Los osos de la Selección: la otra historia del fútbol argentino

La historia de la Selección argentina suele contarse a partir de sus glorias, pero también está marcada por derrotas dolorosas, errores insólitos y episodios que quedaron grabados en la memoria del fútbol. Desde Suecia 1958 hasta la goleada de Colombia en 1993 o la caída ante Arabia Saudita en Qatar 2022, los grandes “osos” del equipo nacional revelan que incluso las potencias del fútbol tropiezan.
Jugadores de la Selección argentina durante un partido histórico que recuerda los grandes tropiezos del equipo.
Los grandes triunfos de la Selección argentina conviven con derrotas inesperadas y episodios que marcaron la memoria del fútbol. Desde la goleada de Colombia en 1993 hasta eliminaciones dolorosas en Mundiales, los llamados “osos” del equipo nacional recuerdan que incluso las potencias futbolísticas atraviesan errores, improvisaciones y partidos en los que la historia toma un rumbo inesperado.

La historia de la Selección argentina suele contarse en clave de epopeya. Kempes en el 78, Maradona en el 86, Messi en Qatar. Copas levantadas, vueltas olímpicas, goles que atraviesan generaciones y se convierten en patrimonio emocional de un país entero. Pero el fútbol argentino también tiene otra historia, menos gloriosa y mucho más humana: la de los osos, los papelones, las derrotas inesperadas y los episodios absurdos que, por alguna razón que tiene más que ver con la psicología que con el deporte, también terminan formando parte de la memoria colectiva. Porque incluso las selecciones más grandes tropiezan. Y a veces lo hacen de maneras tan memorables que resulta imposible no contarlas.

El primer gran oso mundialista argentino ocurrió en Suecia 1958, el torneo que la historia recuerda simplemente como el desastre de Suecia. Argentina volvía a un Mundial después de veinticuatro años de ausencia, un paréntesis largo y vergonzoso provocado por disputas con la FIFA y conflictos políticos dentro del fútbol sudamericano. Cuando finalmente regresó al escenario mundial, lo hizo con talento, pero con una organización que parecía sacada de una comedia de enredos. El episodio más insólito ocurrió en el debut ante Alemania Occidental, cuando ambos equipos llegaron al estadio con camisetas claras y alguien en la delegación argentina descubrió, con el horror propio de una pesadilla, que no habían traído uniforme suplente.

Tras perder el sorteo de colores, los dirigentes debieron improvisar con una urgencia que no tenía nada de digna, y la organización consiguió camisetas amarillas del IFK Malmö, un club local sueco. Argentina salió a jugar un partido del Mundial con la camiseta de un equipo que la mayoría de sus jugadores jamás había escuchado nombrar. Perdió 3-1, y lo que vino después fue aún peor: una goleada de 6-1 ante Checoslovaquia que sigue siendo la peor derrota argentina en la historia de los Mundiales. Aquel fracaso no fue solo deportivo. Fue un espejo de desorganización institucional que marcaría al fútbol argentino durante años y que todavía hoy, cuando alguien olvida algo importante, evoca la imagen de once jugadores vestidos de amarillo en un estadio escandinavo.

La década siguiente trajo otro golpe inolvidable, esta vez en el camino hacia un Mundial y, lo que era peor, en casa. El 31 de agosto de 1969, Argentina jugó uno de los partidos más dolorosos de su historia en la Bombonera, ese estadio que debería ser fortaleza y que aquella noche se convirtió en escenario de una de las frustraciones más profundas del fútbol nacional. El rival era Perú, un equipo extraordinario que traía a Teófilo Cubillas y a Héctor Chumpitaz, y la cuenta era simple: había que ganar para clasificar al Mundial de México 1970. El partido fue intenso, el marcador se movió de un lado a otro con esa crueldad particular que tiene el fútbol cuando decide no ponerse del lado de nadie, y cuando terminó 2-2 el silencio que cayó sobre la Bombonera fue de los que pesan. Por primera vez en décadas, la Selección quedaba eliminada de un Mundial, y lo hacía en su propio estadio, ante su propia gente, en una noche que la memoria del fútbol argentino guardó con la misma fidelidad con que guarda las glorias.

España 1982 llegó con el aura dorada de los campeones. Argentina traía a Passarella, a Kempes y a un joven Diego Maradona que comenzaba a convertirse en fenómeno global, y las expectativas eran tan enormes que cualquier resultado que no fuera la reválida del título parecía un fracaso. El torneo empezó torcido desde el primer partido, cuando Bélgica derrotó 1-0 a la Argentina en el Camp Nou con una frialdad que desconcertó al mundo entero. La Selección avanzó a la segunda fase, pero allí esperaban Italia y Brasil, y el equipo no tuvo respuestas para ninguno de los dos. Italia ganó 2-1, Brasil 3-1, y el campeón del mundo se despidió rápido, con Maradona expulsado contra los brasileños en un arrebato de furia que parecía el resumen de toda la frustración acumulada. El campeón volvió a casa sin gloria y con la sensación de que algo no había funcionado, aunque nadie sabía muy bien cómo explicarlo.

Pero si hay un papelón que todavía duele en la memoria argentina con una intensidad casi física, ocurrió el 5 de septiembre de 1993 en el Monumental. Argentina enfrentaba a Colombia por la última fecha de las eliminatorias para el Mundial de Estados Unidos 1994, y un simple empate bastaba para clasificar. Era, en teoría, un trámite. Pero Colombia jugó el partido perfecto, uno de esos partidos en que todo sale bien y el rival no puede hacer nada porque el fútbol, caprichoso y soberano, decidió ponerse de un solo lado. Valderrama, Asprilla y Rincón desarmaron a la Argentina con una brillantez que todavía duele, y los goles empezaron a caer uno tras otro hasta que el marcador se volvió irreal: 5-0 en Buenos Aires, la peor derrota argentina como local en eliminatorias y una de las noches más traumáticas del fútbol nacional. La goleada fue tan impactante que provocó el regreso de Diego Maradona, que había dejado la Selección, porque el capitán entendió que su equipo lo necesitaba y que algunas situaciones no admiten la comodidad del retiro. Argentina tuvo que disputar un repechaje contra Australia para llegar al Mundial, salvándose por los pelos de una humillación todavía mayor.

