Antes del terremoto de magnitud 7,4 del 10 de agosto, y precisamente un día después de los fuertes sismos ocurridos en Venezuela, me quedé pensando en Colombia. Quienes hemos trabajado en Gestión del Riesgo sabemos que vivimos en uno de los países con mayor actividad sísmica del mundo y, sin embargo, buena parte de la población transcurre su vida cotidiana sin detenerse a pensar qué ocurriría si un gran terremoto sacudiera nuestras ciudades y pueblos. La pregunta me rondaba desde hacía tiempo: ¿cuándo llegará ese gran sismo que durante años ha preocupado a geólogos y especialistas? De esa inquietud nació Protección y Vida, un proyecto pensado para informar, educar y ayudar a comprender los riesgos naturales que nos rodean, no desde el miedo, sino desde el conocimiento y la prevención.
Por eso, muchos de los artículos que hemos publicado después del M7,4 forman parte de un camino más amplio. Queremos que la gente conozca el territorio donde vive, entienda las fallas geológicas, la amenaza sísmica y las condiciones que pueden convertir un fenómeno natural en una tragedia. Más adelante hablaremos con detalle de qué hacer antes, durante y después de un terremoto, pero primero necesitamos comprender. Porque la serenidad que permite prevenir y actuar correctamente no nace de la improvisación: nace del conocimiento. Saber dónde estamos parados, qué puede ocurrir y cómo debemos prepararnos es el primer paso para proteger la vida.
Por esto, quisimos ir más allá de la noticia y preguntarnos algo más de fondo: ¿sobre qué terreno está parado nuestro terruño? Esta crónica es el resultado de ese ejercicio, un estudio que cruza el Plan Básico de Ordenamiento Territorial de Salamina con la información del Servicio Geológico Colombiano y de investigaciones universitarias, para entender las fallas, los ríos y las cenizas volcánicas que moldearon Salamina y San Félix mucho antes de que existiera el primer camino de herradura. No es un texto para generar alarma, sino para generar conocimiento: conocer nuestro subsuelo es el primer paso para decidir con criterio dónde construimos, cómo construimos y qué le debemos, de ahora en adelante, a la montaña sobre la que vivimos.
Salamina y San Félix: la historia que la montaña esconde bajo los pies
Desde la plaza de Salamina cuesta imaginarlo. La iglesia permanece donde siempre ha estado, las calles caen hacia las laderas, las casas se aferran a esa cuchilla sobre la cual nuestros antepasados decidieron levantar el pueblo, y desde algunos balcones el horizonte parece hecho para convencernos de que las montañas son eternas. Pero las montañas no siempre estuvieron allí, y mucho antes de la primera casa, antes del primer camino de herradura y antes incluso de que alguien pudiera llamar Salamina a este pedazo de la Cordillera Central, debajo de nuestros pies ya había ocurrido una historia de choques, fracturas, desplazamientos, volcanismo, sedimentación y levantamientos que duró millones de años.
El terremoto del 10 de agosto volvió inevitable una pregunta que normalmente preferimos dejar debajo de la mesa, o debajo de la tierra: ¿sobre qué está construido Salamina? La respuesta resulta bastante más interesante que decir simplemente que estamos cerca de la Falla de Romeral, porque Romeral no es una raya solitaria atravesando Colombia. La cartografía geológica del Servicio Geológico Colombiano describe en esta región una zona de fallas formada por varias estructuras aproximadamente paralelas que, en algunos lugares, llegan a entrecruzarse, y trabajos más recientes del propio SGC siguen presentando el sistema Cauca–Romeral como uno de los grandes elementos tectónicos que ayudan a explicar la compleja construcción de los Andes colombianos.
Cuando bajamos la escala del país al municipio aparece la sorpresa. El Documento Técnico de Soporte del PBOT de Salamina, elaborado en 2001, señala que muy cerca del casco urbano se reconocen tres estructuras principales, llamadas Salamina Este, Salamina Oeste y San Jerónimo, y describe además numerosos lineamientos y fallas menores que convierten el sector, en sus propias palabras, en un «bloque tectónico». No estamos, entonces, mirando desde lejos una única fractura: estamos viviendo sobre un territorio que fue partido, acomodado y vuelto a partir a lo largo de su historia geológica.
