Hay denuncias que llegan con documentos, cifras y expedientes. Otras empiezan con algo mucho más sencillo: alguien mira, escucha y decide que no puede seguir pasando de largo. Eso ocurrió en el barrio Galán de Salamina.
Una ciudadana puso en conocimiento público la situación de dos perros que, según su relato, pasan buena parte del día amarrados y, en ciertos momentos, expuestos directamente al sol. Asegura además que otras veces los encierran en una jaula de dimensiones reducidas y que a ratos permanecen cubiertos con plástico. La escena es lo bastante preocupante como para que las autoridades competentes hagan algo elemental: ir al lugar y verificar.
No se pide condenar a nadie a través de una publicación en redes sociales ni señalar culpables sin escuchar a todas las partes. Se pide algo más básico: comprobar en qué condiciones viven esos animales y determinar si tienen agua, sombra, espacio para moverse, alimentación, atención veterinaria y un entorno compatible con su bienestar. La denuncia indica cómo llegar, hasta la ronda, bajando por las escalas del barrio Galán, y cuenta que cerca del mediodía, cuando se tomaron las fotografías, el sol era intenso y los dos perros seguían amarrados.
Queda un detalle todavía más doloroso: los aullidos. Según la denunciante, los perros aúllan de manera constante, y quien ha convivido con un perro conoce la diferencia entre un ladrido ocasional y la angustia repetida de un animal que intenta llamar la atención. Un aullido, por sí solo, no prueba maltrato, y eso también hay que decirlo. Pero cuando aparece junto a una denuncia de permanencia prolongada bajo el sol, restricciones de movimiento y confinamiento, ignorarlo sería una irresponsabilidad. Por eso esta publicación no pretende dictar sentencia. Pretende que alguien abra la puerta, que llegue una autoridad, que observe, pregunte y revise, y que actúe si encuentra razones para hacerlo.
Tener una mascota no es tener una propiedad cualquiera
Hay una idea que todavía debemos arrancar de muchas cabezas: un perro no es una alarma con patas. No es un objeto que se recibe, se compra o se adopta para dejarlo diez años en un patio, ni una cosa que pueda mantenerse atada para siempre porque “es mío”, ni una decoración de la casa. Mucho menos es un ser al que se pueda castigar con aislamiento, hambre, sed, calor o encierro porque ladra, ensucia o pide atención.
Quien lleva un animal a su casa adquiere responsabilidades, y esas responsabilidades corren todos los días: cuando llueve y cuando hace calor, cuando el perro envejece o enferma, cuando rompe algo, cuando necesita salir, cuando hay que pagar una vacuna, cuando ya no es el cachorro adorable que todos querían cargar. Ahí empieza de verdad la tenencia responsable. Querer a un perro pequeño, juguetón y bonito es fácil. Lo difícil es acompañarlo quince años.
El abandono también ocurre dentro de una casa
Tenemos una idea muy limitada del abandono. Pensamos enseguida en el perro que alguien deja tirado al borde de una carretera, y claro que eso lo es. Pero existe otro abandono, menos visible y por eso más tolerado: el del animal que sigue teniendo dueño, sigue viviendo dentro de una vivienda y aun así pasa su existencia prácticamente solo. El que permanece encadenado, el que nunca sale, el que vive entre sus propios excrementos, el que pasa horas con el recipiente vacío, el que recibe comida pero jamás una caricia. El que tiene techo, pero ninguna vida.
También hay abandono emocional y abandono en las condiciones de bienestar, y debemos atrevernos a hablar de él. Alimentar a un animal no basta. Un perro necesita movimiento, compañía, protección frente al clima, higiene, atención veterinaria y contacto social, porque es un ser vivo capaz de sentir miedo, estrés, dolor y angustia. Eso debería bastarnos para entenderlo.
“Pero siempre se ha hecho así”
Es probablemente una de las peores respuestas posibles. Durante décadas vimos perros encadenados en patios sin que nadie dijera nada, animales sobre terrazas de cemento bajo un calor insoportable, cachorros regalados como juguetes, perros abandonados cuando sus dueños se mudaban, animales enfermos a los que jamás llevaron al veterinario. Y vimos también a los vecinos que observaban todo eso y preferían no involucrarse, porque “eso es problema de los dueños”.
No. Cuando existe la posibilidad de sufrimiento animal, deja de ser un asunto puramente privado. Una sociedad se mide también por cómo trata a quienes dependen por completo de ella, y pocas criaturas dependen tanto de nosotros como los animales domésticos. Nosotros decidimos dónde viven, cuándo comen, si pueden salir y si reciben atención médica; hasta el agua que beben depende muchas veces de que alguien se acuerde de llenar un recipiente. Un poder tan grande implica una responsabilidad igual de grande.
Que la autoridad vaya y compruebe
En el caso del barrio Galán la salida es sencilla. No hacen falta discursos, comunicados ni peleas en redes sociales. Hace falta una visita: que las autoridades de protección animal lleguen al sitio señalado, observen en persona las condiciones de los dos perros, hablen con los responsables y establezcan si hay algo que corregir. Si la inspección encuentra una situación distinta a la descrita, bien; para eso existe la verificación. Si encuentra animales sometidos a condiciones incompatibles con su bienestar, habrá que intervenir.
Lo que no debería pasar es que la denuncia se quede días navegando por Facebook, reciba cientos de comentarios y termine sepultada bajo la próxima noticia. Porque los dos perros seguirán allí.
Ellos no pueden denunciar
Tal vez esta sea la parte más fácil de entender. Un perro no puede llamar a una autoridad, escribir una denuncia ni tomar una fotografía. No puede explicar que tiene sed, que una cadena le impide moverse o que necesita que alguien abra una jaula. Solo tiene unas pocas maneras de llamar nuestra atención: ladrar, gemir, aullar y esperar.
Por eso, cuando alguien escucha esos sonidos y sospecha que detrás hay sufrimiento, denunciar con responsabilidad no es meterse en la vida ajena, es actuar como comunidad. Después serán las autoridades las que establezcan qué ocurre realmente, pero mirar hacia otro lado no puede ser nuestra respuesta automática.
Porque tener un animal en casa debería significar algo más grande que decir “ese perro es mío”. Debería significar “ese animal depende de mí”. Entre una frase y otra hay una diferencia enorme: una habla de propiedad y la otra habla de responsabilidad. Quizá allí comience todo.