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La Pulga en la Oreja: concejal de mil maromas y varias caras.

Majencio, con la voz de siempre, cuenta el ascenso y la caída de una concejal que llegó como representante de los sectores vulnerables y terminó, según un testimonio de adentro, tejiendo sueldos, contratos y favores sin dejar un solo papel de por medio, según fuentes.
Majencio

Se dice en la Cigarra, en el San Fernando, en Amorama y hasta en la exclusiva de las sombrillitas, se rumora o se comenta: «qué mujer tan altruista», «qué mujer tan servicial», «qué comprometida con el bienestar de los salamineños», «qué haríamos sin su presencia en nuestras vidas». Así la describen, con esa devoción de plaza que a veces se gana con obras y otras veces se gana con arroz con leche.

Pero ¿de dónde salió semejante personaje tan solidario, tan generoso, tan especial?, es la pregunta que Majencio se hace desde hace rato. Se cuenta que llegó al concejo de la mano de un clan político de esos que siempre andan buscando caras nuevas para representar «los grupos vulnerables»: las mujeres, los abuelitos, las madres cabeza de familia. Y su esposo, que también hace las veces de manager de campaña, la presentó como la alternativa de un concejo con profundo sentido social.

Y sí, caló la cosa. La eligieron a ella y de paso eligieron a su manager, porque estos sectores se sintieron representados —a punta de chocolates, buñuelos, arroz con leche, regalos y cantantes en tarima—, el recetario favorito para llegar al lugar más humilde y más efectivo de cualquier campaña: el estómago del pueblo.
El candidato del clan que la llevó al concejo perdió la alcaldía. Pero eso a ella no la detuvo: se sentó rápidamente con el alcalde que sí ganó, y cuadró su participación en el nuevo gobierno. Dicen que con sueldo mensual durante los cuatro años, para ella y para el manager, material de campaña, anchetas, regalos navideños y participación en proyectos de «mejoramiento» —estufas y cuanta cosa saliera para el pobre Juan Pueblo—.

Llegó el siguiente alcalde, y el idilio se sostuvo igual. Ella siguió abrazando al mandatario de turno y votando cada iniciativa sin mayor dificultad. Y aquí Majencio ya no pregunta por pura curiosidad de esquina: alguien que está en un cargo dentro de la administración municipal, y que pidió no ser identificado por razones que cualquiera entiende en un pueblo tan pequeño, le contó a esta columna cómo operan estos arreglos que nunca dejan papel. Nada firmado, nada facturado a su nombre, nada que un derecho de petición pueda sacar a la luz. Así fue, según ese testimonio, como ciertas casas terminaron con ampliación, con terraza, con ese aire de palacio que hoy exhiben sin que nadie explique de dónde salió el ladrillo.

Cuando llegó el proyecto de acuerdo para crear la oficina de la mujer, adivinen ¿quién fue la ponente?. Desde ese mismo momento se apropió del proyecto como si fuera suyo, pidió espacio en una oficina institucional y hasta logró que un contratista de su entera confianza manejara el tema. Eso sí quedó en actas, dice la misma fuente, aunque el resto —como siempre— se acordó de palabra y se cobró en silencio.

Pero llegó un alcalde nuevo, uno que no jugó el mismo juego, y ahí sí entró en crisis. Los compromisos comenzaron a fallar, se acabó el sueldito para ella y para el manager, y no le dejaron manejar a su antojo la oficina que tanto le costó apropiarse. Se acabó el idilio, y de ahí para adelante, la debacle.

Comenzaron los videos. Se volvió youtuber, apareció en TikTok, hasta se hizo sentir por la voz del pueblo en cuanto micrófono encontrara abierto. Patrocinadores anónimos que aparecen con cemento para tapar huecos sin estudio técnico alguno —lo cual, dicho sea de paso, es un proceder bastante peligroso ante la Procuraduría—, soldando rejas y desagües, cazando noticias, patrullando de noche y de día. Hasta a la corrida de un catre llega con cámara en mano, y los que antes eran sus amigos, hoy son sus enemigos.

¿Podrá aspirar a una alcaldía alguien con esa trayectoria clientelista? Majencio con su Pulga en la oreja no responde, solo pregunta, que buena falta le hace al pueblo aprender a hacerlo.

Nota final:
Y aquí es donde hay que hablar sin eufemismos. La corrupción que de verdad le hace daño a un pueblo como el nuestro no es la que sale en los titulares nacionales con maletines de dólares: es esta, la de todos los días, la que no deja rastro porque aprendió hace rato que el papel es el enemigo y el silencio es el aliado. Se paga en anchetas, en estufas, en sueldos que nadie audita a fondo, en contratos que se reparten entre amigos sin que ningún ente de control se entere, porque nadie denuncia lo que no tiene cómo probar. Y así, mientras los concejos municipales siguen llenándose de «representantes de los vulnerables» que terminan siendo los únicos que dejan de ser vulnerables, el pueblo sigue esperando que alguien, algún día, explique con papeles y no con arroz con leche de dónde salió tanta plata. Majencio no tiene pruebas firmadas, pero tiene memoria, y en un país donde la impunidad se disfraza de solidaridad, a veces la memoria del pueblo es lo único que no se puede comprar ni silenciar.
El realismo mágico no solo se vivió en Macondo, las malas prácticas son como las epidemias, contagiosas.

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