, literalmente, la palabra que le quedó. De Salamina salieron colonos que fundaron Filadelfia, Neira, Aránzazu, Pensilvania, La Merced, Marulanda y San Félix, entre otros. Fue plaza militar y comercial durante las guerras civiles del siglo, desde la de los Supremos hasta la de los Mil Días, y se convirtió en centro de arriería que enlazaba estas montañas con los puertos de Honda y Ambalema sobre el río Magdalena, por donde entraba y salía la vida entera de la república. Desde ahí, desde ese trajín de mulas y de plata y de curas y de soldados, se apoyó también la colonización hacia el oriente, por la ruta que subía al páramo de Herveo y bajaba hacia Victoria, abriendo paso al poblamiento de Manzanares y Marulanda, y dejando, sin proponérselo del todo, la puerta entreabierta hacia el norte del Tolima.
Porque hay que decirlo con toda claridad: sin Salamina no se entiende El Líbano. La ruta que los colonizadores siguieron para cruzar la cordillera y bajar hacia las tierras tolimenses pasaba, casi obligatoriamente, por estas montañas caldenses. El más transitado de esos caminos, el Camino de El Ruiz, arrancaba en Manizales, subía por los Termales, bordeaba el Nevado del Ruiz y bajaba hacia Murillo, El Líbano, Mariquita y Honda; otro, el de Aguacatal o de La Elvira, trepaba por el páramo del mismo nombre, cruzaba el Paso de Yolombal y descendía por el río Gualí hasta Mariquita. Ambos caminos de herradura eran, en el fondo, la prolongación natural de aquel primer trazo que Salamina había abierto décadas atrás. Los mismos colonos, o sus hijos, o los hijos de sus vecinos, siguieron caminando.
El Líbano, así, no nació de la nada ni de un solo golpe de fortuna: fue un proceso largo, que arrancó con la adjudicación de tierras baldías en 1849 y que solo obtuvo su aprobación oficial como municipio en 1886, de manos del Soberano Estado del Tolima. En medio de esas casi cuatro décadas hubo hachas, fiebres, litigios de tierra, familias enteras que llegaron a lomo de mula sin más patrimonio que la voluntad de quedarse, y un liderazgo que la memoria tolimense asocia sobre todo al general Isidro Parra. El resultado fue un pueblo que llegó a ganarse, por su pujanza cafetera y comercial, el sobrenombre de «la Suiza del Cercano Oriente», apodo que sostuvo con orgullo hasta bien entrada la década de 1970. Muy cerca, siguiendo la misma lógica de expansión de la frontera colonizadora, nacieron Murillo en 1873 y, entre 1850 y 1880, Villahermosa y Fresno, este último conectado con el puerto de Honda por el Camino del Perrillo o de La Moravia, otra vena más de ese mismo sistema circulatorio que tenía en Salamina y Manizales su corazón.
Y aquí es donde conviene detenerse en un apellido que a los salamineños nos toca de cerca, porque no es un dato de archivo lejano sino, para muchos de nosotros, una cuestión de sangre propia: el apellido Gómez. Entre el puñado de fundadores que en 1825 le dieron forma legal a Salamina —Fermín López, Francisco Velásquez, Ana Joaquina Hurtado de López, Juan José Ospina, José Ignacio Gutiérrez, Nicolás Echeverri y otros más— figuran, con nombre y apellido completos en las actas que ha rescatado la memoria local, Nicolás y Antonio Gómez Zuluaga. No fueron un apellido de paso ni un nombre suelto en una lista larga: fueron parte del núcleo fundador de la que se convertiría en la ciudad madre de todo este proceso colonizador, la misma que después parió a Aránzazu, a Neira, a Filadelfia, a San Félix.
El sacerdote e investigador Horacio Gómez Orozco, que dedicó más de cincuenta años y archivos de Colombia, Italia, España y hasta Jerusalén a rastrear el origen y el papel de este apellido en la fundación de pueblos y ciudades, documentó algo que cualquier salamineño con memoria familiar puede confirmar de oído: que los Gómez no fueron figurantes de la colonización antioqueña, sino arrieros y fundadores en casi todas sus etapas, desde Jericó hasta Salamina, desde Marinilla hasta Aránzazu, desde Sonsón hasta Samaná. Es, según su investigación, un apellido que hizo presencia en prácticamente todos los rincones donde la colonización dejó pueblo. Y si algo caracterizó a esa gente fue precisamente lo que caracteriza a un buen arriero: no quedarse en el primer pueblo fundado, sino seguir camino cuando la siguiente montaña llamaba.
No hace falta forzar la historia para reconocer ese patrón en la ruta hacia el Tolima. Los Gómez que ayudaron a levantar Salamina en 1825 pertenecían a la misma savia migratoria que, dos y tres generaciones después, seguiría empujando la frontera de colonización hacia el páramo de Herveo, hacia Murillo, hacia El Líbano, siguiendo exactamente los mismos caminos de herradura que Salamina había ayudado a trazar. La genealogía tolimense conserva, en investigaciones dedicadas por entero a las familias fundadoras de El Líbano, el rastro de ese entronque entre las estirpes antioqueñas y caldenses que bajaron la cordillera y las que ya estaban asentadas en las haciendas del naciente Tolima; un tejido de apellidos —Parra, Jaramillo, Londoño, y entre ellos, por supuesto, los Gómez— que terminó por darle fisonomía definitiva a estos pueblos.
Quien lleva el apellido Gómez y tiene raíces en Salamina —como quien esto escribe— no hereda entonces solamente un nombre de pila familiar, hereda una manera de estar en el mundo: la del que llega a fundar, no a esperar que otros funden; la del que ve una montaña y calcula, no cuánto le va a costar cruzarla, sino qué se puede sembrar del otro lado. Esa es, en el fondo, la lección más honda que deja este pedazo de historia. La colonización antioqueña que bajó por Salamina y subió al páramo del Ruiz para fundar a El Líbano no fue una conquista con ejércitos ni una gesta de un solo héroe montado a caballo: fue una epopeya silenciosa hecha de machetes, de mulas, de fe y de barro, protagonizada por cientos de familias sin nombre propio en los libros de historia y por otras cuantas —los López, los Ospina, los Gómez— cuyo apellido sí quedó escrito en las actas de fundación, pero que en el fondo caminaban con el mismo cansancio y la misma fe que todos los demás.
De esa mezcla nació algo que hoy nos define más de lo que solemos reconocer: una economía campesina construida sobre la pequeña y mediana propiedad cafetera, distinta del modelo de hacienda que sí arraigó en Cundinamarca o en el sur del Tolima; una red de caminos de herradura que movió, en su momento de mayor auge, a más de diez mil mulas y bueyes entre Manizales y los puertos del Magdalena; y una cadena de pueblos —Salamina, San Félix, Manzanares, Marulanda, Murillo, El Líbano, Villahermosa, Fresno— que, aunque hoy pertenecen a dos departamentos distintos, comparten el mismo acento, la misma arquitectura de tabla parada y teja de barro, y el mismo tipo de gente que prefiere abrir camino a esperar que se lo abran. Ese es el legado que Salamina, ciudad madre, sigue repartiendo montaña abajo, hacia el oriente, cada vez que alguien recuerda de dónde viene.
Un comentario
Muy interesante esta historia que resalta la ayuda de la colonización de los Gomez y su expansión por varios departamentos.
Toda aquella historia cafetera y campesinos nobles que nos dejaron tan grande legado.
Gracias por contarnos tantas historias tan bien explicadas en tan maravillosa revista.