Pulse PLAY para escuchar La Revista de Caldas Radio
Vol.

Desde el Alto: cuando el abolengo y la hidalguía cambiaron a Salamina

Desde el Alto recuerda cómo la tierra, la arriería y el trabajo levantaron fortunas en Salamina, hasta que el abolengo, la hidalguía y la búsqueda de prestigio cambiaron las costumbres, alejaron a muchos del campo y transformaron para siempre la vida del pueblo.

Por acá estoy de nuevo pues, mucharejos, definitivamente una semana es muy cortica y uno cree que escribir es fácil, aunque uno sea un fantasma; se rompe y se rompe el coco para pensar cómo distraerlos a ustedes, y casi no se topa o da a veces con el tema preciso.

Estábamos hablando de lo que nuestros mayores dejaron, pues yo también tuve mayores y recibí de ellos un pueblo diferente al que al final dejé cuando me llamaron de por allá del otro lado. Les decía que dejé una casa en El Alto, y que aún se veía muy pispa, muy bonita, muy titina y arreglada; claro, la compraron otras personas cuando estaba a punto de caerse, y pues le dieron su manito. Ese es el gran problema, home, señores: en estas casas de antes vivían entre veinte y treinta personas al tiempo, había diez o doce cuartos y en cada cuarto dos o tres habitantes, pues no existía la televisión y nuestros abuelos y abuelas se dedicaban era a hacer muchachos, pues la fortuna de una familia estaba en la tierra, y para poder explotar y poner a producir la tierra se necesitaba era gente, y por lo tanto, prole.

Ahora eso se llama segunda vivienda y se usa para descansar los fines de semana, jajajaja; antes era diferente en mis épocas, pues el fin de semana se pasaba era en la casita del pueblo, para salir a tomarse los aguardientes, mercar para la semana y salir a recorrer las calles; la semana se pasaba en la finca, pues del campo venía la riqueza, la comida, el sustento y el capital para poder ser un gran señor en el pueblito.

Los hijos pequeños se quedaban estudiando con la mamá y la servidumbre; los grandes se iban con el papá a jornalear. No había universidades cerca, y no eran muchos los que podían ser enviados a recorrer las trochas y llegar a las capitales a estudiar una carrera universitaria, o incluso fuera del país a hacer lo propio. Pero el caso de nuestro Salamina también en eso comenzó con el tiempo a cambiar, y las familias fundadoras, esos grandes y corajudos arrieros, comenzaron a crecer gracias al campo y a fundar negocios, tiendas, bares y cantinas, toda clase de lo que hoy llaman emprendimientos, y que en esa época solo eran consecuencias de las necesidades que se iban dando para los habitantes, y un paisano con pesos extra que arriesgaba para comenzar a satisfacerlas.

Yo también tenía mi parcela, qué bello lugar, qué recuerdos; se llamaba “El Ciprés”, en la vereda La Loma, una finca enorme y hermosa que yo amé, que me dio el sustento para todos mis hijos, pero que un día se vino a menos. Sin duda alguna, la riqueza de un hombre de mi época estaba representada en tierras y mano de obra suficientes para ponerla a producir; así se construyeron las grandes fortunas en Salamina: arrieros montañeros que le sacaron a la tierra el jugo y transformaron eso en oro puro para construir una región próspera y hermosa, y ahí nacieron esas dos vainas: “el abolengo y la hidalguía”.

Claro que sí, paisano, usted me dirá: es que nuestros fundadores eran de raíces españolas, sí señor, de noble cuna, también, pues rastreando sus apellidos y línea de procedencia, cual pedigrí de ejemplares de raza, la gran mayoría de esos orígenes eran de la madre patria España; claramente obvio, pues nuestra tierra estuvo dominada durante casi quinientos años por estos personajes europeos, y su mezcla con los habitantes de este lado del mundo creó esa estirpe tan afamada, y hoy tan deseada, para tramitar nacionalidades disque “sefardíes”. Hubo una independencia, hubo una revolución, los españoles se fueron, pero quedaron los descendientes, que no importa lo venidos a menos o pobres que estuvieran, habitando Antioquia a pesar de los apellidos, se aventuraron precisamente a colonizar la manigua del sur de Antioquia, a tumbar monte, matar fieras y pelear con bichos, para mezclar los abolengos ya mencionados con un poquito de fortuna. Al final mucha fortuna se hizo, pero cuánto les tocó moler durante tantas décadas para construir lo que hoy tenemos en este pedacito de suelo bendito de Caldas.

Ya algunos señoritos no querían correr la misma suerte de sus padres, tíos, abuelos y tatarabuelos, y querían otras cosas, e invocando de nuevo el abolengo y la hidalguía que en la sangre se llevaba, comenzaron a migrar muchos muchachos a estudiar por fuera, a hacer eso que hoy llaman la universidad, y formarse como abogados, médicos, filósofos, etc. Y ahí, justamente ahí, todo cambió, pues lo que solo era jornalear y tener las manos callosas, venir al pueblo los fines de semana a descansar de las duras jornadas y recobrar fuerzas para seguir rompiéndose la madre para producir, se transformó en esperar “que ya viene mi muchacho, el futuro dotor, de vaciones”, el orgullo de la familia, el que va a romper las ataduras y el primer profesional de la familia.

Qué bonito eso de crecer y de no darle a los descendientes la misma suerte de uno; de eso se trata la vida. Y de hecho, eso cambió muchas cosas: comenzaron a llegar esos muchachos, muchos de ellos a aprovechar el dinero de los taitas y montar un consultorio médico, una oficina de abogado o cosas así. Muy importante que los profesionales quisieran volver al terruño para aportar lo que sabían —eso no pasa ahora, pues casi nadie vuelve—, pero en esa época sí volvían, y ayudaron mucho a construir la parte más moderna y sofisticada de nuestro bello pedazo de vida; nacieron las heladerías, los salones de baile, y obviamente esa élite naciente, que se tenía que diferenciar de los jornaleros y campesinos por más plata que tuvieran, necesitó de lugares exclusivos, “un club social”, donde pudiesen sentarse a hablar de asuntos importantes y traer a sus amigos en vacaciones sin pasar vergüenzas. Cada rico que se respetara en el pueblito, o por lo menos que quisiera aparentarlo, tenía que ser socio del Club Chamberí; hasta yo caí en ese cuento, y ahí tuve a varias de mis muchachas afiliadas para que se casaran bien, jajajajaja, no sé si al final así fue, pero apellido sí tenían los sinvergüenzas esos con los que se casaron. Fábricas, bancos y hasta cheques propios, una gran bonanza en un pueblo que era cruce de caminos y paso obligado para comerciar con Antioquia la grande.

Luego ya no nos bastó. Salamina fue pequeño para tan grandes personajes, y se fueron a otras tierras; se trazó la Panamericana y el cruce de caminos dejó de existir; todo lo visionado para una gran capital de Caldas se desplazó a Manizales, inclusive los apellidos; fundaron un club de reemplazo allá, y todo comenzó a venirse a menos.

¿Saben? Nos olvidamos de que nuestro campo era nuestro gran tesoro, y nos dejamos ganar del abolengo y la hidalguía; cada vez menos lo quisimos explotar, y la gallinita de los huevos de oro se tuvo, al final, que marchitar. Ahí les quedo pues, muchachos queridos, nos leemos la otra semana.

 

Continúe leyendo La Revista de Caldas
También puede leer

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Instalar La Revista de Caldas