Los osos no siempre son goleadas. A veces nacen de un instante de furia, de un segundo en que el cuerpo actúa antes de que el cerebro pueda intervenir. En el Mundial de Francia 1998, Argentina tenía un equipo competitivo y llegó hasta los cuartos de final contra Holanda con Batistuta, Verón, Zanetti, Simeone y Ortega. El partido estaba 1-1 cuando Ariel Ortega cayó en el área tras un cruce con el arquero Edwin van der Sar y el árbitro no cobró penal. Ortega reaccionó con la frustración de quien siente que el mundo es injusto, y en ese instante de rabia le dio un cabezazo al arquero. Expulsión inmediata. Con diez jugadores Argentina resistió hasta el minuto final, cuando Dennis Bergkamp marcó un gol histórico que eliminó a la Selección de una manera que todavía se recuerda como uno de los goles más bellos de la historia mundialista. Aquel impulso de segundos, aquel cabezazo absurdo e inexplicable, cambió el destino del partido y probablemente el destino del torneo entero.

Pocos fracasos resultaron tan inesperados como el de Corea-Japón 2002, cuando la Argentina de Marcelo Bielsa llegaba al Mundial como una de las favoritas absolutas con un plantel lleno de figuras: Batistuta, Crespo, Verón, Ortega, Aimar. El equipo cayó en el llamado grupo de la muerte, primero derrotó a Nigeria, luego perdió con Inglaterra con un penal de Beckham, y el destino quedó en manos del último partido contra Suecia, donde necesitaba ganar y empató 1-1. La eliminación en primera ronda fue uno de los golpes más duros para una generación que parecía destinada a grandes cosas y que se marchó del torneo sin haber podido demostrar lo que todos esperaban de ella.

El 1 de abril de 2009, en La Paz, ocurrió otra derrota que todavía provoca escalofríos. La Selección dirigida por Diego Maradona cayó 6-1 ante Bolivia en las eliminatorias rumbo a Sudáfrica 2010, la peor derrota argentina en eliminatorias sudamericanas, en una noche en que la altura, el ritmo del rival y la incapacidad de reaccionar se combinaron para producir un resultado que parecía imposible. Después del partido, Maradona dejó una frase que quedó para la historia con esa mezcla de dignidad y resignación que lo caracterizaba: «Ni antes éramos los mejores ni ahora somos los peores». La goleada era imposible de ignorar, pero el técnico tenía razón en algo: el equipo se recuperó, clasificó al Mundial y llegó hasta los cuartos de final.

Las eliminatorias rumbo a Rusia 2018 también dejaron un episodio que puso los pelos de punta a medio continente. Argentina llegó a la última fecha fuera de los puestos de clasificación directa y debía enfrentar a Ecuador en Quito, uno de los estadios más difíciles del mundo por la altura y la hostilidad del ambiente. El partido empezó con un gol ecuatoriano a los pocos minutos, y durante unos instantes la Argentina estaba fuera del Mundial. La situación cambió porque Lionel Messi marcó tres goles y clasificó al equipo casi por voluntad propia, pero la sensación que quedó fue incómoda y reveladora: la Selección dependía de su capitán de una manera que iba más allá de lo normal, como si sin él el equipo fuera otro equipo, uno más vulnerable y más humano.

E incluso el Mundial más feliz de la historia reciente comenzó con un papelón. En Qatar 2022, Argentina debutó contra Arabia Saudita ganando 1-0 y pareciendo controlar el partido con esa tranquilidad de quien sabe que el resultado está bajo control, hasta que en cinco minutos todo cambió y Arabia Saudita marcó dos goles seguidos en lo que fue uno de los mayores batacazos en la historia de los Mundiales. Durante unas horas el sueño argentino pareció derrumbarse, las redes sociales ardieron con pronósticos funestos y el mundo entero se preguntó si estaba viendo el principio del fin. Lo que ocurrió después ya es parte de la leyenda: el equipo de Lionel Scaloni reaccionó con una madurez y una determinación que nadie había visto antes, ganó todos los partidos restantes y terminó levantando la Copa del Mundo en la final más dramática de la historia reciente.

Los osos, en el fondo, forman parte inevitable de cualquier historia larga y verdadera. La Selección argentina tiene una memoria selectiva que recuerda las copas y prefiere olvidar los papelones, pero esos momentos incómodos también cuentan algo importante sobre errores dirigenciales, improvisaciones, reacciones impulsivas y partidos en los que el rival simplemente fue mejor. También revelan algo profundamente humano que ninguna épica puede ocultar del todo: incluso las selecciones más grandes pueden equivocarse, pueden llegar sin camiseta a un Mundial, pueden perder 5-0 en casa, pueden ser eliminadas cuando menos se espera. Tal vez por eso las victorias se celebran con una intensidad que va más allá del deporte. Porque detrás de cada copa hay derrotas absurdas, camisetas prestadas, goleadas inesperadas y noches que todavía duelen. La historia de la Selección argentina no está hecha solo de gloria. También está hecha de osos. Y curiosamente, muchas veces son esos tropiezos los que terminan empujando a los equipos hacia sus mayores triunfos.

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