Los ríos también cuentan la historia
Hay algo particularmente hermoso en esta investigación, y es que parte de aquella historia puede leerse mirando el agua. Al occidente del casco urbano, el PBOT identifica la Falla Salamina Oeste y señala que su traza ejerce control sobre sectores del río Chambery. Hacia el otro lado de la población aparece Salamina Este, relacionada con el cauce de la quebrada La Frisolera, y más adelante esa estructura se encuentra con San Jerónimo, asociada a sectores de la quebrada Nudillales.
El documento describe además los rasgos que los geólogos utilizan para reconocer ese control estructural: cauces alineados, cambios bruscos de pendiente, cuchillas desviadas y escalones en el relieve. En el área rural aparecen escarpes vinculados a Salamina Este, Salamina Oeste, Pocito y otros lineamientos, y eso permite mirar el paisaje de otra manera. Uno suele pensar que un río baja por donde quiere, que abre su propio camino y termina modelando la montaña a su antojo, pero no siempre es así. A veces la montaña estaba rota primero, y el agua simplemente encontró esa debilidad y la aprovechó para abrirse paso.
De modo que un cauce extraordinariamente recto, una quebrada que cambia repentinamente de dirección o una cuchilla que parece interrumpida pueden conservar la memoria de acontecimientos ocurridos muchísimo antes de que existiera el propio río. La tectónica no necesariamente se ve como una grieta abierta en el suelo; a veces se ve, simplemente, como paisaje.
San Jerónimo, un nombre pequeño para una estructura enorme
Entre todas estas fallas aparece una que merece atención especial. San Jerónimo no es una estructura exclusivamente salamineña: el Servicio Geológico Colombiano la reconoce regionalmente y la relaciona con grandes contactos tectónicos de la Cordillera Central. Según el sector del país, las estructuras vinculadas a ese límite han recibido distintas denominaciones, y en la región de Caldas su historia cartográfica se enlaza con estructuras descritas entre Aránzazu y Manizales, para continuar luego hacia el norte.
Esto exige una aclaración importante: una falla geológica no es necesariamente una falla activa. El mapa nos dice que hubo desplazamiento entre masas de roca, pero no nos dice, por sí solo, cuándo ocurrió el último movimiento ni cuándo volverá a ocurrir. El PBOT de 2001 cita trabajos de Arias y Mejía, de 1989, para hablar de evidencias neotectónicas en estructuras regionales próximas a Salamina, un dato útil históricamente, pero que sería imprudente convertir, sin estudios modernos específicos, en la afirmación de que cada una de las fallas locales está actualmente activa.
Por eso esta crónica no dice que Salamina está atravesada por fallas activas contando amenazas. No lo sabemos. Lo que sí sabemos es suficientemente interesante por sí solo: Salamina se levantó sobre un terreno estructuralmente complejo y fracturado, y esa sola certeza ya cambia la forma de mirar el pueblo.
El camino hacia San Félix cambia de libro
Salgamos ahora de Salamina. Tomemos la carretera hacia San Félix y dejemos atrás la arquitectura de la Ciudad Luz. La montaña empieza a cambiar, subimos, aparecen potreros, niebla, palma de cera y ese paisaje de altura que conocemos desde niños, pero debajo también cambia la geología, aunque a simple vista no lo notemos.
El propio PBOT describe alrededor del centro poblado de San Félix una formación superficial dominada por tefras, es decir, depósitos de caída volcánica constituidos por capas de ceniza, arena y lapilli. En determinados sectores se acumulan varios metros, y hacia Valle Alto se describieron espesores cercanos a veinte metros. Debajo de esa capa existen materiales volcánicos consolidados, entre ellos depósitos volcanodetríticos, flujos y productos piroclásticos, y eso ayuda a entender las colinas de formas más suaves que caracterizan buena parte del entorno inmediato del corregimiento.
Pero todavía no hemos llegado a la parte más extraordinaria. Más allá de esa cobertura volcánica, en la región San Félix–Valle Alto, aparece una historia muchísimo más antigua. Durante años los geólogos hablaron de la «Formación Valle Alto» y de la «Formación Abejorral», hasta que investigaciones posteriores mostraron que aquellas rocas no formaban una secuencia tan sencilla como se había pensado: estaban desmembradas tectónicamente, con distintos fragmentos de una antigua pila sedimentaria puestos hoy unos junto a otros por deformación.
Trabajos posteriores dividieron informalmente estos materiales en intervalos llamados Valle Alto, San Félix y El Establo. Estudios citados para los alrededores de San Félix concluyen incluso que determinados contactos entre esas sedimentitas y rocas plutónicas o metamórficas son contactos producidos por fallamiento, lo que, dicho sin jerga, quiere decir algo tan simple como esto: las rocas que hoy están juntas no necesariamente nacieron juntas. Fue la tectónica la que las acercó, empujándolas una contra otra a lo largo de millones de años, hasta convertir a San Félix en algo parecido a un gigantesco rompecabezas geológico.
Cuando San Félix tuvo otra geografía
Algunas de aquellas rocas sedimentarias contienen fósiles. Los estudios clásicos de la región registraron paleoflora y material fósil del Cretácico en los alrededores de San Félix y Valle Alto, e investigaciones posteriores del SGC siguen utilizando precisamente esas unidades para reconstruir la evolución cretácica de la Cordillera Central.
Pensarlo produce cierto vértigo. El San Félix que conocemos, frío, verde, ganadero, recostado sobre la cordillera, es apenas la página más reciente de un libro muchísimo más grueso. Las rocas cuentan ambientes anteriores a las montañas que vemos hoy, ambientes que existieron antes de que se levantaran los Andes tal como los conocemos. Después llegaron la deformación, el levantamiento de la cordillera y el volcanismo, y sobre aquella historia antigua fueron cayendo, capa tras capa, las cenizas.
Una investigación de la Universidad Nacional identificó en el norte de la Cordillera Central una sucesión de depósitos volcánicos denominada, de abajo hacia arriba, Monteloro, San Antonio, San Félix, Pácora, Salamina y El Cedral. La secuencia incluye suelos desarrollados entre distintos episodios de acumulación volcánica, como páginas separadas por largos intervalos de tiempo, y de repente los potreros de San Félix dejan de ser solamente potreros para convertirse en un verdadero archivo enterrado: ceniza sobre suelo, suelo sobre ceniza, y más abajo, rocas que cuentan otra cordillera distinta a la que hoy pisamos.
Por eso podríamos resumir buena parte de esta historia en una sola imagen: Salamina muestra la tectónica en sus cicatrices, mientras que San Félix la guarda debajo de la ceniza.
Y entre los dos está Montañita
Quien haya viajado suficientes veces entre Salamina y San Félix conoce el nombre. Montañita. Durante años el sector ha producido derrumbes, cierres, maquinaria trabajando, pasos provisionales y esa preocupación que regresa puntual cada temporada de lluvias.
La Gobernación de Caldas llegó a describirlo como una zona geológicamente inestable de unos cinco kilómetros, y en sus informes ha relacionado el problema con fuertes precipitaciones, infiltración de agua, sobrepastoreo y una denominada «falla en la base de la montaña». En 2022 seguía figurando entre los puntos críticos más difíciles de la red vial departamental, un dolor de cabeza que se repite temporada tras temporada.
Aquí conviene cuidar las palabras, porque cuando un ingeniero habla de una «falla» en una ladera suele referirse a la superficie por donde está deslizando una masa de terreno, y eso no equivale automáticamente a una falla tectónica. Confundir las dos cosas sería un error de bulto. Sin embargo, sí existe una relación posible entre geología y estabilidad: una roca intensamente fracturada puede permitir mayor circulación de agua, alterarse con mayor facilidad y ofrecer planos de debilidad, y si a eso sumamos pendientes pronunciadas, cortes de carretera, lluvias, infiltración y cambios de uso del suelo, el resultado puede terminar siendo una ladera mucho más susceptible a deslizarse.
La misma Gobernación ha tenido que ejecutar en Montañita terraceos, manejo de aguas y otras obras para intentar controlar esos movimientos. La tectónica pudo haber preparado el escenario hace millones de años, pero la lluvia, el agua infiltrada y nuestra propia intervención del terreno siguen escribiendo, día a día, otro acto de la misma historia.
Una falla no es una sentencia
Después del terremoto del 10 de agosto sería muy fácil construir un titular alarmista, algo del estilo «Salamina rodeada de fallas» o «San Félix sobre una bomba geológica». Pero la geología no funciona así de simple.
Incluso el actual Modelo Nacional de Amenaza Sísmica del Servicio Geológico Colombiano advierte que sus cálculos nacionales se realizan inicialmente para roca firme y no incorporan directamente los efectos particulares de los suelos de cada barrio o cada lote. Para eso se necesitan estudios locales de respuesta del terreno y, cuando corresponde, microzonificación sísmica. El sistema oficial reconoce, eso sí, de manera independiente, tanto a Salamina como a San Félix como centros poblados dentro de su consulta nacional de amenaza sísmica, pero conocer la amenaza regional es apenas una parte del problema.
Una casa construida sobre roca competente no necesariamente responde igual que otra levantada sobre un depósito profundo de suelo. Una ladera saturada de agua no se comporta como una cuchilla seca. Una construcción antigua de bahareque bien conservada no necesariamente tendrá el mismo comportamiento que una edificación modificada sin criterios técnicos a lo largo de los años. Conocer el nombre de las fallas no basta: hay que conocer también el suelo y las construcciones que levantamos sobre él.
Lo que realmente debería preocuparnos
Las fallas estaban allí antes de Salamina, y también estaban allí antes de San Félix. No aparecieron el 10 de agosto, y tampoco van a desaparecer porque dejemos de hablar de ellas. La discusión verdaderamente importante empieza cuando superamos el miedo a la palabra «falla» y nos preguntamos, con calma, qué hemos hecho nosotros sobre ese territorio.
Dónde construimos, cómo construimos, qué modificaciones hicimos en las laderas, cómo conducimos las aguas, qué edificios antiguos hemos debilitado con el tiempo, dónde permitimos urbanizar sin mirar el subsuelo, qué tanto conocemos realmente de nuestros propios suelos, y sobre todo, qué estamos dispuestos a aprender ahora que la tierra nos recordó, con una sacudida, que sigue moviéndose.
El Modelo Nacional de Amenaza Sísmica existe precisamente para que esa información alimente el ordenamiento territorial, los estudios de riesgo y la preparación ante terremotos, y el propio SGC insiste en que los análisis nacionales deben complementarse con estudios específicos cuando se necesita conocer la respuesta local del terreno. Ahí, tal vez, esté la gran tarea que deja esta investigación.
Salamina necesita volver a mirar su subsuelo con las herramientas del presente. Su PBOT conserva información geológica valiosa, pero fue elaborado hace veinticinco años, y desde entonces avanzaron la cartografía, los modelos sísmicos, la geofísica, los sistemas de información geográfica y las técnicas para estudiar la respuesta dinámica de los suelos. San Félix también merece esa mirada, porque debajo de aquellas colinas aparentemente tranquilas se superponen cenizas volcánicas, materiales mucho más antiguos y una historia tectónica que convirtió ese rincón del norte de Caldas en un pequeño archivo de la evolución de los Andes.
La montaña no está amenazándonos. Está contando su historia, y nosotros apenas estamos comenzando a aprender a leerla. Al final volvemos a la misma conclusión que dejó el terremoto: la naturaleza produce los fenómenos naturales, pero el desastre comienza cuando nosotros construimos vulnerabilidad frente a ellos.
Las fallas llevan allí miles o millones de años. Ahora que conocemos un poco mejor dónde vivimos, la pregunta ya no es qué hará la montaña. La pregunta es qué vamos a hacer nosotros sobre ella.
Aclaración sobre las imágenes
Las imágenes que acompañan las crónicas y publicaciones del proyecto Protección y Vida tienen un propósito exclusivamente ilustrativo y pedagógico. Son recreaciones visuales elaboradas para facilitar la comprensión de los temas tratados y no corresponden necesariamente a fotografías reales de los lugares, fenómenos, acontecimientos o situaciones descritos en los textos.
Por esta razón, ninguna de estas ilustraciones debe interpretarse como registro fotográfico, documento testimonial o evidencia de un hecho específico.
Protección y Vida utiliza estas imágenes como apoyo gráfico para divulgar, explicar y acercar al lector al conocimiento de las amenazas naturales, la vulnerabilidad y la prevención del riesgo.